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El ex abogado brasileño Rubem Fonseca, Premio Camões y Premio FIL, acaba de ofrecer a sus lectores otra serie de relatos propia de su literatura: Axilas, una conjunción de narraciones donde la atracción sexual y el crimen participan en la misma cancha, siempre.
Hay poco que esperar en el nuevo libro del brasileño, con excepción de sexo, asesinatos y su crudeza habitual.
Nada fuera del mundo literario de Fonseca, que vuelve a mostrar su destreza narrativa y su capacidad de situarse en los dos extremos del espectro social: la precariedad descarnada de los desposeídos y la absurda condición de privilegio de la alta sociedad.
Con excepción del primer cuento, “Zapatos”, que sólo muestra a un negro ansioso por mantener el calzado que le ha destrozado los dedos, esta colección de 18 piezas redunda en la consecución de pulsiones sexuales que terminan en hechos violentos. La mayoría, sin castigo.
Axilas. Y otras historias indecorosas (Cal y Arena, 2012) es un volumen donde Fonseca reitera el ritmo narrativo que ha mantenido desde 2001: intensidad, contundencia y claridad. Nada de andarse por las ramas con introspecciones o pensamientos imperfectos de sus personajes. Se trata de un puñetazo en cada enunciado y, sobre todo, velocidad.
En 2001, la colección de cuentos Secreciones, excreciones y desatinos instaló a Fonseca en una literatura que se acerca a la dinámica de las series televisivas, que corren arrebatando la atención del espectador (lector) y hasta provocar la ansiedad por la nueva temporada (el nuevo libro).
Otro volumen ejemplar de Fonseca, con la participación del clásico inspector Guedes en dos relatos. Muy recomendable.
“Es fácil condenar con una risa”, escribió Sófocles. Y es que existe la otra cara de la moneda, la de las risas que, lejos de causar regocijo y ser contagiosas, en realidad provocan desasosiego o de plano terror. Todo depende de quién y por qué ríe. Ya sea que provengan de un ser humano, un muñeco o un animal, se trata de risas escalofriantes que seguimos escuchando cuando apagamos la luz, y que nos impiden conciliar el sueño, pues son un recordatorio de que lo extraño se encuentra siempre más cerca de lo que nos gusta imaginar.
Una de las risas más desconcertantes es la de las hienas. Además de que son animales de por sí desagradables –oportunistas que se alimentan de la carroña dejada por los grandes predadores–, hay una cuestión que las vuelve aún más inquietantes: ¿por qué demonios un animal hace algo que en teoría sólo corresponde a las personas? Quien haya tenido oportunidad de escucharlas, sabe que en efecto hacen un sonido muy parecido a la risa; una muy desaforada y burlona. Los biólogos afirman que lo utilizan para comunicarse, y que cada hiena produce un ruido distintivo. Lo cierto es que debe ser terrible encontrárselas en la sabana africana, y oírlas reír mientras te rodean…
Los dibujos animados son pródigos en estos ejemplos. Uno notable es el de Maléfica, en el clásico de Walt Disney La bella durmiente. Esta hechicera de cuernos afilados y enorme mirada amarilla se aparece en el castillo de la princesa recién nacida, para hacer un fatal augurio: “Crecerá dotada de gracia y belleza. Podrá ser amada por cuantos la conozcan. Pero al cumplir los dieciséis años, antes de que el Sol se ponga, se pinchará el dedo con el huso de una rueca y morirá”. Dicha sentencia es rematada por una risa, tan tétrica como triunfante, que colmó de pesadillas los sueños de diversas generaciones de niños.
Otro personaje cuyas risas sembraron pánico y paranoia fue Pennywise, creado por Stephen King en su emblemática novela It e interpretado magistralmente por Tim Curry en la versión cinematográfica. Se trata de un ente caído del espacio exterior que adquiere la forma de payaso para acechar a los niños en los desagües de un pueblito llamado Derry. Antes de devorarlos con sus afilados dientes, tienta a sus víctimas con un aparentemente inofensivo puñado de globos. “Quieres uno”, les dice. “Flotan. Aquí abajo todos flotan”, agrega, en una macabra alusión a los pequeños muertos en el drenaje profundo. Y ríe, por supuesto, como ningún otro payaso lo ha hecho –ni lo hará– jamás.
