Archivo de April 2005


Preceptiva II

April 9th, 2005 — 8:45pm

Lo más sincero que se me ocurre decir sobre las modas y tendencias, e incluso las escuelas y capillas literarias, es que no me interesan en lo absoluto, sencillamente porque funcionan como contendores y agrupadores colectivos de una práctica personal e intransferible.
La literatura la hacen individuos distintos y distinguibles. Ni siquiera los hermanitos Machado guardaban demasiadas semejanzas entre sí. Entiendo, por tanto, que se trata solamente de una facilismo crítico –el mismo que ayuda a un biólogo a estudiar bacterias o gonococos– el que ha propiciado el estudio o la comprensión de la literatura bajo el papel pautado de las colectividades, modas, tendencias y escuelas.

Jorge Ibargüengoitia narraba el estupor que le provocó el profesor español Díaz-Plaja cuando, en una conferencia, dividió la historia de las letras universales en dos tipos de temperamento, clásico y romántico, que acomodaba alternativamente en una tablita esbozada en un pizarrón. La literatura nace clásica en Grecia y Roma, decía Díaz Plaja, se vuelve romántica en la Edad Media, vuelve a ser clásica en el Renacimiento y a partir de allí se turnan de modo sucesivo ambos temperamentos el dominio absoluto del escenario en periodos cada vez más breves. Este método, que por otra parte es completamente imbécil, sirve para que un alumno de secundaria consiga perorar sobre cualquier autor durante quince minutos con sólo unos pocos datos esenciales de la época en que vivió. Desde luego, las peculiaridades de tono, intención, procedimientos y vocabulario de cada escritor desaparecen bajo este tipo de consideraciones. Es decir, se prescinde de la literatura para intentar explicarla.

También se ha pretendido agrupar con razones extraliterarias y por los motivos más necios o artificiales a escritores inasimilables. Se habla a cada momento de literaturas nacionales e incluso regionales, como si los individuos de cierta nacionalidad o etnia presentaran forzosamente características comunes –y aunque así fuera, hay que notar que el escritor debe tender hacia la peculiaridad y no hacia el adocenamiento. Se amalgama en generaciones, géneros, o incluso costumbres venéreas. Se nos habla de una prosa femenina, una oda germánica o un relato norteño, y se termina a fuerza de precisiones por no decir nada. Porque el acierto literario, cuando existe, es agenérico, asexual y apátrida. Pertenece en exclusiva al acomodo artificial de palabras logrado por un individuo, y no es compartible por los demás salvo en la decente posición de lector. Reputar a Hamlet u Otello como productos del genio de los británicos equivale a declararse ganador de los campeonatos de futbol de Alemania si uno simpatiza con su equipo.

Si tan sólo fuera una ceguera propia de profesores holgazanes, de académicos que confunden las letras con un censo de ganado, quizá resultaría inocuo e incluso pintoresco el afán de agrupar lo inagrupable y aplicar criterios generales a lo particular. Lo preocupante, lo finalmente nocivo, es que numerosos aspirantes a escritor, o incluso algunos figurones de premio y obras completas se aplican y le aplican a sus colegas un razonamiento colectivista similar.

Así, menudean los poetastros que se autocoronan como “vanguardistas”, pomposo calificativo que en rigor sólo debería ser aplicado por un magistrado externo, en posición de juzgar si el orate en cuestión ha conseguido en verdad producir alguna novedad literaria, o simplemente encabeza su particular carrera hacia ninguna parte.

Por lo general, desconfío como lector de todo aquel que se coloca una etiqueta, o pronuncia frases del tipo de “los tiempos modernos necesitan una estética moderna”, o “es que los jóvenes escribimos así” o incluso el sensacional “eso ya está superado”.

