El himno de Iggy Pop parece la banda sonora del recorrido: “Nightclubbing, we’re nightclubbing, we’re what’s happening, we’re an ice machine, we see people brand new people, they’re something to see”. Es el club swinger Louvre de Guadalajara, donde las expectativas desaparecen y sólo queda espacio para la sorpresa. El bar ofrece un espectáculo travesti (12, 2 y 4 am), videos musicales y películas para estimular a los visitantes. Cuenta con una recámara para parejas heterosexuales, donde se puede ser una máquina de follar o un simple voyeur; en el salón para tríos (o multitudes), todos están invitados a hacer y deshacer. Aunque la diversión no se encuentra sólo en los cubículos: la pista es un hervidero que apenas se alcanza a refrenar. El Louvre (Madero 676, esquina Federalismo, Centro Histórico, louvre_swingerclub@yahoo.com.mx) es un viejo caserón que se ha utilizado incluso como foro para tocadas de punk. Ahora, en su modalidad swinger, está cumpliendo diez años de vida. Adentro no se permiten teléfonos celulares ni cámaras fotográficas, por eso ilustramos con una obra de Fabrizio Musa inspirada en Eyes wide shut, la cinta donde Stanley Kubrick inspecciona las motivaciones del intercambio de parejas.
En Nueva York se gesta una cruzada contra los catálogos de Victoria’s Secret, esos pequeños y lúbricos impresos poblados de sensualidad, pasiones y fantasías. La encabezan el reverendo Billy y su Iglesia Contra las Compras, convencidos de que en la producción de las revistas se emplean millones de árboles del bosque boreal canadiense: “Victoria’s Secret is devil”. Un vocero de la tienda, citado por el semanario The Village Voice, negó la versión y aseguró que los catálogos se producen con papel reciclado. Este agosto, la iglesia abrió temporada en el bar Spiegeltent, a unos metros del puente de Brooklyn y vecino de una sucursal de Victoria’s Secret en el centro comercial Seaport. Se trata de un espectáculo donde, con gospel y arengas globalifóbicas, 30 coristas exorcizan a los poseedores de tarjetas de crédito, oran por la desaparición de Wal-Mart, Starbucks y Home Depot y salvan las almas de quienes gustan de Disneylandia. A mediados de agosto, aprovechando la cercanía de la sucursal de Victoria’s Secret, los coristas salieron a las calles para denunciar las barbaridades a las que contribuyen los cuerpos perversos de Heidi Klum, Laetitia Casta,Naomi Campbell y las brasileñas Adriana Lima y Gisele Bundchen, entre muchas otras diabólicas top models. En la imagen, original de Fred Askew de The Village Voice, aparece el corista Donald Gallagher, luciendo un combinado azul bastante ecológico durante la manifestación.
“Si no ves el humor en el sexo, no ves su humanidad. Van mano a mano”. Quien así habla no es un terapeuta sexual, ni mucho menos un autor de libros de autoayuda. Estamos ante las reflexiones de uno de los hombres más influyentes del siglo XX en cuanto al entretenimiento para adultos se refiere. Hugh Hefner fundó la revista Playboy a principios de los años cincuenta y le regaló al hombre de clase media un mundo poblado de conejitas y fantasías húmedas que volvían la vida más interesante. La Mansión Playboy y sus fiestas licenciosas han estado en el imaginario de diversas generaciones que convirtieron los martinis y las pijamas de seda en su estandarte. A sus 80 años de edad, el rey Hefner sigue en perfecta forma y gracias al viagra tiene sexo todos los días. Es, sin duda, uno de los hombres que más mujeres ha llevado a su cama, pero lo que hay que reconocerle es que nunca ha sido egoísta, sino que ha utilizado esa experiencia para conducir con maestría el emporio que aún dirige. No conforme con eso, entregó una especie de legado-manifiesto en su Hef´s little black book (Harper Collins, 2004), en el que habla de todo: desde tips para enamorar a las chicas, pasando por la organización de la fiesta perfecta, hasta muy útiles consejos de alcoba. Una memoria escrita con sabiduría que debe convertirse, literalmente, en el libro de cabecera de cualquier tipo de hombre: solteros, casados, separados, desesperados, enamorados… El Gran Conejo pasó por todo eso, y vivió para contarlo.
Carl Johnson debe estar furioso con los publicistas de Coca Cola, quienes este agosto pusieron en circulación un nuevo episodio de su campaña The Coke side of life, que tiene un extremo parecido con las aventuras del joven afroamericano residente en Los Santos. CJ es peligroso, roba, asesina, conduce a alta velocidad, enfrenta a policías, causa desorden en las calles. CJ es el ídolo de miles de aficionados a los videojuegos y protagoniza el capítulo San Andreas de la trilogía Grand Theft Auto, la saga más popular de Rockstar Games (The Warriors, Red Dead Revolver, Midnight Club). Aunque el comercial de Coca Cola imita algunas de las acciones de CJ en las calles de Los Santos y otras localidades de San Andreas, en la pieza promocional del refresco se presenta a un protagonista paradójicamente descafeinado, blanco y quien, en lugar de buscarse el respeto entre los mafiosos de la zona, se dedica a construir el bien. Mientras Los Santos está poblado de afroamericanos, Coca Cola apenas presenta cuatro en su comercial (hasta el trovador vagabundo es blanco). Mientras en el videojuego se aumenta la puntuación a partir del número de muertos, en el idílico comercial de Coca Cola hay arco iris, felicidad y cordialidad. Sin duda, la chispa del refresco más consumido en el mundo.
“Durante siglos, los cirujanos compartieron rango con los barberos”, escribe la periodista estadounidense Mary Roach en su libro Stiff. The curious lives of human cadavers (Norton, 2003). Esta frase es un buen ejemplo del humor negro con el que aborda, a lo largo de 301 páginas, temas tan inquietantes como accidentes de avión, pruebas de impacto en automóviles, canibalismo y extraños experimentos para trasplantar cabezas humanas. Su ironía, sumada a un notable trabajo de investigación, da como resultado una obra periodística que no puede dejar de leerse a pesar de los vuelcos en el estómago que puede llegar a provocar (el capítulo dedicado a los remedios médicos de la antigüedad, que incluyen momias comestibles, es especialmente escalofriante). La pluma de Roach es hábil y atrapa a la hora de describir situaciones repulsivas, como cuando visita el jardín de una universidad consagrado al estudio de la entomología forense, en el que se pudren diversos cadáveres con el objetivo de analizar la fauna que los invade. “Es difícil explicar con palabras el olor de un humano descomponiéndose”, escribe Roach. “Es denso y empalagoso, dulce pero no dulce como son las flores. Es algo a medio camino entre fruta podrida y carne podrida”. Stiff ilustra, divierte, estremece. Los cadáveres tienen vida, ¿quién lo hubiera pensado?