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El ex abogado brasileño Rubem Fonseca, Premio Camões y Premio FIL, acaba de ofrecer a sus lectores otra serie de relatos propia de su literatura: Axilas, una conjunción de narraciones donde la atracción sexual y el crimen participan en la misma cancha, siempre.
Hay poco que esperar en el nuevo libro del brasileño, con excepción de sexo, asesinatos y su crudeza habitual.
Nada fuera del mundo literario de Fonseca, que vuelve a mostrar su destreza narrativa y su capacidad de situarse en los dos extremos del espectro social: la precariedad descarnada de los desposeídos y la absurda condición de privilegio de la alta sociedad.
Con excepción del primer cuento, “Zapatos”, que sólo muestra a un negro ansioso por mantener el calzado que le ha destrozado los dedos, esta colección de 18 piezas redunda en la consecución de pulsiones sexuales que terminan en hechos violentos. La mayoría, sin castigo.
Axilas. Y otras historias indecorosas (Cal y Arena, 2012) es un volumen donde Fonseca reitera el ritmo narrativo que ha mantenido desde 2001: intensidad, contundencia y claridad. Nada de andarse por las ramas con introspecciones o pensamientos imperfectos de sus personajes. Se trata de un puñetazo en cada enunciado y, sobre todo, velocidad.
En 2001, la colección de cuentos Secreciones, excreciones y desatinos instaló a Fonseca en una literatura que se acerca a la dinámica de las series televisivas, que corren arrebatando la atención del espectador (lector) y hasta provocar la ansiedad por la nueva temporada (el nuevo libro).
Otro volumen ejemplar de Fonseca, con la participación del clásico inspector Guedes en dos relatos. Muy recomendable.
Para celebrar que hoy se cumplen seis años de vida de este Sensacional D, les compartimos nuestro decálogo…
1.- El porno es arte
2.- La nota, bien roja por favor
3.- Todos llevamos un voyeur dentro
4.- Con morbo, la vida es más sabrosa
5.- El crimen nos iguala a todos
6.- No somos nadie sin nuestras musas
7.- Mientras más carne, más pecado
8.- La música salva
9.- Postea poco y vive más
10.- And Life is Wine…
Hacer una película con distintos escenarios se presta para los paneos, esas tomas con guiños al espectador y reminiscencias intertextuales. Recuperamos un homenaje poco difundido, extraído de La Ley del Deseo, la película que Pedro Almodóvar filmó en 1987 para narrar la historia de un amor irrefutable y fatal, entre un director de cine y un fanático.
Almodóvar, a mitad de la cinta, hace un guiño a la obra de Edward Hopper, para ubicar a los personajes justo antes de que todo se empiece a romper. Una excelencia cinematográfica digna de un campeón de las intertextualidades y las referencias.
Aquí, la obra de Hoppers, Nighthawks:
Y compartimos una de las grandes reinterpretaciones de la obra de Hopper, con la firma de Gottfried Helnwein, titulada: “Boulevard of Broken Dreams”, con James Dean, Humphrey Bogart, Marilyn Monroe y Elvis Presley como bartender.
Jean Baudrillard se refirió a los Estados Unidos en su libro América, como “el único país que ofrece la posibilidad de una ingenuidad brutal”. El analista por excelencia de la sociedad contemporánea, hizo una autopsia puntual y aguda del sueño norteamericano; de un país de fachada deslumbrante, pero con claras señales de putrefacción en las entrañas.
Escribe Baudrillard: “En el corazón de la riqueza y la liberación, siempre se plantea la misma pregunta: What are you doing after the orgy. ¿Qué hacer cuando todo está disponible, el sexo, las flores, los estereotipos de la vida y la muerte?”
Antes, algunos ejemplos que respondían a esa pregunta, eran los sujetos que entraban a una tienda de hamburguesas y con esa misma celeridad del fast food despachaban las vidas de los desafortunados clientes. De un tiempo a esta parte, esa furia ciega y absurda es cada vez más precoz, y ha estado siendo ejecutada por jóvenes, en su mayoría estudiantes que atacan a sus compañeros de clase, en las tristemente célebres matanzas estudiantiles.
En un intento por explicar este tipo de crímenes, el documentalista Michael Moore ensayó la “teoría del miedo” en su aclamado filme Bowling for Columbine: bombardeados por sus propios medios de comunicación, que instalan la paranoia como norma en cada hogar vía la televisión, el periódico o la radio, los estadounidenses viven armados hasta los dientes y cualquiera puede comprar balas en la tienda de la esquina, incluidos adolescentes como Eric Harris y Dyland Klebold —responsables de la mascare que da título a la cinta—, quienes adquirieron los proyectiles en la popular cadena K-Mart.
