
Piratas somos. Fans de Rita Guerrero somos. Por eso el copy-paste no nos preocupa y no le pedimos autorización a Enrique Blanc para reproducir aquí su obituario de Rita. Tampoco pedimos permiso al semanario Ocio, fuente original del documento. ¿Y saben qué? No nos importa: se fue Rita. Y eso es lo único que importa.
Hasta pronto, querida Rita
Por Enrique Blanc
No creo que ninguna otra cantante mexicana llegará a equiparar a Rita Guerrero en cuanto al magnetismo que proyectaba sobre un escenario. Cantar en vivo para Rita era antes que otra cosa un ritual, uno apasionado y embriagador. Ahora que la noticia de su muerte obliga a la nostalgia de su arrebatadora presencia, la recuerdo bajo los reflectores del Roxy o sobre el entarimado del Hard Rock Live, dos foros que ya no existen y que fueron santuarios musicales en la vida de muchos de los que vivimos en esta ciudad, y esa postal me devuelve a algunos de los momentos más inspirados que el rock vivió, sobre todo en el decenio de los noventa, cuando Santa Sabina surgió para mostrarnos que también podía hacerse en México un rock excéntrico, sofisticado, de altos vuelos y, especialmente, envuelto en el toque refinado y detallista de una mujer que pensaba en todo y que se entregaba al público sin condiciones. Un personaje oscuro y seductor que irradiaba una fuerte descarga de femineidad y sexualidad, lo que la transformaba a su vez en un ser ineludible, hipnótico, mágico, único.
A comienzo de los noventa, cuando las primeras canciones de Santa Sabina surgieron en nuestras vidas, el rock mexicano adolecía de una figura femenina. Estaban ahí otras que precedían ese momento de prosperidad para el género, como Cecilia Toussaint y Kenny Avilés, pero ningún rostro nuevo reclamaba pertenecer a esa estirpe de aves raras que por muchos años fueron las solitarias cantantes de rock en el país. Y entonces salió Rita.
Quizá en los comienzos del grupo, la también actriz, conocida ya por su talento histriónico, no llegó a imaginar en el símbolo en el que se iría convirtiendo a través de los años. Si algo admiro de la carrera musical de Rita Guerrero, fue la manera en que fue construyendo paulatinamente su personaje, una mujer valiente y determinada enfrentada muchas veces a públicos masculinos poco entendidos, que sabía desenvolverse en distintos planos: desde la elegancia y delicadeza que presupone su rol como mujer, hasta la determinación y coraje que le reclamaba la línea de tiempo por la que transitaba. En ese sentido, Rita siempre apeló a las formas que se rigen en un equilibrio entre cabeza y corazón. Se arrojaba delirante al abismo cuando lo decidía, pero sabía reincorporarse y reencontrar la calma, la cordura. Y todos íbamos de su mano incondicionales hacia uno y otro estado de conciencia. “Mírrota”, una de sus canciones más intensas y dramáticas, así lo ejemplifica. Eso le daba a Santa Sabina un carácter especial en aquellos días. Era la banda de rock que fluía a través de las pulsaciones de su cantante. Su música estaba guiada por su voz, sí, pero obedecía de igual manera a los latidos fluctuantes de su corazón. Encarar en vivo a Santa Sabina era enfrentarse a nuevas sensaciones, todas ellas perturbadoras como la belleza de la mujer que se transformaba concierto a concierto para saciar la sed de fantasía de sus muchos seguidores.
“Las perspectivas son mucho más difíciles para grupos como nosotros”, me dijo Rita la primera vez que la entrevisté, en 1991 —y digo “entrevistar” aunque esa palabra con Rita no aplicaba, con ella se conversaba, cosa muy distinta. “Sin embargo, creo que un artista es un artista y es bueno en lo que hace en la medida que está siendo honesto consigo mismo, primero”, sentenció a continuación, poniendo en claro que la verdad era una de sus prioridades en la vida. Nos encontramos en un parque del centro de esta ciudad. A Rita siempre fue fácil llegar, bastaba decirle que uno quería charlar con ella para que se acordaran fechas y lugares; nunca hubo managers de por medio ni trabas para conseguirlo. Marcabas su teléfono y ella atendía, cálida y transparente siempre. Nuestra conversación salió publicada en El Acordeón, el fanzine que editamos un grupo de amigos en Los Ángeles años atrás. En la portada de aquel número 9 ella se ve tomando el micrófono con la mano derecha, entonando alguna de aquellas tempranas canciones, “Qué te pasó” o “Azul casi morado”. Paradójicamente, la última vez que nos reunimos a hablar sobre su trabajo, su pasado y futuro, fue durante el receso que tuvo con Santa Sabina debido a que estaba embarazada, y fue en la acera de enfrente de donde había acontecido aquel primer encuentro. Yo escribía un artículo para la revista Día Siete que comenzó con una consulta sobre quiénes eran las siete voces femeninas más destacadas en el rock mexicano. No hubo nadie que no la mencionara.
Son muchos los recuerdos ligados a Rita Guerrero, deben serlo para todos aquellos que nos encantamos con su voz y la música de Santa Sabina. Aquel concierto en la UNAM: Doce Serpiente, colmado de declaraciones de índole político y social. Uno más en el SOB’s de Nueva York, la primera ocasión que el quinteto se presentaba en Estados Unidos. Y tantos otros en los que Rita siempre se veía transformada, maquillada de una u otra manera, vestida de negro o rojo o morado o blanco, en medio de un escenario plagado de rosas y veladoras, un escenario que parecía estar hecho para celebrar su rotundo paso por la vida.
Esquivaré en este texto las condolencias. Prefiero exaltar la pasión con la que Rita Guerrero abrazó la vida y las artes que la reclamaron suya: la música y el teatro. No tengo certidumbre alguna de cuándo retomaremos nuestro diálogo con ella, pero sí de que lo vivido, lo que nos dio, fue de muchas maneras excepcional.
Notas relacionadas