Parece que un rasgo indispensable para entusiasmarse con las modas o tendencias literarias –es decir, con la boga, con lo deliberadamente efímero- es la falta de decoro. No conozco descalificación más improcedente que la que se lanza contra lo “viejo”, “superado” o “pasado de moda”. No porque las letras estén anquilosadas y se les deba conservar como un cacharro sagrado y a la vez soporífero, sino porque su vitalidad es tal, que malamente puede darse por muertos a Jenofonte, Catulo, Quevedo, La Rochefoucauld, porque sus libros no son tumbas, y se mantienen en pleno esplendor para los potenciales lectores. Y se les lee no como homenaje a modas pasadas, ni como visita al museo de las estéticas caducas, sino como a estilistas tan capaces o más capaces que cualquiera de proporcionarnos placer y conmover nuestra inteligencia.

Las escuelas literarias, los “ismos” que tanta nostalgia causan entre sus llorosos deudos, solían comenzar su programa de actividades publicando un manifiesto en el que vindicaban uno o dos procedimientos literarios (la metáfora, el absurdo, la yuxtaposición de ambos) a costa de los demás como motor exclusivo de sus textos. Sus firmantes, siempre he pensado, lograban convertir esa firme elección de principios en una modesta renuncia. Publicar un manifiesto literario equivale a firmar una declaración de insuficiencia literaria, equivale a decir, por ejemplo: “Vindico el lenguaje coloquial y callejero y juro solemnemente no utilizar palabra alguna que se consigne en un diccionario. Renuncio a la épica, a la ironía, a la tragedia y hasta a los calembours, y me apegaré en adelante sólo a las pequeñas pero tranquilizadoras posibilidades de mi programa. Alea jacta est!”.

No parece existir impedimento mayor para la inteligencia que la pertenencia voluntaria a un credo. Y si ese credo no alcanza siquiera las esferas de lo sagrado, lo ultraterreno, o al menos lo celestial, sino que se conforma con regir consonantes y conjugaciones, su profesión resulta todavía más misteriosa, como un autismo autoinfligido.

No hace falta ser muy perspicaz para descubrir que el interés literario de quien celebra las modas y las tendencias en la literatura es mínimo. Le importan los pelucones talqueados de Voltaire y Diderot, lo seducen las visitas al cementerio de Byron y Shelley, lo entusiasman hasta el paroxismo las sobredodis de Antonin Artaud y parece concederle suma importancia a sus hambres y sus piojos. Ni duda cabe que más que la prosa reiterativa de Bukowski, lo que le interesa es la amibiasis y el papiloma sufrido por sus amantes. No un lector, sino un coleccionista de anécdotas y trivias, un imitador de bufandas pretéritas y, en el mejor de los casos, un escenificador de pecados ajenos: eso es el entusiasta de las modas literarias.

Atribuirles a esas pasarelas de ingenuidad las renovaciones ocasionales o la misma evolución de la literatura es una farsa. Las letras no han avanzado notoriamente desde el año mil antes de Cristo, sino que se continúan produciendo con peculiaridades y diferencias, pero también con una esencia inalterable. La historia de la literatura no es la de innumerables y recalcitrantes grupos de iluminados, sino la de unos pocos individuos solitarios, coléricos, perplejos, sonrientes y a veces despreciables, generalmente sin comunicación unos con otros, que no han dejado un mensaje cifrado para futuras generaciones en sus libros, sino que han obtenido belleza estética y estimulado la inteligencia por medio de ellos.

Ya Schopenhauer recomendó la conveniencia de pensar tanto como se lee, pero de pensar sin las muletas de la colectividad, y declaró que nuestros contemporáneos no son meramente quienes usan unas ropas y frecuentan unos hábitos similares a los nuestros, sino aquellos hombres, de cualquier época, hacia los cuales se inclinan nuestras afinidades, y a quienes nuestra inteligencia reconoce como amigos.

Finalmente, Arquíloco de Paros o Safo no fueron producto de un taller literario, nunca ganaron becas del Conaculta griego, ni fueron alabados desde las páginas satinadas de The New York Review of Books. Pero de ambos seguimos hablando dos mil quinientos años después, y de cada uno de sus escasos fragmentos se han escrito caudalosos tratados. Este sólo hecho, el que dos personajes que son menos que polvo hace milenios hayan poseído y sigan poseyendo mayor interés que la casi totalidad de escritores vivos , debería disuadir de su entusiasmo a esos entusiastas de las tendencias y modas literarias que, en mayor o menor medida, somos todos nosotros.

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