Ahora fue en un cine, en Colorado, durante la premiere de la película más esperada del verano: Batman: the Dark Knight Rises. Como se sabe, James Holmes, de 24 años de edad, prófugo del doctorado de neurociencias y ataviado como el villano Bane, abatió a 12 personas e hirió a otras 59, en un episodio que parece sacado de una película de terror.
Después de la orgía, por supuesto, viene el aburrimiento. Uno de tipo mortal.
Como colofón, no está de más recordar el pequeño corto animado incluido en la mencionada Bowling…, realizado por Matt Stone (South Park), quien en tan sólo tres minutos hace una muy peculiar historia de los Estados Unidos a partir del miedo y las armas.
Del Taller Mecánico del Sensacional D, una selección de la que será la primera dama de México, o lo que es lo mismo: la esposa del Presidente de la República.
“Es fácil condenar con una risa”, escribió Sófocles. Y es que existe la otra cara de la moneda, la de las risas que, lejos de causar regocijo y ser contagiosas, en realidad provocan desasosiego o de plano terror. Todo depende de quién y por qué ríe. Ya sea que provengan de un ser humano, un muñeco o un animal, se trata de risas escalofriantes que seguimos escuchando cuando apagamos la luz, y que nos impiden conciliar el sueño, pues son un recordatorio de que lo extraño se encuentra siempre más cerca de lo que nos gusta imaginar.
Una de las risas más desconcertantes es la de las hienas. Además de que son animales de por sí desagradables –oportunistas que se alimentan de la carroña dejada por los grandes predadores–, hay una cuestión que las vuelve aún más inquietantes: ¿por qué demonios un animal hace algo que en teoría sólo corresponde a las personas? Quien haya tenido oportunidad de escucharlas, sabe que en efecto hacen un sonido muy parecido a la risa; una muy desaforada y burlona. Los biólogos afirman que lo utilizan para comunicarse, y que cada hiena produce un ruido distintivo. Lo cierto es que debe ser terrible encontrárselas en la sabana africana, y oírlas reír mientras te rodean…
Los dibujos animados son pródigos en estos ejemplos. Uno notable es el de Maléfica, en el clásico de Walt Disney La bella durmiente. Esta hechicera de cuernos afilados y enorme mirada amarilla se aparece en el castillo de la princesa recién nacida, para hacer un fatal augurio: “Crecerá dotada de gracia y belleza. Podrá ser amada por cuantos la conozcan. Pero al cumplir los dieciséis años, antes de que el Sol se ponga, se pinchará el dedo con el huso de una rueca y morirá”. Dicha sentencia es rematada por una risa, tan tétrica como triunfante, que colmó de pesadillas los sueños de diversas generaciones de niños.
Otro personaje cuyas risas sembraron pánico y paranoia fue Pennywise, creado por Stephen King en su emblemática novela It e interpretado magistralmente por Tim Curry en la versión cinematográfica. Se trata de un ente caído del espacio exterior que adquiere la forma de payaso para acechar a los niños en los desagües de un pueblito llamado Derry. Antes de devorarlos con sus afilados dientes, tienta a sus víctimas con un aparentemente inofensivo puñado de globos. “Quieres uno”, les dice. “Flotan. Aquí abajo todos flotan”, agrega, en una macabra alusión a los pequeños muertos en el drenaje profundo. Y ríe, por supuesto, como ningún otro payaso lo ha hecho –ni lo hará– jamás.
Finalmente, el paradigma de las risas que no hacen reír, es sin duda el Guasón. El archienemigo de Batman ha tenido intérpretes a la altura de su delirio, como César Romero en la versión televisiva de los sesenta, y Jack Nicholson en la película de Tim Burton. ¿Cuál de todos es el mejor? Difícil decisión, pues estamos ante un villano entrañable. Probablemente sea el que aparece en El caballero de la noche, donde el guión de los hermanos Nolan y la brillante actuación del desaparecido Heath Ledger logran un Guasón oscuro, complejo y, sobre todo, humano.
La escena en la que se explica por qué tiene un tajo que le atraviesa la boca en forma de sonrisa infernal, es tan cruel como reveladora. Su padre –cuenta el propio Guasón– era un borracho agresivo, que una noche se volvió más violento de lo habitual; la madre intentó defenderse con un cuchillo, pero éste se lo quitó. El niño –quien un día será el criminal más temido de Ciudad Gótica–, observaba la escena, petrificado. El padre se acercó con el arma, y le preguntó: “¿Por qué tan serio?” Luego le metió el cuchillo en la boca, y agregó: “Pongamos una sonrisa en ese rostro”.