Finalmente, el paradigma de las risas que no hacen reír, es sin duda el Guasón. El archienemigo de Batman ha tenido intérpretes a la altura de su delirio, como César Romero en la versión televisiva de los sesenta, y Jack Nicholson en la película de Tim Burton. ¿Cuál de todos es el mejor? Difícil decisión, pues estamos ante un villano entrañable. Probablemente sea el que aparece en El caballero de la noche, donde el guión de los hermanos Nolan y la brillante actuación del desaparecido Heath Ledger logran un Guasón oscuro, complejo y, sobre todo, humano.
La escena en la que se explica por qué tiene un tajo que le atraviesa la boca en forma de sonrisa infernal, es tan cruel como reveladora. Su padre –cuenta el propio Guasón– era un borracho agresivo, que una noche se volvió más violento de lo habitual; la madre intentó defenderse con un cuchillo, pero éste se lo quitó. El niño –quien un día será el criminal más temido de Ciudad Gótica–, observaba la escena, petrificado. El padre se acercó con el arma, y le preguntó: “¿Por qué tan serio?” Luego le metió el cuchillo en la boca, y agregó: “Pongamos una sonrisa en ese rostro”.
La risa del Guasón es doblemente emblemática: risa siniestra y cicatriz, representa al mismo tiempo la amenaza y la herida, la huella que toda violencia deja, ya sea física o mental. Una carcajada de la que nadie puede escapar, y ahí radica su poder. Porque, a fin de cuentas, representa al loco que todos llevamos dentro.
En el futuro caótico que retrata Blade Runner, la cinta de culto que Ridley Scott filmó en 1982, existe un edificio que se llama The Bradbury: un homenaje al autor que nació en Illinois en 1920 pero que radicó en Los Ángeles desde 1934: una de las figuras centrales de la narrativa de ciencia ficción estadounidense. De igual forma, el cielo pintado de un naranja agónico en dicha película remite a las atmósferas de las Crónicas marcianas, sin duda el libro más popular de un escritor tan prolífico como estimulante. Paradójicamente, el propio Ray Bradbury declaró alguna vez que no le gusta Blade Runner porque representa una visión demasiado oscura del futuro. Extraña opinión de parte de un autor que imaginó una sociedad en la que los libros están prohibidos y deben ser quemados por bomberos -quienes ya no se encargan de apagar incendios, sino de crearlos-, como sucede en Fahrenheit 451, otra de sus novelas célebres, llevada al cine por Francoise Truffaut en 1966.
Reacio a predecir el futuro, como hace la mayoría de sus colegas, Bradbury trató de prevenirlo. Él mismo se consideró un narrador “con propósitos morales”. Pero el gran aporte de su literatura radicó en que envolvió sus relatos con una estilizada prosa que le valió el calificativo de “poeta de la ciencia ficción”. Como señaló Jorge Luis Borges en el prólogo de la edición en español de las Crónicas marcianas, lo que Bradbury escribió fueron “deleitables terrores”.
El imaginario de este escritor ha impregnado la cultura popular por más de 50 años. Creó sus propios mitos, como el del hombre ilustrado, quien tiene el cuerpo tatuado con historias vivas, y el del maravilloso traje de color vainilla, que cumple los deseos de quien lo porta. El cine, la televisión y el teatro han sido también escenario de sus obras. The Ray Bradbury Theater se transmitió en la pantalla chica de 1985 a 1992, con 58 capítulos. Su talento estuvo además al servicio de otros autores: fue guionista de la versión cinematográfica de Moby Dick, dirigida nada más y nada menos que por John Houston, experiencia que relata en la novela Sombras verdes, ballena blanca.
Curiosamente, uno de sus mejores libros no tiene nada que ver con la ciencia ficción, sino con la novela policiaca: La muerte es un asunto solitario, historia ubicada en una decadente Venice, California, en 1949, donde una serie de cadáveres comienzan a aparecer en las oscuras aguas del canal. Un homenaje a Chandler y Hammett, pero con el sello Bradbury, pues el asesino es un ser sobrenatural e imposible de atrapar.
