Categoría: canibalismo


El hombre que cultiva tomates

November 2nd, 2010 — 10:12pm

El monstruo de Amstetten, el hombre que secuestró y violó durante 24 años a su propia hija, concedió su primera entrevista a un medio de comunicación desde que fue recluido en un penal de máxima seguridad en Viena.

En la entrevista afirma que su esposa aún lo ama y que sus 13 hijos quieren visitarlo en la cárcel, pero que las autoridades se los prohíben.

¿Y qué hace, por cierto, este hombre en la cotidianidad de su encierro? Ejercicio. Ver la televisión. Ah, y cultivar tomates.

La entrevista, en elmundo.es.

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La procreó, la violó y la preñó

May 5th, 2010 — 10:10pm

Sí, escribimos un título escandaloso, pero no somos responsables de cómo se producen las noticias ni —mucho menos— del límite de la vida de las personas. Este miércoles murió el Chacal de Mendoza, un macabro argentino que abusó de su propia hija, durante dos décadas, y tuvo con ella siete hijos.

Un hecho escalofriante, la violación de la propia hija, que recuerda el caso de otro lunático: el Monstruo de Amstetten, Josef Fritzl, quien secuestró a su hija durante 24 años y con quien tuvo seis hijos. Todo, en el sótano de su casa en Austria.

El argentino que nos incumbe ahora se llamaba Armando Lucero, tenía 67 años y, a pesar de las versiones no confirmadas de una supuesta golpiza recibida en prisión, el diagnóstico médico afirma que murió de una afección pulmonar provocada por el tabaquismo.

Lucero fue detenido en 2009, luego de que su hija lo denunció por temor a que el Chacal abusara también de una de sus nietas, de 16 años.

Un galimatías para el que no existen palabras claras: ¿hija-amante? ¿Nieta-hija? ¿Papá-abuelo? El policía austriaco Franz Polzer pronunció así sobre el Monstruo de Amstetten:

“Los seis hijos de Elisabeth Fritzl nacidos en cautiverio tienen como padre a su propio abuelo, Josef Fritzl”

Nosotros optamos por el verbo: la procreó, la violó y la preñó.

En total, Lucero tuvo 21 hijos: ocho con su primera esposa, seis con su segunda pareja y siete con su propia hija.

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Dios no existe y nosotros somos sus profetas

October 12th, 2009 — 8:56pm

Recuperamos de nuestro cuaderno de notas algunas citas de la excelente novela La carretera de Cormac McCarthy, autor entre otras novelas de Meridiano de sangre y No es país para viejos. La carretera es un desolador relato de la marcha al sur que emprenden un padre y su hijo, en un mundo devastado y sin más esperanzas que la muerte.

Estas citas de la La carretera de Cormac McCarthy pertenecen a la edición de Editorial Grijalbo Mondadori, con la traducción Luis Murillo Fort, publicada en México en 2007.

Si no han leído La carretera, corran antes de que se estrene la cinta con Vigo Mortensen y Kodi Smit-McPhee como protagonistas, bajo la dirección de John Hillcoat (el estreno en Estados Unidos será el 25 de noviembre de 2009). Acá está un link a Scribd, donde pueden leer la novela completa en la traducción de Luis Murillo Fort (es la versión que publicó Mondadori en 2007, la misma de la que extraemos estas citas).

Pensó que si vivía lo suficiente el mundo se perdería por fin del todo. Como el agonizante mundo que habitan los ciegos nuevos, todo él disolviéndose lentamente en la memoria. (p. 20)

En esta carretera no hay interlocutores de Dios. Se han ido y me han dejado aquí solo y se han llevado consigo el mundo. Duda: ¿En qué difiere el nunca será de lo que nunca fue? (p. 30)

Una persona que no tuviera a nadie haría bien en apañarse un fantasma más o menos pasable. Insuflarle vida y mimarlo con palabras de amor. Ofrecerle migas de fantasma y protegerlo con su propio cuerpo. Por lo que a mí respecta mi única esperanza es la nada eterna y la deseo con toda mi alma. (p. 48)

Que así sea. Evoca las formas. Cuando no tengas nada más inventa ceremonias e infúndeles vida. (p. 59)

¿Tú crees que te miento?
No.
Pero piensas que podría mentir sobre lo de morirnos.
Sí.
De acuerdo. Quizá te mentiría. Pero no nos vamos a morir.
Vale. (pp. 78-79)

Dios no existe y nosotros somos sus profetas. (p. 127)

Donde los hombres no pueden vivir a los dioses no les va mucho mejor. Es preferible estar solo. (p. 129)

Cuando todos hayamos desaparecido entonces al menos no quedará nadie aquí salvo la muerte y sus días también estarán contados. En medio de la carretera sin nada que hacer y a nadie a quien hacérselo. Dirá la muerte: ¿Adónde se han ido todos? Y así es como será: ¿Qué hay de malo? (p. 129)

Una hora después estaban sentados en la playa contemplando el horizonte cubierto de niebla tóxica. Sentados con los talones hundidos en la arena vieron cómo el mar sombrío les lamía los pies. Frío. Desolado. Sin aves. (p. 160)

¿Qué hay al otro lado?
Nada
Algo habrá, ¿no?
Quizá un padre y su hijo sentados en la playa.
Eso sería bonito.
Sí. Sería bonito.
¿Y podría ser que ellos también llevaran el fuego?
Sí. Podría ser.
Pero no lo sabemos.
No lo sabemos. (pp. 160-161).

