Los puros
Ya no basta, en estos tiempos, con ser decente: hay que ser puro. De lo contrario, se expone uno a que cualquiera de los múltiples puros que han surgido a diestra y siniestra, como honguitos, lo señale a la cara, le escupa y se mofe luego en compañía, hemos de suponer, de otros tan impecables como él.
Una anécdota muy menor: recientemente, recibí unos mensajes llenos de insultos que firmaba un sujeto al que entiendo que le parece mal que yo presente libros cada año en la FIL de Guadalajara. Me llama “producto del marketing” por comentar los textos de otros, diez minutos por turno, en unas cuatro o cinco mesas. Me doy cuenta de que el tipo es un puro y abandono la discusión antes de que me venga a decir que presentar un libro es una mera y puerca estrategia comercial, que cuándo se vio hacerlo a François Villon y que soy yo una decepción andante. Porque un puro nos exige el cumplimiento de un pacto no firmado pero tremebundo, un contrato que obliga a no realizar ninguna actividad cuyo fin no sea moralmente intachable ante sus ojos: si de por medio hay lucro (aún en su variante editorial que, aceptémoslo, apenas sirve para ganarse la vida), no hay tolerancia que valga. ¿Cómo osa llamarse a sí mismo escritor uno que promociona libros? Caray: si todos sabemos que un auténtico escritor debe pasar hambres, cargar el peso del mundo sobre los hombros y mendigar pan rancio. Por eso, me temo, abundan los puros entre quienes recurren una y otra vez a las becas gubernamentales: ¿Pues qué clase de alimaña se busca un editor y transa en ser publicado? Pues un corrupto, un prostituto. Pero si el comité dictaminador del subsidio le niega la beca, cuidado: el puro denunciará por todos los medios a su alcance una conspiración articulada para favorecer a algún siniestro recomendado (que procederá a elegir al azar entre los ganadores). No hay defensa posible ante él: en su mano porta el báculo sagrado de lo correcto.
Más grave que esta bagatela que refiero me parece la actual anécdota que involucra al santón máximo de las letras en español, Gabriel García Márquez, quien ha sido demandado por una ONG y denunciado por Lydia Cacho, la periodista especializada en casos de abuso infantil, debido a que su agente vendió los derechos de la novela Memoria de mis putas tristes a un productor de cine, que luego tuvo el mal tino de obtener financiamiento del gobierno del estado de Puebla. ¿Cuál es el problema del asunto? Pues que la novela de Gabito narra la historia de un anciano que paga por gozar de una niña menor de edad y que el gobernador de Puebla, Mario Marín, a quien los medios apodaron desde hace tiempo “el Góber Precioso”, ha sido acusado de proteger una red de paidofilia y abuso con sede en el sur del país.
Desde luego que denuncias como las que ha hecho Lydia Cacho son necesarias, imprescindibles. Por supuesto, sí, que no se comprende cómo es que un gobierno investigado con relación a un caso repulsivo como éste decide meterle dinero a una película donde un anciano abusará de una niña. Suena a humor negro, a cinismo o, peor aún, a ignorancia absoluta y por ello el financiamiento acabó por ser retirado.
Pero los denunciantes han llegado más lejos aún, y han acusado al propio García Márquez de “promover la paidofilia” por escribir la novela y de vileza por permitir que sus derechos cinematográficos se vendan en tales términos, y postulan que la promoción de una película basada en su novela conseguirá que miles de personas la vean y, consiguientemente, se conviertan en pederastas potenciales. Ha asomado, me temo, la garra justiciera de los puros.
¿A dónde lleva su razonamiento? A esto: que no se escriba ni se difunda ni se piense siquiera en ninguna historia truculenta, por más imaginaria que sea, porque entonces el autor devendrá en apologista del delito e incitará a sus lectores o espectadores al mal. A la hoguera, entonces, con los libros de Nabokov y Kawabata, que tocaron el mismo tema, a la hoguera con los de Homero, Virgilio, Dante, Rabelais, Shakespeare, Poe, Flaubert, Dostoiesvski, Hemingway, Faulkner, Borges, McCarthy o Roth porque hay en ellos violencia: suicidio, crímenes, incesto, sodomía, paidofilia e infanticidio, violaciones al por mayor, canibalismo, genocidio, maltrato animal, misoginia, misogenia y hasta palabrotas.
Lo que no entienden los puros es que, aún si los libros y películas se convirtieran por decreto en una variante del país de los ositos cariñositos y no sucediera en ellos nada más terrible que un arcoíris, los crímenes en la vida diaria seguirán sucediendo. Las conexiones del arte y la vida son más complejas, esquivas y profundas de lo que sospechan el tonto que olfatea fraudes por todos lados y el fanático que exige purezas a ultranza.
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¡Hola Toño! Solo para felicitarte por tu publicación; creo que todos nos hemos topado con “los puros” en varios momentos de la vida, en mi gremio (la fotografía) también abundan.
Un abrazo
Interesante texto. Saludos.
En la lista de libros a quemar por apología del delito, la indecencia y la barbaridad le faltó la Biblia. O el Antiguo Testamento, al menos.
Y esta historia ocurre precisamente al mismo tiempo que el grupo ideológicamente opuesto quema libros escolares sobre sexualidad humana en Guanajuato por razones fundamentalmente idénticas. Otro ejemplo de cómo la extrema izquierda y la extrema derecha, en tanto extremos, se atraen.
Saludos.
coincido contigo…
muy buen texto…
estos temas requieren de análisis fino…
“Estos son mis principios, si no le gustan, tengo otros”. G. Marx
Que los puros se apuren: habemos un chingo que no lo somos.
Grande maestro Ortuño.
Hombre! hace rato me topé con varios que me criticaron mi alegría por el triunfo de la selección mexicana. Que si era un jorobado mental, que si no cifraba mis esperanzas en un pinche partido, que si no veía la realidad. Demonios. Acaso no entienden que el futbol es un placer, como hacerse una chaira, leer un libro o ver a una chava. Todas las demás lecturas (disparatadas, claro) son obra de los pinches “puros”. Pendejos!
A Lydia Cacho le falta sexo.
Lo extraño es que los puros sean, precisamente, los de mente más retorcida. Quizá desconfían tanto de sí mismos que nos quieren poner en guardia frente a las aberraciones que son capaces de urdir.
Un abrazo