Asomarse al abismo

El género de terror ha recorrido un largo camino para ser aceptado como literatura “seria”, desde que nació como tal a mediados del siglo XVIII. Como bien recordó Stephen King en alguna ocasión, durante mucho tiempo los únicos amigos de Edgar Allan Poe fueron los franceses. Hoy en día, en el ámbito anglosajón, el terror es bastante apreciado, y cuenta con un nutrido grupo de autores que lo cultivan, pero ese fenómeno no ha ocurrido en nuestro país, donde se le sigue viendo como inferior. Algo inexplicable, si tomamos en cuenta nuestra propia historia, conformada, como sabemos, con marcados elementos de religiosidad y superstición.

Este ninguneo, que primeramente pasa por los círculos académicos y la crítica, ha contagiado de alguna manera a los escritores, pues en el índice de la literatura mexicana figuran muy pocos autores que se hayan adentrado en este género. ¿Cómo es posible que en un país donde los niños acuden a ver las momias de Guanajuato en completo éxtasis, y donde muchos de nosotros crecimos viendo películas como El Santo en el tesoro de Drácula, no hayan proliferado los relatos de terror? Nos referimos a los que se escriben, por supuesto, ya que la tradición oral de leyendas y sucedidos es rica y se extiende a todos los rincones de la república mexicana.

En un intento de responder a la cuestión de por qué nuestros escritores le han hecho el feo al género de terror, aventuremos una posible explicación freudiana: México es un país al que le ha costado mucho trabajo reconciliarse con su pasado, y quizá esto redunde en la poca atención que sus autores han dado a lo sobrenatural. Como si negándolo se pudieran borrar también a las cientos de personas que acuden todos los días al mercado de Sonora a comprar algún remedio para el mal de amores, para atraer la fortuna e incluso adquirir “agua exorcizada”.

Curiosamente, han sido los extranjeros quienes han sabido asimilar nuestro complejo entramado de símbolos y creencias, y lo han trasladado con bastante fortuna a la literatura. B. Traven, Ambrose Bierce y D.H. Lawrence son claros ejemplos de ello. Fue precisamente éste último quien escribió lo siguiente en La serpiente emplumada: “México no es igual a los demás países. Tienen predilección por los criminales, y por las cosas feas y repugnantes. Agitan el lodo del fondo para que salga a la superficie. Les divierte ensuciarlo todo”. Triste pero cierto: somos los menos capacitados para comprender una parte importante de nuestra esencia.

Afortunadamente, esa tendencia parece estar revirtiéndose. Como lo demuestra el libro El Abismo. Asomos al terror hecho en México, antología de relatos compilada por Rodolfo JM, cada vez hay más escritores y editores mexicanos interesados en apostar por un género que en nuestro país puede tener mucha resonancia. Lectores los hay. Así lo demuestra el hecho de que en la pasada votación abierta al público para elegir el libro que se leería para conmemorar el Día Mundial del Libro en Guadalajara, ganara Drácula. Sólo tenemos que acercarnos a ellos, a los lectores, y tomarlos de la mano para conducirlos hacia las numerosas puertas que aguardan en la oscuridad. Sin duda lo agradecerán.

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Categoría: literatura | Tags: Comentario »

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