El nativo involuntario
Ser mexicano sin serlo, y ser reprochado por no serlo, es el curioso destino de algunos hijos de inmigrantes en este país. México, campeón mundial en la produción de exiliados, es al tiempo un lugar de autoritaria ineptitud para comprender la condición extranjera del inmigrante: para un mexicano, todo el que no se entusiasme con los guisos típicos, que no llore con las derrotas de la selección de futbol, que muestre indiferencia ante las fobias y pasiones nativas (amor por cierta música más o menos espantosa, odio por ciertos países más o menos antipáticos, que pueden incluso ser el del origen del inmigrante) se convierte irreversiblemente en un alucinado, en un impostor, en un mamón.
Su identidad extranjera será considerada ridícula de antemano (especialmente si el migrante habla un español más o menos comprensible), será considerada falseada, producto de un esnobismo injustificable. Después de todo, ¿quién no querría ser mexicano? ¿Quién puede osar no serlo?
La mexicana es una tribu de identidad imperialista, como las palomillas de secundarianos: “Te has de sentir muy gachupín, pinche mamón”, “Has de ser muy argentino, pinche mamón”. Pero cualquier indicio posterior de mexicanidad en el acento, el paladar o el oído, por más que resulte a la larga natural, será tomado como una confesión , como la caída de un antifaz: “¿No que muy uruguayo? Ya te vi tragando tacos”
Sin petulancia ninguna, humildita como la hizo Dios, la identidad mexicana no se ofrece como un matasello de civilización -como la francesa-, sino apenas como una marca de fuego que debe ser compartida en los lomos por todas las reses que residan en esta República, lo quieran o no. Mexicanos al grito de guerra, y si los extranjeros no son adulones como Traven, que se callen. Después de todo, un extranjero es sólo un mexicano en etapa de negación.
(Lo dice mejor Nicolás Cabral en su blog).

