Nacidos para abrumar

Fotografía: "Resucitó y ascendió por el techo", de Lizeth Arámbula.

Un grupo de mujeres mexicanas de la ciudad de Guadalajara, internadas en un hospital del estado, pare a sus hijos a las cinco de la mañana de un sábado seis de septiembre de 1980.
El producto de la madre más jóven es una niña que se distingue de los otros bebés del cunero porque una flor japonesa adorna su oreja izquierda. A la hora de la visita los tíos, amigos y las compañeras de trabajo comentan la suavidad de los cachetes de los recién nacidos. Antes de que se retiren los abuelos y después de que se han marchado los doctores, una mujer de treinta años entra al cuarto y coloca una maleta sobre el piso. Acerca una silla al lado de la niña y le cuenta que le esperan días de desamparo junto a una abuela enferma como una roca quebrada, años de noches sin un padre o una madre interesados en su crianza, una escuela católica sin biblioteca pero con una capilla que ocupa el tercer piso del edificio, más de 11 mudanzas, hermanos con los que nunca cruzará una palabra, dos hijos y…
Se detiene, viene a advertirle: la gente quiere mucho a los niños, preparan y deciden por ellos, con suerte pero sin amigos se logra algo más que el adiestramiento social.
Los hombres se desean a ellos mismos: desean ser más hombres que otros o más mujeres que hombres. Prefieren los milagros y los millones o ambos.
Los pianos son carísimos pero las guitarras se compran fácilmente aunque para tocar hay que nacer en otra sección.

Publicado en: desordenador

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