Les compartimos este artículo de The New York Times sobre adictos a la heroína en África que, en un intento por mantenerse drogados, se inyectan la sangre de otros adictos. El artículo se preocupa, sobre todo, de la posibilidad de contraer el virus del sida y advierte de una nueva ola de contagios en caso de difundirse la práctica, llamada flashblood o flushblood.
Como no encontramos información en español, decidimos traducir la pieza de Donald G. McNeil Jr. para nuestros lectores.
Heroinómanos desesperados de algunas ciudades de África se han iniciado en una práctica tan peligrosa que es casi impensable: deliberadamente se inyectan sangre de otro adicto, dicen investigadores, en un esfuerzo por compartir la dosis o evitar los dolores de la abstinencia.
La práctica, llamada flashblood o a veces flushblood, no es común, pero ha sido reportada en Dar es Salaam, Tanzania, en la isla de Zanzíbar y en Mombasa, Kenia.
La práctica coloca a los usuarios en el más alto riesgo de contraer el sida y la hepatitis. Aunque la transmisión del sida en África se debe principalmente a relaciones heterosexuales, el consumo de heroína está aumentando en algunas ciudades y los expertos advierten que el flashblood —además del intercambio de jeringas y otros hábitos peligrosos— podría causar una nueva ola de infecciones de sida.
“Inyectarse sangre fresca es una práctica descabellada. Es la forma más eficaz de que se contraiga VIH”, dijo la doctora Nora D. Volkow, directora del Instituto Nacional sobre el Abuso de Drogas, que apoya a los investigadores que descubrieron la práctica. “Aunque el número de quienes lo hacen es un grupo relativamente pequeño, se trata de focos de VIH, porque su manutención es el trabajo sexual”.
Sheryl A. McCurdy, una profesora de salud pública en la Universidad de Texas en Houston, fue la primera en describir la práctica hace cinco años, en una breve carta a The British Medical Journal. McCurdy ha publicado recientemente un estudio sobre el flashblood en la revista Addiction.
“Realmente no sé qué tan extendida está la práctica”, afirma la doctora McCurdy, quien busca a otros investigadores que trabajan con adictos para conseguir más información sobre el flashblood. “Hay bastante rotación en el este de África, así que no me sorprendería que la práctica se registrara en otras ciudades”.
El creciente uso de heroína en ciudades de África provoca un potencial para ampliar la epidemia del sida.
En la mayoría de los países del Este de África, como Tanzania y Kenia, de 3 a 8 por ciento de los adultos viven con el virus del sida, muchos menos que en el Sur de África, donde las tasas alcanzan de 15 a 25 por ciento.
Entre los que se inyectan heroína las tasas son mucho mayores. En Tanzania, cerca del 42 por ciento de los adictos tienen el virus. La tasa es aún mayor —64 por ciento— entre las mujeres adictas, señala la doctora McCurdy, y debido a que la mayoría se mantiene a través de la prostitución, se enfrentan a un doble riesgo y exponen a sus clientes de contraer el virus.
La mayoría de los adictos entrevistados por McCurdy que practican el flashblood son mujeres. Para ellas, compartir la sangre es más de un acto de bondad que un intento de mantener el efecto de la droga: una mujer que ha ganado suficiente dinero para comprar una dosis de heroína puede inyectarse sangre para ayudar a un amigo a evitar la abstinencia. El amigo es a menudo un trabajador del sexo demasiado viejo o enfermo para trabajar.
En Zanzíbar, por el contrario, la práctica se registra sobre todo entre los hombres, según un estudio realizado en 2006 por The African Journal of Drug and Alcohol Studies, que encontró que alrededor del 9 por ciento de 200 usuarios de drogas inyectadas habían practicado el flashblood.
En periódicos del Este de África se ha informado de adictos que venden su sangre, pero los investigadores del tema no han podido confirmar los reportes.
También ha habido informes de prácticas de tipo flashblood en otros países con gran número de adictos a la heroína, entre ellos Pakistán, pero tampoco han sido confirmados.
Lo cierto es que no se ha comprobado que alguien pueda mantenerse drogado al inyectarse una cantidad relativamente pequeña de la sangre de un adicto, dice la doctora McCurdy. Los seres humanos tienen cerca de cinco litros de sangre y el practicante del flashblood apenas se inyecta menos de una cucharadita.
“Ellos dicen que sucede”, afirma la doctora. “Actúan como si se drogaran. Pero he hablado con médicos que dicen que podría tratarse de un efecto placebo”.
Una posibilidad, señala, es que restos de la droga se conserven en la jeringa. Después de atravesar una vena, un adicto normalmente dejará algo de sangre en la jeringa, por lo que la retira y se inyecta tres o cuatro veces más para asegurarse de que toda la heroína se ha vertido en su sangre. El flashblood por lo general termina después de un ciclo de entrada y salida de la jeringa.
La heroína que se vende en el Este de África, agrega McCurdy, es a menudo bastante fuerte porque proviene de los envíos de heroína pura que se realizan a Europa desde Afganistán o Asia.
Hasta hace poco, era raro el uso de heroína en el continente porque la mayoría de los africanos son demasiado pobres para que los traficantes se preocuparan por ellos. Pero en la última década, los traficantes han comenzado a utilizar ciudades portuarias como Dar es Salaam y Mombasa y aeropuertos como los de Nairobi y Johannesburgo como estaciones de paso en sus rutas: la policía a menudo es sobornada, y los traficantes provenientes de países sin historial de contrabando pueden escapar de los agentes fronterizos en Europa. Los mensajeros pueden cobrar con droga que revenden.
Con más usuarios locales, la heroína circula con mayor frecuencia en África. En la última década, policiales y de agencias de tratamiento de drogas han detectado un aumento en el consumo de heroína, especialmente en Kenya, Tanzania, Sudáfrica y Nigeria. La heroína oscura que debe calentarse e inhalarse —Chasing the Dragon— ha dado paso a la heroína blanca soluble en agua, que puede ser inyectada. Los precios han caído hasta en un 90 por ciento.
Aunque una cucharadita de sangre es más que suficiente para transmitir el sida, señala el doctor James Aubuchon, presidente de la Asociación Americana de Bancos de Sangre, es insuficiente para provocar una reacción inmune, como puede resultar cuando el paciente recibe una transfusión del tipo de sangre equivocada. En cambio, “se pueden obtener sólo algunos síntomas”.
Dr. Aubuchon, quien ejerce en Seattle, señala que nunca había oído hablar del flashblood, pero se dice horrorizado por la idea.
“¿Qué? ¿Están pensando?”, pregunta.
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