Historias salvajes de un muerto. Reflexiones a partir de Amuleto, de Roberto Bolaño

Esa sombra que avanza cuando mi cuerpo se detiene soy yo
Francisco Hernández

Hay escritores que mantienen personajes y escenarios como amuletos. Permanecen en ellos como cicatrices hinchadas, que exigen ser tocadas y acariciadas, en público o en sus ratos de divagaciones y devaneos. El brasileño Rubem Fonseca tiene al detective Mandrake y a Río de Janeiro, tan fiel a sus calles y atmósferas como se lo permite su condición de ciudadano carioca. Roberto Bolaño (Santiago de Chile, 1953-Blanes, 2003) es igual y diferente. Tuvo una primera persona que volvía de manera recurrente, convertida en el poeta visceralrealista Arturo Belano o en viajera interesada en casos como los asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez, México. Sus personajes fueron espejos de su propio paso por el mundo, corto y fructífero.

Roberto Bolaño, chileno y naturalizado ciudadano del mundo, fue una estrella distante en el firmamento de la literatura hispana. Tan rápido como llegó —o nos dimos cuenta de que había llegado—, su estela iluminó con potencia y pronto se transformó en leyenda, afincada en 17 libros (entre poemarios, novelas y volúmenes de cuentos), además de una cantidad considerable de artículos y discursos —el término charlas es más exacto—. 17 libros contabilizados hasta su muerte. Después vinieron más y más y muchos más, extraídos incluso de las servilletas que posiblemente Bolaño nunca usó.

El big bang del chileno lo produjo su monumental Los detectives salvajes, en 1998, que lo situó como pluma recurrente en España y América Latina. Su carrera oficial comenzó en 1993, con La pista de hielo, una deliciosa novela que cuenta a tres voces el asesinato de una patinadora de Carmen, una cantante vagabunda. Antes, en 1984, publicó Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de James Joyce, en coautoría con Antoni García Porta, y previamente se había presentado como poeta con Gorriones cogiendo altura (1975) y Reinventar el amor (1976). Fue entre 1998 y hasta su muerte, en julio de 2003, cuando Bolaño terminó de abrirse un lugar en la literatura hispana y de construir un puente invisible e indestructible entre México, Chile y España, pasando por casi todos los lugares y personajes y mitos de la América del siglo XX.

Aunque parezca un retruécano, su vida es las historias que aparecen en sus libros y es también la de un personaje inventado para construir la historia reciente de América Latina. Sus amigos Rodrigo Fresán y Javier Cercas, uno argentino y el otro español, incluso se atrevieron a hacerlo personaje en sus novelas Mantra (2001) y Soldados de Salamina (2001), respectivamente.

Y me quedé corto con lo de América Latina: Bolaño también sirvió como faro para la representación histórica de España. En su versión libre de Bolaño, Cercas se construyó un chileno que entrega pistas sobre el republicano Miralles, quien continuó la lucha contra el fascismo en Francia y el norte de África después de la derrota en la Guerra Civil española. Bolaño dedicó un artículo a la novela de Cercas en el diario Las Últimas Noticias y escribió sobre el personaje homónimo:

“Aquí aparece un personaje nuevo, un tal Bolaño, que es escritor y chileno y vive en Blanes, pero que no soy yo, de la misma manera que el Cercas narrador no es Cercas, aunque ambos son posibles e incluso probables” (Roberto Bolaño, Entre paréntesis, edición de Ignacio Echevarría, Anagrama, Barcelona, 2004, p. 177).

La descripción correspondía a nuestro Bolaño, pero se trataba del Bolaño de Cercas. Para concluir el artículo, el autor de Putas asesinas teorizó sobre Soldados de Salamina:

“Su novela juega con el hibridaje, con el ‘relato real’ (que el mismo Cercas ha inventado), con la novela histórica, con la novela narrativa hiperobjetiva, sin importarle traicionar cada vez que le conviene estos mismos presupuestos genéricos para deslizarse sin ningún rubor hacia la poesía, hacia la épica, hacia donde sea, pero siempre hacia adelante”.

Precisamente un recurso utilizado por Bolaño en sus libros y novelas, aunque con menor fidelidad hacia los hechos verificables. Un buen ejemplo es Amuleto, cuyos ingredientes más importantes son la poesía y la épica, deslizándose “siempre hacia adelante”. Auxilio Lacouture, protagonista y narradora de esta novela de fantasmas, es una uruguaya “madre de todos los poetas de México y de Latinoamérica” y es la única persona que —aunque sea de manera fortuita— desafía a los granaderos y defiende el último reducto de la autonomía de la UNAM durante la ocupación de septiembre de 1968 (Amuleto, Anagrama, Barcelona, 1999).