La risa del Guasón es doblemente emblemática: risa siniestra y cicatriz, representa al mismo tiempo la amenaza y la herida, la huella que toda violencia deja, ya sea física o mental. Una carcajada de la que nadie puede escapar, y ahí radica su poder. Porque, a fin de cuentas, representa al loco que todos llevamos dentro.
En el futuro caótico que retrata Blade Runner, la cinta de culto que Ridley Scott filmó en 1982, existe un edificio que se llama The Bradbury: un homenaje al autor que nació en Illinois en 1920 pero que radicó en Los Ángeles desde 1934: una de las figuras centrales de la narrativa de ciencia ficción estadounidense. De igual forma, el cielo pintado de un naranja agónico en dicha película remite a las atmósferas de las Crónicas marcianas, sin duda el libro más popular de un escritor tan prolífico como estimulante. Paradójicamente, el propio Ray Bradbury declaró alguna vez que no le gusta Blade Runner porque representa una visión demasiado oscura del futuro. Extraña opinión de parte de un autor que imaginó una sociedad en la que los libros están prohibidos y deben ser quemados por bomberos -quienes ya no se encargan de apagar incendios, sino de crearlos-, como sucede en Fahrenheit 451, otra de sus novelas célebres, llevada al cine por Francoise Truffaut en 1966.
Reacio a predecir el futuro, como hace la mayoría de sus colegas, Bradbury trató de prevenirlo. Él mismo se consideró un narrador “con propósitos morales”. Pero el gran aporte de su literatura radicó en que envolvió sus relatos con una estilizada prosa que le valió el calificativo de “poeta de la ciencia ficción”. Como señaló Jorge Luis Borges en el prólogo de la edición en español de las Crónicas marcianas, lo que Bradbury escribió fueron “deleitables terrores”.
El imaginario de este escritor ha impregnado la cultura popular por más de 50 años. Creó sus propios mitos, como el del hombre ilustrado, quien tiene el cuerpo tatuado con historias vivas, y el del maravilloso traje de color vainilla, que cumple los deseos de quien lo porta. El cine, la televisión y el teatro han sido también escenario de sus obras. The Ray Bradbury Theater se transmitió en la pantalla chica de 1985 a 1992, con 58 capítulos. Su talento estuvo además al servicio de otros autores: fue guionista de la versión cinematográfica de Moby Dick, dirigida nada más y nada menos que por John Houston, experiencia que relata en la novela Sombras verdes, ballena blanca.
Curiosamente, uno de sus mejores libros no tiene nada que ver con la ciencia ficción, sino con la novela policiaca: La muerte es un asunto solitario, historia ubicada en una decadente Venice, California, en 1949, donde una serie de cadáveres comienzan a aparecer en las oscuras aguas del canal. Un homenaje a Chandler y Hammett, pero con el sello Bradbury, pues el asesino es un ser sobrenatural e imposible de atrapar.
A pesar de que habló de cohetes, astronautas y planetas distantes en sus cuentos y novelas, Bradbury no quiso adaptarse a la tecnología moderna en la cotidianidad. Siguió escribiendo hasta el final de sus días en su vieja máquina eléctrica, nunca se compró un coche, no le gustaban los aviones –y mucho menos volar en ellos–, y aborrecía la web: “Las bibliotecas me criaron. ¿Internet? Ni pensarlo. Es una gran distracción”.
Tal vez un día los libros desaparezcan, como alerta en su fábula sobre el triunfo del fuego -y la ignominia, el peor rival- sobre la literatura. Mientras eso ocurre, los que escribió Ray Bradbury seguirán funcionando como eficaces cápsulas del espacio con la misión de colonizar la imaginación de nuevos lectores.
10 obras clave
-Crónicas marcianas (1950)
-El hombre ilustrado (1951)
-Las doradas manzanas del sol (1953)
-Fahrenheit 451 (1953)
-El país de octubre (1955)
-El vino del estío (1957)
-Remedio para melancólicos (1960)
-La feria de las tinieblas (1962)
-La muerte es un asunto solitario (1985)
-Cementerio para lunáticos (1990)
El género de terror ha recorrido un largo camino para ser aceptado como literatura “seria”, desde que nació como tal a mediados del siglo XVIII. Como bien recordó Stephen King en alguna ocasión, durante mucho tiempo los únicos amigos de Edgar Allan Poe fueron los franceses. Hoy en día, en el ámbito anglosajón, el terror es bastante apreciado, y cuenta con un nutrido grupo de autores que lo cultivan, pero ese fenómeno no ha ocurrido en nuestro país, donde se le sigue viendo como inferior. Algo inexplicable, si tomamos en cuenta nuestra propia historia, conformada, como sabemos, con marcados elementos de religiosidad y superstición.