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Vigo Mortensen y Kodi Smit-McPhee, en la cinta de John Hillcoat

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El turismo del morbo

May 16th, 2008 — 6:41pm

De todos es conocido el reciente y siniestro episodio del Monstruo de Amstetten, el lunático que secuestró a su propia hija durante 24 años en el sótano de su casa en Austria. Bueno, pues este lugar ha pasado ha formar parte de la lista del llamado “turismo del morbo”.

Una tendencia del entretenimiento que involucra casas en las que sucedieron tragedias o zonas devastadas por desastres ecológicos, entre otras calamidades. La gente viaja para fotografiarse y conocer de cerca esos sitios convertidos en santuarios del morbo por los medios. Nueva Orléans después de Katrina o Puerto Hurraco en España (donde fueron asesinadas nueve personas), son algunos de los destinos de esta nueva forma del turismo.

El sitio 20minutos.es tiene varios ejemplos. Lo interesante es preguntarse lo siguiente: ¿seremos turistas del morbo hasta que alguien se plante con su cámara frente a nuestra propia casa?

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El muertito sabía a borrego

November 1st, 2007 — 12:39am
Adelanto editorial

—¿Eres licenciado o de derechos humanos?
—Ninguno de los dos. Soy reportero. Pensé que te lo habían dicho los custodios.
—Mmm. Da igual quién chingados eres. Yo soy Gumaro de Dios Arias, pero acá adentro soy el Caníbal.

El reportero Alejandro Almazán (Ciudad de México, 1971) está por publicar su segundo libro: Gumaro de Dios. El caníbal, la historia del antropófago de Playa del Carmen que, un día de diciembre de 2004, se comió algunos trozos de su novio, El Pelón, de entre 25 y 30 años. Nadie, ni el propio Gumaro, sabe quién fue El Pelón.
Gumaro de Dios Arias, entonces de 26 años, celebraba su acto con sorna: “Si me hubieran dejado, me lo hubiera comido todo”. En una ensalada con trozos de carne que, según dijo a la prensa y le reiteró a Almazán, “sabía a borrego”.
Una historia de un antropófago de a de veras, confeso y orgulloso, ahora que la prensa y la justicia capitalina pusieron de moda, con el caso del “caníbal de la Guerrero”, a los amantes de la carne humana, a los gourmets de la piel y las entrañas de amantes, vecinas, comerciantes. La historia de Gumaro en la pluma de Almazán, ganador tres veces del Premio Nacional de Periodismo por crónicas sobre narcotráfico, secuestro y asesinos a sueldo, quien concedió a este Sensacional D el primer capítulo de su investigación (presentamos algunos extractos).
El libro lo publica Random House Mondadori (México, 2007, 160 páginas) y se presentará en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Lleva una nota introductoria del escritor Élmer Mendoza.

* * *

Al final de nuestra segunda plática, Gumaro me preguntó con arrogancia si él era el único caníbal sobre la Tierra. Ignoro si lo desilusioné al contarle algunas historias tan o más estrambóticas, las cuales le restregaron que no era un ser inimitable.
Ha de ser por eso que supongo que en este instante muchos Gumaros caminan por las calles, los saludamos, se suben a los autobuses, trabajan donde trabajamos, les compramos o vendemos algo, comemos a su lado, quizá hasta son nuestros vecinos… Los miramos ahora mismo que estamos frente al espejo.

* * *

“Ese cabrón ya no es un ser humano, es un animal, un sádico”, dijo el taxista que me llevó hasta el irrisorio penal de Playa del Carmen. Luego, mientras del autoestéreo salía una voz lúgubre que nos recordó que ese día habría 31 grados, escuché las tantas fábulas que el conductor daba por ciertas, porque acá en la selva tropical se cuentan muchas cosas: dicen que no le dejó ni las uñas al difunto, que hacía brujería, que ya se ha comido a varios, incluso de su familia. Que está igualito a un nahual, que quiso morder a los policías cuando lo detuvieron, que permanece encadenado, que es extranjero porque los mexicanos no estamos tan pirados, que a lo mejor van a matarlo…

* * *

Entonces corría el rumor de que querían darle un escarmiento a patadas y puñetazos. Incluso pensaban violarlo, desgarrarle el ano con un cuchillo para que el infeliz pagara en vida su crimen. Así lo dictan las leyes en todas las mazmorras. Para su fortuna, le temían como a una peste inminente. Lo respetaban. Lo dejaban vivir sus trastornos allá en aquel rincón donde lamía el plato con pollo desmenuzado en escabeche, ése que hacía Lupita, la cocinera del penal.

* * *

Aquel sábado que lo vi era un mal día. No sólo estaba harto de la prensa que lo orillaba a personificar rasgos dignos de un esperpento. También atravesaba por el trance de la abstinencia. “Los nervios me hablan y me marean”, me dijo y empezó a andar de extremo a extremo. Detenido, pero en movimiento. Se comportaba como una bestia atrapada. Lo comprendí: qué agotador ha de ser ese lapso para alguien que desde los quince años supo lo que era dinamitarse el cerebro con cemento.

* * *

Con el tiempo supe que dentro de sus huesos se cagaba de miedo, sensación que sólo amainaba el jactarse de tener una mente con turbulencias.

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