En La pista de hielo, Bolaño reúne a tres personajes para hablar del asesinato de la patinadora Nuria Martí. Como guiños explícitos, Bolaño entrega al lector un reflejo defragmentado de su propia vida: Gaspar Heredia es mexicano, Remo Morán, chileno, y Enric Rosquelles, catalán. Por si fuera poco, cada personaje, además de reflejar la patria y los destinos del escritor, comparten con él oficios. Heredia, por ejemplo, es encargado de un camping en Barcelona, uno de los tantos trabajos que ejerció Bolaño para ganarse la vida y que, a la vez, fueron sustento para sus historias.

“He cargado barcos, he sido camarero, recepcionista, basurero, guarda nocturno de un camping, hasta mayordomo. Todo para ser hoy un escritor disciplinado, convencido de que lo más importante para escribir es tener paciencia, mucha paciencia” (página de Roberto Bolaño que mantiene el portal español ClubCultura, consultada el 25 de noviembre).

Es en el currículum de su creador la fuente de inspiración de Gaspar Heredia:

“La mierda, maleable, casi un lenguaje que intentaban vanamente desenmarañar, se hallaba presente en todas sus sobremesas nocturnas. Por ellas supe que la gente se cagaba en las duchas, en el suelo, a ambos lados de la taza del retrete y en el bordillo de ésta, operación de equilibrio preciso, no exenta de cierto virtuosismo sencillo y profundo. Con mierda escribían en las puertas y con mierda ensuciaban los lavamanos. Mierda primero cagada y luego acarreada hacia lugares simbólicos y vistosos: el espejo, la bomba de incendio, los grifos; mierda amasada y luego pegoteada formando figuras de animales (jirafas, elefantes, el ratón Mickey), lemas futbolísticos, órganos del cuerpo (ojos, corazones, penes) (La pista de hielo, Seix Barral, Madrid, 2003, p. 33-34).

Como en el caso de Rubem Fonseca, al autor hay que buscarlo en sus libros y en sus libros hay que buscar los anclajes, aunque Fonseca (Juiz de Fora, 1925) siempre haya negado ser autorreferencial —si el término acepta un buen sentido— a pesar de que su historia de vida coincide en profesiones con las de muchos de sus personajes. Como Fonseca, Bolaño es un enciclopedista sin soberbia ni arrogancia. Bolaño fue, antes que cualquier cosa, lector y eso se demostró en sus libros. En la construcción de Auxilio Lacouture, la narradora en Amuleto, existen referencias a la poesía y a poetas de América Latina y España, anécdotas sobre escritores, referencias históricas e incluso pasajes de la mitología griega. Y sbore este último punto Bolaño describió a Auxilio como “una uruguaya con vocación de griega” (Entre paréntesis, ibid., p. 20). Bolaño, dijo el mexicano Juan Villoro, “participaba en las tertulias con centralidad y podía revelar minucias inauditas sobre la poesía medieval, los asesinos seriales, los trovadores alemanes o los ideólogos de la falange” (El País, 16 de abril de 2003, consultada el 24 de noviembre de 2006).

LA AVENTURA LATINOAMERICANA

Cuando Bolaño ganó en 1999 el Premio Rómulo Gallegos de Novela, aseguró —en el programa de mano que se distribuyó en la ceremonia de entrega— que había olvidado la descomunal Los detectives salvajes y que ahora, libre de sus demonios, se concentraba en “escribir algo nuevo, sin retortijones de vergüenza o arrepentimiento”. En el fondo, la afirmación tenía algo de cierto: Bolaño había olvidado Los detectives salvajes y se preparaba para enfrentar el último reto de su vida: 2666. Sin embargo, algo quedaba como rescoldo de la novela: en sus papeles se encontraba ya un apéndice de Los detectives salvajes, la historia paralela de Auxilio Lacouture, la “madre de la poesía mexicana”. Bolaño calificó este relato como “una novela menor porque está escrita en tono menor” (El País, 8 de junio de 1999, consultada el 23 de noviembre):

“Me gustan las variaciones sobre obra previa porque son el único juego que me permite escapar del enorme aburrimiento que es la literatura de hoy. Es tan aburrida que me pondría a llorar […] La verdad es que los escritores nos damos cuenta demasiado tarde de que la vida es breve. A mí, ya sólo me divierte escribir poesía, variaciones como Amuleto lo más que me sirven es para no aburrirme tanto” (El País, 8 de junio de 1999).