Este ninguneo, que primeramente pasa por los círculos académicos y la crítica, ha contagiado de alguna manera a los escritores, pues en el índice de la literatura mexicana figuran muy pocos autores que se hayan adentrado en este género. ¿Cómo es posible que en un país donde los niños acuden a ver las momias de Guanajuato en completo éxtasis, y donde muchos de nosotros crecimos viendo películas como El Santo en el tesoro de Drácula, no hayan proliferado los relatos de terror? Nos referimos a los que se escriben, por supuesto, ya que la tradición oral de leyendas y sucedidos es rica y se extiende a todos los rincones de la república mexicana.
En un intento de responder a la cuestión de por qué nuestros escritores le han hecho el feo al género de terror, aventuremos una posible explicación freudiana: México es un país al que le ha costado mucho trabajo reconciliarse con su pasado, y quizá esto redunde en la poca atención que sus autores han dado a lo sobrenatural. Como si negándolo se pudieran borrar también a las cientos de personas que acuden todos los días al mercado de Sonora a comprar algún remedio para el mal de amores, para atraer la fortuna e incluso adquirir “agua exorcizada”.
Curiosamente, han sido los extranjeros quienes han sabido asimilar nuestro complejo entramado de símbolos y creencias, y lo han trasladado con bastante fortuna a la literatura. B. Traven, Ambrose Bierce y D.H. Lawrence son claros ejemplos de ello. Fue precisamente éste último quien escribió lo siguiente en La serpiente emplumada: “México no es igual a los demás países. Tienen predilección por los criminales, y por las cosas feas y repugnantes. Agitan el lodo del fondo para que salga a la superficie. Les divierte ensuciarlo todo”. Triste pero cierto: somos los menos capacitados para comprender una parte importante de nuestra esencia.
Afortunadamente, esa tendencia parece estar revirtiéndose. Como lo demuestra el libro El Abismo. Asomos al terror hecho en México, antología de relatos compilada por Rodolfo JM, cada vez hay más escritores y editores mexicanos interesados en apostar por un género que en nuestro país puede tener mucha resonancia. Lectores los hay. Así lo demuestra el hecho de que en la pasada votación abierta al público para elegir el libro que se leería para conmemorar el Día Mundial del Libro en Guadalajara, ganara Drácula. Sólo tenemos que acercarnos a ellos, a los lectores, y tomarlos de la mano para conducirlos hacia las numerosas puertas que aguardan en la oscuridad. Sin duda lo agradecerán.
De un tiempo a esta parte, llama la atención la barra nocturna de la programación por cable, que se ha convertido en una versión televisiva de los tabloides sensacionalistas. La mayoría de los programas de canales de corte documental, como Discovery Channel, National Geographic, History Channel, Biografía o Discovery Home & Health, han centrado su oferta en un alto contenido morboso.
Algunas series están mejor confeccionadas que otras, pero la intención aquí no es juzgar su calidad, sino señalar un fenómeno que podríamos definir como la conversión de la TV al “amarillismo de fondo”.
Basta mencionar los títulos de los siguientes programas para darnos una idea del impacto que provoca su contenido: “Mi madre, mi asesina”, “Sexo extraño”, “Emergencias bizarras”, “Las verdaderas mujeres asesinas”, “Anomalías médicas”, “Niños psíquicos”, “Crudo y sin censura”, “Parásitos asesinos”, “Catástrofes aéreas”, “Cazador de monstruos”, “Obsesión: cuerpos que gritan”, “Megadesastres”, “Cazadores de ovnis” y “Las pesadillas de las celebridades”, entre otros.
Mención aparte merecen ciertos programas especiales, que no necesariamente pertenecen a una serie específica, pero que refuerzan el carácter tabloidezco de la televisión nocturna: “El hombre sin rostro”, “La niña de 96 años” o “El hombre de 560 kilos”, por hablar de tres ejemplos. Historias que bien podrían adornar las portadas del Semanario de lo insólito, pero con la diferencia de que son reales.
Programas que, sabemos, nos causarán sueños inquietos, y sin embargo, no podemos dejar de ver.
Algo que quizá esté relacionado con lo que señaló Jean Baudrillard: “Lo que nos asegura la existencia del mundo es su carácter accidental, criminal, imperfecto”.
Necesitamos nuestra dosis diaria de anomalías para soportar la terriblemente ordinaria realidad.