Adelanto editorial
—¿Eres licenciado o de derechos humanos?
—Ninguno de los dos. Soy reportero. Pensé que te lo habían dicho los custodios.
—Mmm. Da igual quién chingados eres. Yo soy Gumaro de Dios Arias, pero acá adentro soy el Caníbal.
El reportero Alejandro Almazán (Ciudad de México, 1971) está por publicar su segundo libro: Gumaro de Dios. El caníbal, la historia del antropófago de Playa del Carmen que, un día de diciembre de 2004, se comió algunos trozos de su novio, El Pelón, de entre 25 y 30 años. Nadie, ni el propio Gumaro, sabe quién fue El Pelón.
Gumaro de Dios Arias, entonces de 26 años, celebraba su acto con sorna: “Si me hubieran dejado, me lo hubiera comido todo”. En una ensalada con trozos de carne que, según dijo a la prensa y le reiteró a Almazán, “sabía a borrego”.
Una historia de un antropófago de a de veras, confeso y orgulloso, ahora que la prensa y la justicia capitalina pusieron de moda, con el caso del “caníbal de la Guerrero”, a los amantes de la carne humana, a los gourmets de la piel y las entrañas de amantes, vecinas, comerciantes. La historia de Gumaro en la pluma de Almazán, ganador tres veces del Premio Nacional de Periodismo por crónicas sobre narcotráfico, secuestro y asesinos a sueldo, quien concedió a este Sensacional D el primer capítulo de su investigación (presentamos algunos extractos).
El libro lo publica Random House Mondadori (México, 2007, 160 páginas) y se presentará en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Lleva una nota introductoria del escritor Élmer Mendoza.
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Al final de nuestra segunda plática, Gumaro me preguntó con arrogancia si él era el único caníbal sobre la Tierra. Ignoro si lo desilusioné al contarle algunas historias tan o más estrambóticas, las cuales le restregaron que no era un ser inimitable.
Ha de ser por eso que supongo que en este instante muchos Gumaros caminan por las calles, los saludamos, se suben a los autobuses, trabajan donde trabajamos, les compramos o vendemos algo, comemos a su lado, quizá hasta son nuestros vecinos… Los miramos ahora mismo que estamos frente al espejo.
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“Ese cabrón ya no es un ser humano, es un animal, un sádico”, dijo el taxista que me llevó hasta el irrisorio penal de Playa del Carmen. Luego, mientras del autoestéreo salía una voz lúgubre que nos recordó que ese día habría 31 grados, escuché las tantas fábulas que el conductor daba por ciertas, porque acá en la selva tropical se cuentan muchas cosas: dicen que no le dejó ni las uñas al difunto, que hacía brujería, que ya se ha comido a varios, incluso de su familia. Que está igualito a un nahual, que quiso morder a los policías cuando lo detuvieron, que permanece encadenado, que es extranjero porque los mexicanos no estamos tan pirados, que a lo mejor van a matarlo…
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Entonces corría el rumor de que querían darle un escarmiento a patadas y puñetazos. Incluso pensaban violarlo, desgarrarle el ano con un cuchillo para que el infeliz pagara en vida su crimen. Así lo dictan las leyes en todas las mazmorras. Para su fortuna, le temían como a una peste inminente. Lo respetaban. Lo dejaban vivir sus trastornos allá en aquel rincón donde lamía el plato con pollo desmenuzado en escabeche, ése que hacía Lupita, la cocinera del penal.
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Aquel sábado que lo vi era un mal día. No sólo estaba harto de la prensa que lo orillaba a personificar rasgos dignos de un esperpento. También atravesaba por el trance de la abstinencia. “Los nervios me hablan y me marean”, me dijo y empezó a andar de extremo a extremo. Detenido, pero en movimiento. Se comportaba como una bestia atrapada. Lo comprendí: qué agotador ha de ser ese lapso para alguien que desde los quince años supo lo que era dinamitarse el cerebro con cemento.
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Con el tiempo supe que dentro de sus huesos se cagaba de miedo, sensación que sólo amainaba el jactarse de tener una mente con turbulencias.

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