Los molares de Sadam
La escena es trivial, pero ligeramente grotesca. Sadam Hussein, el mismo Sadam que mandaba en Irak con el puño y la bota, es revisado por un médico del ejército estadounidense, quien le busca por entre el cabello piojos y liendres, y le hace abrir la boca y decir “ah” para cerciorarse de que sus dientes y lengua no ocultan alguna capsúla de veneno -o quizá eso sucede tan sólo en las cintas de espías, y lo que le buscan al tirano en desgracia sean simples caries, alguna irritación de garganta, alguna infección en las papilas.
Sadam dice “ah” tan dócilmente que recuerda a un niño de escuela, pese a la suciedad de su aspecto, al aire avejentado y a que, obviamente, el peine no ha profanado sus barbas y cabellos en semanas. Lo encontraron en una granja suburbana, metido en un agujero de un metro ochenta de profundidad, recubierto en el exterior por hojas y piedras para disumular un poco su ineptitud como escondite. A sus pies, había una maleta con 750 mil inútiles dólares. En la mano llevaba una pistola. También había por ahí un par de rifles AK-47.
“¿Por qué no te pegaste un tiro antes de que te atraparan”?, dicen que le escupieron los miembros del Consejo Iraquí a quienes Estados Unidos permitió interrogarlo. La pregunta suena a reproche y deja entrever que aún sus enemigos esperaban más del hombre sucio e indiferente que se deja revisar los molares con una lucecita, como un torpe león de circo sólo apto ya para intimidar viejecitas. Hace dos días, era el prófugo más buscado del planeta. Ahora, desmitificado por su prisión, ha dejado de ser el Moby Dick del enloquecido Ahab imperial, y es sólo otro motivo de la propaganda navideña: el bandolero al que se cuelga para apaciguar a los vecinos.
Así, mientras el ejército imperial se alista para atar a Sadam Hussein al carro de la victoria de George W. Bush -al menos metafóricamente, porque alguna ONG o el simple buen gusto impedirían que ocurriera de verdad-, y los proárabes se desgañitan exigiendo que se le aplique al tirano la convención de Ginebra -daría lo mismo exigir que se le aplique la cuenta de protección del box a un hombre arollado por el tren-, Sadam abre la boca, muestra los dientes, se deja espulgar, y los iraquíes siguen revolviéndose bajo la bota del imperio, porque se puede patear a un perro y reírse, pero no se puede esperar que el perro lama la bota y la acepte y nunca la muerda.
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