De fronteras y ratones
Speedy González nunca ha dicho, que se sepa: “Esta no es frontera sino que es cicatriz” (1). Ha dicho, eso sí: “¡Yepa, yepa, yepa, ándale, ándale, arriba, arriba!”, pero una frase tan hermética apenas permite entrever su condición de símbolo de la mexicanidad en conflicto —en conflicto con lo mismo que ha estado en conflicto la mexicanidad desde que es mexicanidad: con Estados Unidos.
La caricatura de la empresa Warner Brothers (que salió al aire por vez primera en 1953) es de una simplonería asombrosa. Con todo, ha sido motivo en tiempos recientes de una crispada polémica cultural, que comenzó cuando la cadena infantil Cartoon Network decidió sacarla de su programación, con el argumento de que el ratón “representaba un estereotipo ofensivo de los mexicanos, además de ser un mal ejemplo para los niños, porque sus amigos fuman y beben”. Para reforzar su postura, Cartoon Network mostró algunas cartas de televidentes hispanos, que se quejaban de la difusión del programa (tal como reseñó The New York Times, en un artículo titulado “Adiós Speedy, pero no tan rápido”). Sin embargo, y esto es quizá lo más típicamente mexicano del asunto (¿Con que quieren quitar a Speedy González? Pos que chinguen a su puta madre), las organizaciones hispanas reaccionaron exigiendo la reposición al aire del personaje, por medio de una campaña coordinada por el sitio de Internet HispanicOnLine. A fin de cuentas, estereotipo o no, Speedy lograba en su programa lo que pocos mexicanos en la realidad: enfrentarse con éxito al “gato gringo”, bailárselo, quitarle el queso y decirle encima: “Estúuuuuuuuuuupido gato gringo”.
De que el ratón es estereotípico no cabe duda. ¿Pero nos da motivos para llamarnos a la ofensa o, en otro sentido, para enorgullecernos por nuestros “hechos diferenciales”? Speedy es el arquetipo platónico del mexicano, según lo concibe un estadounidense: una cruza del buen salvaje roussoniano con el fucking greaser de la locución texana. De entrada, posee un elemento de parodia francamente burdo: como en la imaginación popular estadunidense los mexicanos son perezosos y duermen perennemente recargados en un nopal, a alguien le pareció divertido imaginarse a un mexicano hiperactivo, correlón inalcanzable, que no pierda, eso sí, su piel color lodo, su bigotito de cantante de bolero romántico, su pancita, su sombrero inmenso y su calzón de manta blanca.
La novia de Speedy es una proto Salma Hayek llamada Rosita (2), quien en un alarde de confusión simbólica, viste mantilla española y usa peineta –aunque en versiones tardías de la caricatura, gasta trenzas de indita y llega a vestirse como diputada oaxaqueña del PRI. Ambos viven en un reseco pueblo fronterizo entre México y Estados Unidos, llamado a veces San Pancho, a veces San Juan y a veces San Ratoncito —lo que más bien parece una concesión del doblaje a la ñoñería. El pueblo es un destartalado caserío instalado en mitad de un desierto, que cuenta con una plaza de toros del tamaño de la gran pirámide de Egipto y decenas de cactus y nopales, que crecen incluso en el centro de las calles. Los ratones son morenos, panzones, lánguidos –todos menos Speedy, quien siempre parece encontrarse bajo el influjo de un estimulante fortísimo- y son además muy pobres, pero se les ve satisfechos. Van a las corridas de toros, beben aguardiente y fuman, lanzan sus sombreros al aire cuando los alcanza la euforia, cantan canciones rancheras, comen queso con tortillas y carne con chili, y serían completamente felices si en el horizonte no apareciera la otredad (3) del “gato gringo”.
Porque del otro lado de la frontera, y a veces en el propio San Pancho —o San Juan o San Ratoncito— vive el enemigo mortal de Speedy: el voraz “gato gringo” Silvestre, quien amenaza a los ratones con maldades que van desde la eliminación física al desabasto de queso, tortillas y carne con chili.
La gracia de la caricatura, si la tiene, consiste en observar cómo la velocidad y la astucia de Speedy le permiten burlar al felino o lograr su vergonzosa retirada. No es raro que Silvestre sufra de ciclópeos enchilamientos, luego de dar un bocado a algún humeante y tétrico platillo mexicano. Y en alguna recordada ocasión, incluso, es víctima del primo Lento Rodríguez, un ratón flaco y abúlico con pinta de mariguano, a quien el normalmente burlado Silvestre alcanza en dos zancadas. Aterrados, el resto de los ratones voltean hacia Speedy. “¿Por qué Lento Rodríguez no huye del gato?”, le preguntan. Speedy sonríe con brillante dentadura de líder sindical. “Porque Lento Rodríguez carga pistola”. En ese momento, el fogonazo de un pistolón chamusca la entera cabeza del “gato gringo” (4).
Ahí, en Lento Rodríguez, está la oculta clave del asunto. Si nos alarma la acción bárbara de dispararle a la cabeza a Silvestre, pues nos ofenderemos. Si, en cambio, nos parece que Lento Rodríguez es un chingón y que ya era hora de que alguien le parara las patas al “gato gringo”, nos ganará el orgullo. A riesgo de tener que explicarlo en otro texto tan gratuito como éste, me temo que en México, los partidarios de Lento Rodríguez son más y triunfarán.
(1) Esto lo dijo el novelista Carlos Fuentes, quien durante muchos años fue una suerte de Speedy González intelectual.
(2) Manolo Muñoz, en su recordada y apestosa canción sobre el roedor, atribuía a la malquerencia de Rosita una inverosímil depresión de Speedy, melancólico hasta la embriaguez: “…ha bebido muchos tragos/porque Rosita lo dejó…”.
(3) Término de prestigio indudable entre sociólogos, literatos con veleidades sociológicas y postfilósofos, tan feo que pronto pasará al argot común de los analistas políticos.
(4) En una versión ligeramente menos violenta, pero incluso más terrible, el sketch se repite con una variante: “¿Por qué Lento Rodríguez no huye del gato? Porque Lento Rodríguez es hipnotista”. Los ojos de Lento crecen desmesuradamente, hasta llenar el cuadro, y Silvestre, inane, queda esclavizado a su voluntad.
(Este texto apareció en el primer número de la revista Picnic).