A pesar de que habló de cohetes, astronautas y planetas distantes en sus cuentos y novelas, Bradbury no quiso adaptarse a la tecnología moderna en la cotidianidad. Siguió escribiendo hasta el final de sus días en su vieja máquina eléctrica, nunca se compró un coche, no le gustaban los aviones –y mucho menos volar en ellos–, y aborrecía la web: “Las bibliotecas me criaron. ¿Internet? Ni pensarlo. Es una gran distracción”.
Tal vez un día los libros desaparezcan, como alerta en su fábula sobre el triunfo del fuego -y la ignominia, el peor rival- sobre la literatura. Mientras eso ocurre, los que escribió Ray Bradbury seguirán funcionando como eficaces cápsulas del espacio con la misión de colonizar la imaginación de nuevos lectores.
10 obras clave
-Crónicas marcianas (1950)
-El hombre ilustrado (1951)
-Las doradas manzanas del sol (1953)
-Fahrenheit 451 (1953)
-El país de octubre (1955)
-El vino del estío (1957)
-Remedio para melancólicos (1960)
-La feria de las tinieblas (1962)
-La muerte es un asunto solitario (1985)
-Cementerio para lunáticos (1990)
El género de terror ha recorrido un largo camino para ser aceptado como literatura “seria”, desde que nació como tal a mediados del siglo XVIII. Como bien recordó Stephen King en alguna ocasión, durante mucho tiempo los únicos amigos de Edgar Allan Poe fueron los franceses. Hoy en día, en el ámbito anglosajón, el terror es bastante apreciado, y cuenta con un nutrido grupo de autores que lo cultivan, pero ese fenómeno no ha ocurrido en nuestro país, donde se le sigue viendo como inferior. Algo inexplicable, si tomamos en cuenta nuestra propia historia, conformada, como sabemos, con marcados elementos de religiosidad y superstición.
Este ninguneo, que primeramente pasa por los círculos académicos y la crítica, ha contagiado de alguna manera a los escritores, pues en el índice de la literatura mexicana figuran muy pocos autores que se hayan adentrado en este género. ¿Cómo es posible que en un país donde los niños acuden a ver las momias de Guanajuato en completo éxtasis, y donde muchos de nosotros crecimos viendo películas como El Santo en el tesoro de Drácula, no hayan proliferado los relatos de terror? Nos referimos a los que se escriben, por supuesto, ya que la tradición oral de leyendas y sucedidos es rica y se extiende a todos los rincones de la república mexicana.
En un intento de responder a la cuestión de por qué nuestros escritores le han hecho el feo al género de terror, aventuremos una posible explicación freudiana: México es un país al que le ha costado mucho trabajo reconciliarse con su pasado, y quizá esto redunde en la poca atención que sus autores han dado a lo sobrenatural. Como si negándolo se pudieran borrar también a las cientos de personas que acuden todos los días al mercado de Sonora a comprar algún remedio para el mal de amores, para atraer la fortuna e incluso adquirir “agua exorcizada”.
Curiosamente, han sido los extranjeros quienes han sabido asimilar nuestro complejo entramado de símbolos y creencias, y lo han trasladado con bastante fortuna a la literatura. B. Traven, Ambrose Bierce y D.H. Lawrence son claros ejemplos de ello. Fue precisamente éste último quien escribió lo siguiente en La serpiente emplumada: “México no es igual a los demás países. Tienen predilección por los criminales, y por las cosas feas y repugnantes. Agitan el lodo del fondo para que salga a la superficie. Les divierte ensuciarlo todo”. Triste pero cierto: somos los menos capacitados para comprender una parte importante de nuestra esencia.
Afortunadamente, esa tendencia parece estar revirtiéndose. Como lo demuestra el libro El Abismo. Asomos al terror hecho en México, antología de relatos compilada por Rodolfo JM, cada vez hay más escritores y editores mexicanos interesados en apostar por un género que en nuestro país puede tener mucha resonancia. Lectores los hay. Así lo demuestra el hecho de que en la pasada votación abierta al público para elegir el libro que se leería para conmemorar el Día Mundial del Libro en Guadalajara, ganara Drácula. Sólo tenemos que acercarnos a ellos, a los lectores, y tomarlos de la mano para conducirlos hacia las numerosas puertas que aguardan en la oscuridad. Sin duda lo agradecerán.