En esta variación sobre el mismo tema, como Ellroy con su Dalia Negra o Fonseca con su Mandrake, los fantasmas cobran vida y se encuentran —en espacios reales del Distrito Federal— con personajes todavía más imaginarios: la fauna bolañesca. La protagonista de este viaje de iniciación trastocado es Auxilio Lacouture, desdentada y con finta de Borola Tacuche, una amalgama entre Dante y Juan Preciado, una uruguaya que atraviesa no los mundos cristianos posteriores a la vida ni los asfixiantes caminos de Comala, sino el espectro de la literatura, el exilio y la política latinoamericanas. Lacouture narra su recorrido por el continente sin salir de la ciudad de México, “porque vivir en el DF es fácil, como todo el mundo sabe o cree o se imagina, pero es fácil sólo si tienes algo de dinero o una beca o una familia o por lo menos un raquítico laburo ocasional y yo no tenía nada” (Amuleto, Anagrama, Barcelona, 1999, p. 22). Así, la poeta Lilian Serpas y su hijo Carlos Coffeen Serpas pueden reaparecer curiosamente en un apartamento de la calle República de El Salvador (Serpas era salvadoreña) y volver a contar una historia que parece propia de la tradición oral: el peregrinar de Lilian por autobuses, bares y cafés para vender reproducciones de la obra de su hijo Carlos.

Las escalas de Lacouture parecen los demonios de la historia latinoamericana: los conflictos universitarios, las revoluciones y los proyectos socialistas, la confrontación de las vanguardias y un mundo de noche y bohemia. Lacouture habla con la pintora surrealista Remedios Varo, catalana avecindada en México: “Me invita a pasar. No recibo muchas visitas, me dice. Yo voy adelante y ella va detrás. Entre, entre, dice y yo avanzo por un pasillo débilmente iluminado” (p. 92);

se desempeña como intendente de los poetas León Felipe y Pedro Garfias, ambos españoles y exiliados en México: “León Felipe se reía, aunque una no sabía muy bien, si he de ser sincera, si se estaba riendo o carraspeando o blasfemando, ese hombre era un volcán, y don Pedro Garfias, en cambio, te miraba y luego desviaba la mirada (una mirada tan triste) y la posaba, no sé, digamos que en un florero o en una estantería llena de libros” (p. 14-15);

transmite anécdotas de la estancia del Che Guevara en México, donde conoció a Fidel Castro y emprendió el viaje a Cuba para hacer la Revolución: “¿Y qué tal era el Che en la cama?, fue lo primero que quise saber. Lilian dijo algo que no entendí. ¿Qué?, dije, ¿qué?, ¿qué? Normal, dijo Lilian con la mirada perdida en las arrugas de su carpeta” (p. 103-104);

difunde la leyenda de Arturito Belano como testigo del terror de la política pinochetista (Belano es el alter ego de Bolaño, quien después de una estancia de trece años en México parte hacia Santiago para apoyar al gobierno de Allende, pero se topa con el golpe de Estado y es encarcelado durante ocho días):

“En el fondo, también se ha de decir, nadie se lo tomaba al pie de la letra. Es decir: la leyenda había partido de mis labios, mis labios ocultos por el dorso de mi mano, y aunque en esencia todo lo que yo había dicho de él cuando él permanecía encerrado en su casa era verdad, por venir de quien venía, de mí, no merecía una credibilidad excesiva. Así son las cosas en este continente. Yo era la madre y me creían, pero tampoco me creían demasiado” (p. 72).

Es un juego que Bolaño conoce y admira de los escritores latinoamericanos: la transformación del vasto territorio en una sola nación, sin nombre, revuelta y confundida. Él mismo lo expresó en su discurso en Caracas de 1999, al recibir el Rómulo Gallegos:

Las otras dos grandes novelas de don Rómulo, Cantaclaro y Canaima, podrían perfectamente ser colombianas, lo que me lleva a pensar que tal vez lo sean, y que bajo mi dislexia acaso se esconda un método, un método semiótico bastardo o grafológico o metasintáctico o fonemático o simplemente un método poético, y que la verdad de la verdad es que Caracas es la capital de Colombia así como Bogotá es la capital de Venezuela, de la misma manera que Bolívar, que es venezolano, muere en Colombia, que también es Venezuela y México y Chile. No sé si entienden a dónde quiero llegar. Pobre negro, por ejemplo, de don Rómulo, es una novela eminentemente peruana. La casa verde, de Vargas Llosa, es una novela colombiano-venezolana. Terra nostra, de Fuentes, es una novela argentina y advierto que mejor no me pregunten en qué baso esta afirmación porque la respuesta sería prolija y aburridora (revista Letras Libres, edición México, octubre de 1999, consultada el 24 de noviembre de 2006).

