Sobre la diatriba
He decidido abrir la boca (perdonemos la figura: quiero decir, vapulear el teclado) para tirarle un cable, como si lo necesitara, a ese curioso procedimiento literario que es la diatriba.
Hablo de procedimiento literario y no de género en atención al reclamo, un poco asnal pero quizá justificado, de que algunos de los precedentes que cité durante una charla en Xalapa, hace unos meses, correspondían a autores satíricos o epigramáticos y no propiamente a escritores de diatribas, al menos de diatribas registradas como tales antes las respectivas secretarías municipales de Educación o la asociación de agentes viajeros o quien sea que establezca estúpidas normas aplicables al caso.
La Real Academia, sin embargo, hace menos matices que el pendejo que me mandó corregir en Veracruz. Una diatriba, para la academia, es simplemente un “discurso o escrito violento e injurioso contra alguien o algo”. Diatriba, pues, son lo mismo las parrafadas narrativas de Celine que las sentencias de Cioran, los versos de Marcial o Cátulo y el sarcasmo costumbrista de Evelyn Waugh, la ironía de las crónicas de Ibargüengoitia y las indignaciones reflexivas de Debord o Schopenhauer.
Hay algo magnético en la queja, en la invectiva, en la denuncia que hace la diatriba y esto no opera sólo en las letras y en el pensamiento. En el periodismo, los listados de descalificaciones o insultos exceden notoriamente a los elogios en boca de cualquier político, funcionario, activista, analista o hasta centro delantero consultado. En los homogénos grupos de amigos o compañeros de actividad, suele destacarse el que grita más destempladamente, pone los apodos más dolosos o expone mejor los infinitos defectos de fulano o mengana. En narrativa, han anotado ya Boccacio, Rabelais, Saki y Rubem Fonseca, es materia más simple y deleitosa apilarle epítetos denigrantes a un personaje cualquiera que rebuscarle mérito alguno.
Podría pensarse que es el elogio el que acude más fácilmente a la mente y la boca. Pero no es así. Y remitámonos para refutarlo y con alguna sinceridad, a la experiencia personal.
¿Proclamo, entonces, que escribir diatribas es un facilismo y que la mayor prueba de inteligencia para un intelectual es ejercer el ditirambo? No hay necesidad de ir tan lejos. Sin embargo, en este momento me apetece hacer una diatriba contra la diatriba, o al menos contra ciertos berrinches retóricos que se venden como diatribas pero no alcanzan ni estética ni éticamente los blancos propios de este procedimiento.
Este es un asunto que ya he discutido antes y que saco a colación porque me parece que el riesgo de la creación de textos injuriosos es que éstos se conviertan en refugio de escupidores profesionales.
¿Cómo distinguir una distriba justa de una impostura? ¿Cómo establecer grados en la furia, cómo distinguir la hipocresía o franqueza en un ceño fruncido o en la vena que se salta en un cuello iracundo?
Basta, me parece, con recurrir al fondo ético del caso para responderse.
Asombra, por ejemplo, la manera en que, de un tiempo para acá, el tono destemplado, increpante o abiertamente ofensivo, ha medrado y prosperado en el ensayo y la crítica mexicanos. Hemos pasado de discutir como señoritos, atildados y cuidadosos y cobardes, siempre listos para el elogio automático, a convertirnos en energúmenos babeantes que no son capaces de escribir si no es contra algo, pero casi nunca con razones que lo autoricen.
Es claro que cualquier imbécil con computadora se siente autorizado a publicar una nota rabiosa contra un libro ajeno hoy día, aunque nunca haya escrito uno propio, aunque no haya logrado concluir siquiera la lectura de otro libro antes del que crucifica, aunque las razones que arguye no pasen de medio renglón y puedan resumirse en silogismos como “odio a fulano porque él publica y yo no y por tanto él es un vendido y un hijo de puta”.
Podría pensarse que esta toma del Palacio de Invierno de la crítica por los idiotas agresivos es, acaso, el beneficio de la democratización de la cultura que nos prometieron los profetas de internet. Me temo que no sea así y explico por qué:
Como supo Brecht, la ironía es un arma que acomoda maravillosamente para usarse contra los poderes. Su empleo desaforado contra humildes o ingenuos sólo revela vileza: verbigracia, cuando no se tiene valor para increpar a los figurones vivos de la literatura, se termina por morder frenéticamente, como un chacal, a los novatos, a los que publicaron un primer libro, a los inocuos que nadie pretende hacer pasar por talentos, a los que no podrán defenderse del hábil o magistral mamporro que les asesta el valentón.
No encontraremos piezas mayores entre las que se cobran los blogs, las reseñitas de las revistas o la mayoría de los ensayos críticos que leemos, porque no hay valentía en tales falsas diatribas. Lo que hay es oportunismo, grilla, servilismo disfrazado de subversión.
Por eso hay que celebrar las diatribas cuyos blancos y presas sean realmente de valor: la felicidad, el mundo, los humanos, el país, el planeta mismo.
Un ataque sólo alcanza altura ética y, consecuentemente, estética cuando la presa a la que se persigue es demasiado grande para las propias mandíbulas, cuando se pierde algún diente en la refriega y se sangra, retóricamente, junto con ella.
Un escrito vil se usa como un mazo contra alguien y lo convierte a uno en un criminal. No es inteligente aunque sea ingenioso y su belleza es nula. Un buen texto destructor se destruye a sí mismo o, como dijo Cioran, no tiene sentido alguno escribirlo.
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es un pecado decir que el “arte de la diatriba” a mi me parece divertidisimo?
a mi se me hace muy sabroso que un par de miembros de la cultura se sulten sus cosas y se digan sus verdades, a veces lo extraño porque en las revistas y los periodicos solo se leen pañuelitos y comentarios que topan con pared
o sera que uno es morboso por naturaleza? ya se, ya se que esto no se debe de convertir en un talk show , pero ningun mal hace que de vez en cuando en las paginas de algun suplemento o sitio de internet los escritores (pesos pesados o criticos menores) suelten alguno que otro veneno, porque si no que aburrido seria
los criicos sueltan sus mazasos y solo reciben a cambio la indiferencia, yo prefiero que contesten y que digan y que hablen y se defiendan, algo, aunque sea un par de risas se sacara de bueno
un abrazo antonio y ya por aqui te seguire leyendo
Mira: http://www.todayandtomorrow.net/2009/08/13/burning-car/
A mí me gusta la diatriba. La practico.
Sin embargo, creo que los últimos tres párrafos de tu escrito son esenciales. Y es fácil: es muy diferente mentar madres sobre lo abstracto a destruir a alguien o algo en concreto. Es además, más fácil lo segundo y más elevado lo primero.
Buen texto. Saludos.
Que delicia es leer sus textos.