¿Podemos aceptar el cuerpo en el que nacimos, a pesar de sus defectos, a pesar de las cicatrices tanto físicas como mentales que el tiempo y -sobre todo- nuestros seres queridos nos imponen? Esa es la premisa de la novela más reciente de Guadalupe Nettel, narradora mexicana que se ha ido superando con cada libro que publica.
Esta historia, narrada en tono confesional ante una psiquiatra silente -quien acaso representa a los lectores, mudos testigos de los avatares de la protagonista- es una acertada mezcla de drama e ironía, pues Nettel entiende bien que las desgracias de la vida sólo pueden ser contadas con la necesaria distancia, y que uno debe ser el primero en reírse de lo que le acontece.
Aquejada por una defecto en su ojo derecho, y educada por unos padres “abiertos” y contradictorios -fiel reflejo de la confusa década de los setenta-, y por una abuela rígida y anticuada, la protagonista crece sintiéndose -y sabiéndose- un outsider, un freak que debe remar a contracorriente en una sociedad que no sabe ni quiere entenderla.
Estamos ante una original novela de iniciación, donde la protagonista busca asideros frente a un mundo que naufraga irremediablemente: el divorcio de sus padres, las mudanzas constantes -de casa y de país-, la inexplicable desaparición de su papá, la cura que no llega para su ojo… Aparecen entonces insectos imaginarios, la masturbación compulsiva, el voyeurismo, y la escritura: último reducto en el que reafirmará su singularidad ante el mundo.
El cuerpo en que nací recuerda aquella canción de los Eels: Beautiful freak / Some people think you have a problem / But the problem lies only with them / Just cause you are not like the others…
Hay escritores a los que les hacen estatuas, otros que tienen calles en su honor… Pero ahora, un afortunado autor bautizará con su nombre a la nueva morgue de la Universidad de Dundee, Escocia.
Y será, por supuesto, un escritor de novela policiaca.
Se trata de una iniciativa bajo el lema “Un millón para la morgue”. Mediante una votación en internet, el público escogerá entre los diez finalistas, y donará además una libra esterlina para las necesidades de la institución.
Entre los escritores finalistas se encuentra Jeff Lindsay, creador del personaje de Dexter, que después se convirtiera en una exitosa serie de televisión.
Todos los autores participantes declararon sentirse orgullosos de apoyar dicha causa, además de que agradecieron a los médicos forenses por “brindarles” material escabroso para sus libros.
Para aquellos que quieran votar -y donar-, la página oficial de “Un millón para la morgue” se puede ver aquí.
El escritor irlandés John Connolly se dio a conocer con la saga de su detective Charlie Parker, un ex policía alcohólico que puede comunicarse con los muertos, y también con otros seres escalofriantes que caminan en nuestro mundo, pero no pertenecen a él.
Es precisamente su mezcla de géneros lo que hace atractiva y novedosa su literatura. Por una parte, Connolly recrea el clásico hard boiled, con un tipo duro como protagonista que sabe soltar la frase irónica en el momento adecuado, y por otro, no tiene prurito en abrir grietas en la “realidad” para dejar que en sus tramas se cuelen seres sobrenaturales.
Así sucede en “Voces que susurran” (Tusquets), la más reciente entrega de la serie. En ella, Damien Patchett es un soldado norteamericano que, tras regresar de su servicio en Irak, se suicida en extrañas circunstancias. El padre del soldado caído contrata a Parker, quien descubre que el suicidio no está relacionado con el estrés postraumático que aqueja a los ex combatientes, como todo el mundo supone.
La verdad se esconde tras una misteriosa caja que fue tomada durante el saqueo al Museo de Irak. En ella hay cosas antiguas, que se remontan a la legendaria cultura de los sumerios…
Criaturas que susurran en la oscuridad, y quitan el sueño.
En estos tiempos de bagatelas en el mundo editorial, donde la moda y las ansias de ventas imponen la literatura artificiosa en las mesas de novedades, vale la pena enfocar los reflectores en el escritor salvadoreño Horacio Castellanos Moya, quien publicó recientemente la novela La sirvienta y el luchador (Tusquets).