Para Roberto Bolaño, la noción de identidad en América Latina era un cedazo por el que se colaban todas las identidades, haciendo un ente multicultural aderezado por la presencia eterna de España y su cultura. Un poco en la idea de Mario Benedetti, en la desmitifación de América Latina como una realidad más que como un concepto literario. Y esto se refleja no sólo en Amuleto, sino en prácticamente toda su producción literaria. En la última entrevista publicada antes de su muerte, la de Mónica Maristain para Playboy, Bolaño el diálogo fue así:

MARISTAIN: ¿Usted es chileno, español o mexicano?

BOLAÑO: Soy latinoamericano.

MARISTAIN: ¿Qué es la patria para usted?

BOLAÑO: Lamento darte una respuesta más bien cursi. Mi única patria son mis dos hijos, Lautaro y Alexandra. Y tal vez, pero en segundo plano, algunos instantes, algunas calles, algunos rostros o escenas o libros que están dentro de mí y que algún día olvidaré, que es lo mejor que uno puede hacer con la patria (Entre paréntesis, ibid., p. 331).

Más abajo, Bolaño regresa a esta idea de nacionalidad como la conjunción de espacios y momentos, con un aroma latinoamericano en el fondo y mucha poesía por todos lados:

MARISTAIN: Cierre los ojos, ¿cuál de todos los paisajes de la Latinoamérica que usted recorrió le viene primero a la memoria?

BOLAÑO: Los labios de Lisa en 1974. El camión de mi padre averiado en una carretera del desierto. El pabellón de tuberculosos de un hospital de Cauquenes y mi madre que nos dice a mi hermana y a mí que aguantemos la respiración. Una excursión al Popocatépetl con Lisa, Mara y Vera y alguien más que no recuerdo, aunque sí recuerdo los labios de Lisa, su sonrisa extraordinaria. (Entre paréntesis, ibid., p. 339).

Y regreso al discurso de Caracas, fundamental para entender la noción de identidad en Bolaño:

Y en este punto volvemos como rebotados por un rayo a la b de Bolívar, que no era disléxico y al que no le hubiera disgustado una América Latina unida, un gusto que comparto con el Libertador, pues a mí lo mismo me da que digan que soy chileno, aunque algunos colegas chilenos prefieran verme como mexicano, o que digan que soy mexicano, aunque algunos colegas mexicanos prefieren considerarme español, o, ya de plano, desaparecido en combate, e incluso lo mismo me da que me consideren español, aunque algunos colegas españoles pongan el grito en el cielo y a partir de ahora digan que soy venezolano, nacido en Caracas o Bogotá, cosa que tampoco me disgusta, más bien todo lo contrario (Letras Libres, ibid.)

En la obra de Bolaño la política figura sólo como consecuencia, pero nunca como motivadora. Es un destino irremediable del ser latinoamericano, pero nunca un actor que configure la trama de sus historias; producto de sospecha, de abuso o de control, nunca de configuración emocional. “[Me aburre] el discurso vacío de la izquierda. El discurso vacía de la derecha ya lo doy por descontado” (Entre paréntesis, ibid., p. 339).

En Putas asesinas, el volumen de cuentos publicado en 2001, se encuentra esto que traza una idea general del desgano de Bolaño por inmiscuirse en asuntos políticos:

A la pareja de amigos chilenos, por supuesto, la idea de volver a Chile les resulta seductora. A B le parece una idea atroz. ¿Pero U no era de izquierdas?, pregunta. ¿Pero U no era del MIR? Aunque no lo dice, B compadece a la mujer de U. ¿Por qué una mujer como ésa se ha enamorado de un tipo como aquél? (“Días de 1978”, en Putas asesinas, Anagrama, Barcelona, 2001, p. 67).

LA LEYENDA DE BOLAÑO

La carrera pública de Bolaño duró apenas trece años. Aunque son pocos en la vida de un escritor, fueron suficientes para forjarse una leyenda: la de una estrella distante —figura tomada del libro homónimo que publicó en 1996— que recorrió América Latina hasta nutrirse completamente de su sangre, que leyó a todos los latinoamericanos y españoles (véase la recopilación de artículos Entre paréntesis) y que transmutó en poeta y símbolo de una generación. Y como las leyendas tienen subleyendas, surgidas a partir de la historia central, como divagaciones, desvaríos y desatinos, entre algunos de sus amigos mexicanos —Juan Villoro, Sergio González Rodríguez, Mauricio Montiel Figueiras— puede escucharse una genial. Se dice que a pesar de forjar gran parte de su carácter en México, donde vivió de los 15 a los 34 años (19 años), Bolaño nunca quiso regresar. La razón, la he escuchado con ligeras variaciones, es que no quería perder la idea que, tras su salida del país, se había forjado de México, como un miedo a constatar que la imaginación desfiguró una realidad que, en su mente de literato, siempre fue mejor. O peor.

Publicado en: Dios Ameba

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