Un libro que retrata el entorno sangriento que se vivió en El Salvador a finales de la década de los setenta, con el gobierno represor y la guerrilla enfrentados en una batalla sin cuartel. A través de sus páginas vemos cómo la violencia se trasforma en un acto cotidiano, y cómo invade las calles y afecta a todos los estratos sociales; algo que además nos recuerda lo que ocurre actualmente en México.
Mediante dos personajes entrañables, el Vikingo -un ex luchador convertido en matón de la policía, y comedor compulsivo de caldos de pollo-, y María Elena -una sirvienta a la que no le queda más remedio que hacerle al detective cuando personas cercanas a ella comienzan a desaparecer-, Castellanos Moya cuenta un relato crudo y sin concesiones sobre la rapiña humana.
Una novela que, a pesar de su sordidez, se lee de corrido. Un autor fiel a sus obsesiones, poseedor de una honestidad brutal, que cumple cabalmente con la máxima de Rubem Fonseca sobre la buena literatura: “El objetivo honrado de un escritor es henchir los corazones de miedo, es decir lo que no debe ser dicho, es decir lo que nadie quiere decir, es decir lo que nadie quiere oír.”
Por fin llegó a México uno de los libros del año: “A la caza de la mujer” (Mondadori), volumen autobiográfico del escritor norteamericano James Ellroy, en el que narra de manera descarnada su conflictiva relación con las mujeres.
Había algunas cosas que los lectores habituales del llamado “perro diabólico de la literatura negra americana” sabíamos: que su madre murió asesinada cuando él tenía tan solo diez años, que el criminal nunca fue encontrado, y que que ese fantasma habita en todos sus libros, de “La Dalia Negra” a “Mis rincones oscuros”.
Pero este libro depara algunas sorpresas. Por ejemplo, a través de sus páginas sabemos que el niño Ellroy deseó la muerte de su madre tan sólo tres meses antes de que ocurriera, desatando lo que ahora él llama “la Maldición”: a partir de entonces las mujeres fueron seres a los que debía rescatar de las garras del mal, y al mismo tiempo, el propio Ellroy se encargaba de propiciarles un infierno sentimental.
Empleando una honestidad brutal poco vista en los escritores contemporáneos, Ellroy no tiene pudor a la hora de exhibir su obsesión con las mujeres, su comportamiento compulsivo y fantasioso al cortejarlas e incluso su incapacidad para poder amarlas en el mundo real.
En medio de una escritura tan vertiginosa como iluminadora, nos entrega las joyas de sabiduría al rojo vivo de quien ha escapado de numerosos incendios con las manos llenas:
-Los hombres solitarios son detectives
-El descontento femenino significa oportunidad
-Ten cuidado con lo que buscas, porque eso te busca a ti
-La pasión no debe ser nunca sórdida
-El sexo es poder y el poder es ficción y la ficción ha sustituido al sexo
-Las habitaciones a oscuras propician llamadas de mujeres
-Dios se relaciona conmigo a través de las mujeres
-Siempre encuentro la verdad a través de la escritura
Un libro que tanto los fanáticos de Ellroy como aquellos que no lo han leído nunca disfrutarán. A fin de cuentas, trata de un tema universal: los amores que matan, que son los únicos que importan.
¿Y cómo es que James Ellroy pudo relatar todo esto, tras una historia personal de excesos tanto etílicos como amorosos? Él mismo lo explica: “Sobreviví. Dios siempre ha tenido un trabajo para mí. Soy el tipo que vive para contarte la historia”.
Releyendo en estos días a H.P. Lovecraft, el escritor norteamericano de terror sobrenatural que creó todo un panteón de monstruos y entidades malignas ancestrales, nos dio por buscar imágenes inspiradas en su mitología. Y nos encontramos con varias sorpresas.
Una, que existe una novela gráfica de su clásico At the Mountains of Madness, adaptada e ilustrada por INJ Culbard.
Y, finalmente, que algunos fans han creado una serie de postales pop de una de sus más famosas criaturas: Cthulhu, esa deidad alienígena con cabeza de pulpo y alas de murciélago. Va una selección: