Decálogo del presentador de libros ajenos

December 5th, 2009 — 11:43am

A siete u ocho personas (nadie más me conoce) les ha llamado la atención la cantidad de autores que me invitan a presentar sus libros cada FIL.

Tal fenómeno sucede debido a mi inocultable brillantez e inveterado profesionalismo, por supuesto, y no al hecho de que viva en Guadalajara y no haya necesidad de pagarme viáticos ni hotel.

Como estoy cansado y pienso que ha llegado el momento de que cualquier otro ilustre ciudadano de esta ciudad (desde el meteorólogo al que recoge la basura) tome la estafeta, enumero abajo una serie de recetas infalibles para triunfar en el complejo mundo de las presentaciones de libros:

  1. Es indispensable llegar a último momento a la presentación de un libro y darle un abrazo infinito a la primera persona conocida que uno se tope, para dar a entender que se ha atravesado el Gobi y el Amazonas para llegar.
  2. Todo resulta mejor si no se pone uno de acuerdo previamente con el autor sobre la mecánica que seguirá el acto. De lo contrario, podría evitarse el caos que sobrevendrá.
  3. Al tomar el micrófono es menester titubear y entrar en pánico. El pánico se controla carraspeando al micrófono y diciendo la sílaba “eh”.
  4. No debe haberse leído más que superficialmente el libro que se presentará. Leer los libros que se presentan es una inelegancia.
  5. Si el libraco en cuestión es una novela, hay que repetir, mutatis mutandis, las sabias consideraciones de la contraportada sobre la trama. Un giro estupendo: declarar que no se comentará el final de la novela para no arruinárselo al lector. En caso de que sea un libro de cuentos, hay que explicar sin pudor alguno que no se revelarán los finales de los 26 relatos reunidos, etcétera. Tampoco se revelarán los principios, desde luego. Aquí la única revelación posible es la de la imbecilidad del presentador.
  6. Por tanto, será necesario eludir cualquier mención directa al texto y, en su lugar, recordar la historia de la relación personal del presentador con el autor, con énfasis en las becas compartidas, los viajes comunes y las borracheras pretéritas juntos (eso hará las delicias de las doce personas reunidas).
  7. Otras posibilidades brillantes: llamar a las doce personas (en adelante, el pueblo) a levantarse en armas contra el supremo gobierno; quejarse del CONACULTA; combinar ambas y llamar al pueblo a levantarse contra el CONACULTA.
  8. Enlazar chistes y/o comentarios jocosos al respecto de la apariencia del autor del libro es considerado de mal gusto, por lo que debe elegirse a una persona mansa y de preferencia estúpida entre los asistentes (un viejo amigo al que se lleve tiempo sin ver resulta ideal para el caso) y afligirla señalándola con el dedo y metiéndose con ella, a la vez que se le sonríe, con el fin de tranquilizarla.
  9. Cuando se haya perorado sin sentido durante doce minutos exactos (menos que eso es considerado debilidad y más, abuso) señalará uno al autor y dirá: “Es ya momento de darle la palabra a menganito [el autor], que es para escucharlo que vinimos”. Si se ha titubeado en demasía, intentemos lavar nuestra imagen jalando un aplauso para menganito. El método para lograrlo es simple: si uno se pone a aplaudir, al menos cinco de las doce personas lo seguirán maquinalmente. A todos nos gusta aplaudir.
  10. Al concluir el acto, invítese al autor a beber desmecatadamente. Ya en la fiesta, confiésesele que no se leyó su libro (para hacerle evidente que uno ha llevado la lealtad por él al extremo heroico de hacer el ridículo) y espérese su gratitud. En el peor de los casos habrá golpes y la anécdota servirá para rellenar el tiempo en futuras presentaciones: “Una vez presenté a un sujeto que me agarró a golpes cuando acabé; por tanto, seré breve…”.

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Cruda dientes de sable

December 3rd, 2009 — 11:03am

Afectado un servidor por la tradicional cruda dientes de sable de mitad de FIL (mi sinapsis, supongo, era operada por la extinta Luz y Fuerza del Centro), la columna de hoy recurrirá como estrategia discursiva al fragmento (es decir, haré un punteo de composteces y me iré a dormir). 

  1. Aunque decirlo sea quizá una cursilería indigna del felón que se supone que soy, disfruté como chamaco la charla que sostuve ayer con Marcelo Birmajer en El Placer de la Lectura. Una frase suya puso el gesto chueco a más de uno: “Un mal narrador no debe tener la excusa del estilo. Lo mismo que un mal comediante no es el genio de los chistes malos”. El salón se llenó (y la gente, me parece, la pasó igual de bien que yo) sin necesidad de que nos vistiéramos de azul eléctrico y bailáramos danzas beduinas. Qué grande es Birmajer.
  2. Con el de Anagrama, anoche, cerró el ciclo de los grandes cocteles editoriales de la FIL. Pasarelas de vanidad, citas de trabajo encubiertas, mentideros de la canalla literaria, los cocteles pasan inadvertidos para el común de los visitantes, pero son el abrevadero al que bajan los escritores al caer la noche y donde eligen sus presas (o son cobrados por predadores, en forma de agentes, periodistas, editores…). Hablar de anécdotas puntuales sería faltar a la discreción deseable en los invitados. Cabe citar, sin embargo, algunos de los temas de conversación oídos al pasar: yohimbina, el Cruz Azul, la prostitución política, la literaria, la mugre y la falta de la misma entendida como defecto, el mal de chagas transmitido por los malos tacos, la mañana en que Rilke despertó con una cruda de antología…
  3. Aunque fue un evento off FIL, la presentación de Fútbol, de nuestro Mariño González, fue un campanillazo notable. Se terminaron los libros, se terminó el alcohol y poco faltó para que el autor fuera manteado por los presentes. La novela está a la venta en el stand de Conaculta por sólo 60 pesos.
  4. Nuestro Tomasena informó sobre la cobertura de FIL que está haciendo Hermano Cerdo, justiciera publicación literaria de internet que se caracteriza por no hablar bien ni de Shakespeare (seguro que cuando sus madres les dicen a los viriles integrantes de la redacción “Mijito, bébase el café” ellos responden con un escupitajo). Apenas leído el post me topé en el pasillo con René López Villamar, corresponsal de HC en la FIL, lector (y autor) diligente y feroz a quien da gusto ver por acá. Aunque tiene un tino prodigioso para elegir los peores actos de la Feria (fue a ver a Cornelia Funke) y aunque todas las fotos le salen fuera de foco, sus reportes son tan divertidos y pérfidos que vale la pena leerlos todos, en vez de perder el tiempo con los cada vez más adocenados suplementos de los periódicos.  

Más numeritos, ahora: el menú del día: 

  1. Hay que ir a ver al dios de la Ciencia Ficción, Larry Niven, a las 16:00 y 18:30 en el Café Literario del pabellón de LA.
  2. Vargas Llosa encabeza (lo acompaña el canario Juan Cruz) el homenaje a Juan Carlos Onetti. Seguro estará a reventar, así que a llegar temprano. 19:30 horas, Auditorio Rulfo.
  3. Luis García Montero, el poeta español, participa en el homenaje a la generación del 27. Yo no iré, pero ustedes quizá quieran. 17:00 horas, salón 4.
  4. A alguien le pareció una gran idea reunir a la más o menos periodista Lydia Cacho con el más o menos músico Saúl Hernández en una mesa de nombre notable: “La rebelión de las palabras. La literatura y la música como herramientas para transformar el mundo”. Si el morbo les gana, estarán ambos a las 18:00 horas en el auditorio Rulfo. Vamos a ver quién es más patético,  si el cantante sin voz o la reportera que logró una nota buena y luego decidió que eso la autorizaba a convertirse en analista y literata.
  5. Cristina Rivera Garza y Alberto Barrera Tyszka estarán, a las 17:30 y 18:30 respectivamente en El Placer de la Lectura. Aquello promete. Salón Arreola.
  6. El arte del asesinato, de Francisco Goldman, presentado por Jon Lee Anderson. A eso se le llama lujo. 17:00 horas, salón Mariano Azuela. Jon Lee presenta, además, El dictador, los demonios y otras crónicas, a las 18:00 horas en el salón 4.
  7. Señales que precederán al fin del mundo, de Yuri Herrera, 18:00 horas, salón A. Un excelente novelista joven de este extraño país.
  8. El trabajo os hará libres y España, aparta de mí esos premios, de Espido Freire y Fernando Iwasaki. 18:00 horas, salón Elías Nandino.

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Del “lleno hasta la bandera” al “ni las moscas se pararon”

December 2nd, 2009 — 10:22am

¿Qué es lo que orilla a la gente de a pie, la que no es amiga del autor ni quiere robarle un autógrafo, a asistir a la presentación de un libro en demérito de otra que quizá le resultaría más interesante? ¿Por qué hay escritores que repletan los salones de la FIL mientras colegas suyos no reúnen más que a las edecanes que prorratean las botellitas de agua entre los ponentes? ¿Por qué la mesa sobre crítica literaria de Letras Libres tuvo veinte asistentes (eso me cuentan, para mi asombro) mientras que actos rabones, como el del beduino bailarín vestido de azul eléctrico del lunes, se llenan hasta la bandera?

Alguien dirá que porque el promedio de inteligencia de la multitud nunca es elevado (tampoco hay que hacerse muchas esperanzas sobre el de quien profiera esta obviedad elitista), pero yo sospecho que detrás del fenómeno asoma una verdad más terrible: la operación del mero azar. Mal informados por los medios de comunicación, que rara vez dan un paso más allá de la promoción editorial de novedades para buscar ofertas sustanciosas, los visitantes a la Feria se abandonan a sus instintos para seleccionar las mesas a las que van a asistir. No es infrecuente oírlos preguntarse los unos a los otros, en los quicios de las puertas de los salones: “¿Acá qué se presenta?”, e intentar colectivamente descifrar el título del libro de marras y elucidar quién de entre los ansiosos personajes que los contempla desde el estrado es su autor.

La FIL tiene fama de ser una feria en la que ningún salón queda sin llenar. Los autores primerizos son consolados por colegas veteranos con leyendas como: “Cuando entras a tu salón hay nomás tres gatos, pero de pronto, cuando abres la boca, entran cincuenta muchachitos con cuadernos que aplauden todo lo que digas”. Huelga decir que esto es falso o, al menos, inexacto. Lejos han quedado los días en que los acarreados de la Universidad eran un factor a tomar en cuenta en el éxito o fracaso de un acto. Hay en la Expo tantos salones ya, tantas atracciones simultáneas, tantos stands, pasillos, escaleras, entrepisos, lobbys, vestíbulos, que no hay modo de coordinar una falsa porra para cada autor. Se ha impuesto entre las actividades una competencia feroz que se disputa a un  público grande, sí, pero también dubitativo, en el que predominan quienes se entusiasman al ver cómo un señor con ropajes de pastorcito del año 9000 truena los dedos y se menea al compás sobre quienes quieren sentarse a escuchar a tres críticos de saco y lentes que explican cómo es que la literatura ya no es lo que era.

Claro que Pacheco, que tiene cinco generaciones de lectores y acaba de ganarse ese premio mayor de lotería literaria que es el Cervantes, puede repletar el auditorio Rulfo sin despeinarse. Pero no es raro que los otros, que son casi todos, sufran. ¿Será inevitable que los que aspiren a no hablar nada más frente a las moscas se pongan ropitas curiosas y dancen o griten o al menos injurien al supremo gobierno para llamar la atención? Quizá nos quede el consuelo de que la inteligencia acaba por llamar a los suyos y que la FIL sigue siendo un lugar en donde esa inteligencia puede coexistir con el espectáculo… pero ¿qué pasará cuando todos hayan decidido dar numeritos y sus editores luchen por espacios? ¿Veremos a los críticos vestidos de azul eléctrico y reinventando el boogie

Va el menú sugerido para este miércoles: 

  1. El estupendo y muy divertido cuentista argentino Marcelo Birmajer, lo mejor que le ha pasado a la literatura latinoamericana desde Fernando Vallejo, se presenta en El placer de la lectura (salón Arreola, 17:00 horas). Servidor fungirá como fan ultra y moderador. 
  2. Anagrama, el sello editorial independiente más aplaudido de la lengua española, celebra sus 40 años a las 18:00 horas, en el salón 4, con los gigantes Richard Ford y Jon Lee Anderson, además de Juan Villoro, Nicolás Alvarado y Sandra Lorenzano, encabezados todos por el chef d’orchestre Jorge Herralde.  
  3. A las 18:30 (auditorio Rulfo) se le entregará por segunda vez el premio Sor Juana de letras femeninas a Cristina Rivera Garza. Resulta curioso que un rayo caiga dos veces en el mismo lugar y que un premio haga lo propio. Menos curioso es que el destino de ese premio sea Cristina, una de las mejores escritoras contemporáneas en español.  
  4. A las 18:00 horas, en ese cuarto sombrío que es el café literario del pabellón de LA, el cómico Cheech Marín dará una charla. Fans del cannabis: este es su gallo.  
  5. Homenaje a Thomas Pynchon, a las 20:00 horas, en el mismo café literario, con el emergente Mark Z. Danielewski y Richard Raynes como protagonistas.  
  6. Para quien desee paladear un anticipo de la presencia de Castilla-León en la próxima FIL, la plana mayor literaria de esa comunidad española se presenta a las 18:00 horas en el salón C del área internacional: Luis Mateo Diez, Juan Pedro Aparicio y José María Merino narrarán sus relatos entrelazadamente. Se le reputa como un espectáculo digno de verse.

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Un día francamente Pacheco

December 1st, 2009 — 8:15am

Pobres encargados de prensa editoriales. Tantas horas dedicadas a pactarle entrevistas a sus autores (a contracorriente de la tibieza, ignorancia o franca pereza de los medios de comunicación) para que amanezcamos con la noticia de que le dieron el premio Cervantes a José Emilio Pacheco y cada tipo con grabadora de la Feria cancele o abandone su agenda de trabajo y se lance como un mastín a buscarle las declaraciones de rigor al erudito mexicano.

El lobby del Hilton, que es el centro de operaciones secreto de la FIL, hirvió toda la mañana de ayer de reporteros en pos de una palabrita de Pacheco que llevarse a la boca. Como un comando en pleno despliegue táctico, los periodistas atormentaron al personal de servicio y hasta a los otros escritores que asomaron por el lugar para pedir razones de la ubicación y horarios del premiado. Cuando éste, ya cerca del mediodía, bajó al fin del elevador, le brindaron una improvisada ovación y se apelmazaron a su paso como si fueran los súbditos de Hiro Hito. Supondremos que todos ellos eran, además de profesionales, lectores agradecidos de Las batallas en el desierto, porque no deja de resultar curioso el espectáculo de que los tiburones de la información se le hinquen a su fuente y le rindan pleitesía (el jubileo, por cierto, seguirá hoy, durante el encuentro de Pacheco con jóvenes, a las 17:30 horas en el auditorio Rulfo).

De entre los colegas de Pacheco consultados, ninguno más alegre y astuto que Sergio Pitol: cuidadoso siempre para batearse las entrevistas que se le quieran hacer sobre su obra, el veracruzano se las arregló, sin embargo, para colocar ante la prensa sus frases de beneplácito y, a la vez, no quedarse ante las grabadoras luego de la segunda pregunta. Más de un político en apuros debió grabarlo en video y estudiarlo cuadro a cuadro.

(Otro hecho notable de la cobertura es que los periodistas estén convencidos de que a Carlos Monsiváis puede y debe consultársele acerca de cada asunto del hemisferio occidental: lo mismo el Cervantes que Juanito, el calentamiento global que la crisis, la liguilla del futbol que los precios del tejuino. Eso sí: para todos tiene Monsiváis respuesta.)

Si no hay otro premio o eventualidad que irrumpa en la agenda y arrase con ella, el menú literario para hoy es variado y no carente de interés:

  1. De entre los actos angelinos, el más atractivo parece la mesa No queda más que reírse, que reúne a autores singulares por su sentido del humor (Café literario, 19:00 horas). Sin embargo, los múltiples fans del recordado guarro Charles Bukowski bien pueden asistir a la mesa en su honor (Café literario, 18:00 horas).
  2. A las 11:00 de la mañana se dará el fallo del premio Tusquets. Veremos si este año no se declara desierto, como ya ha sucedido dos veces. El rumor indica que el premio no paralizará la FIL, pues el ganador, en teoría, será un autor español que estará a ene mil millas de distancia.
  3. La charla Paseo por los mundos de Juan Marsé (Salón A, área internacional, 18:00 horas), que pese a la ausencia del extraordinario narrador español, tendrá como cicerone a su hija Berta, también notable escritora.
  4. Fabio Morábito, quien además de narrador es un estupendo poeta, visita el salón temático del género, a las 18:00 horas, en el salón Herradura.
  5. Dos novedades de Anagrama: Temporada de caza para el león negro, de Tryno Maldonado, a las 17:00 horas en el salón A, del área internacional, y El hombre sin cabeza, de Sergio González Rodríguez, a las 18:00 horas en el salón Elías Nandino.
  6. Y bueno, servidor, quien ha sido ya acusado por gente vil de estar en más mesas que Juan Villoro, presenta dos libros escritos o editados por amigos: la novela La fiesta del oso, de Jordi Soler, a las 18:00 horas en el salón 2, y los Fragmentos de Anacreonte, del sello independiente Textofilia, a las 17:00 horas, en el salón Alfredo R. Placencia.

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La rebelión de los auxiliares

November 30th, 2009 — 8:34am

Alguien dirá que esta crítica riza el rizo del rizo, pero me parece justificada. Luego de asistir a un buen puñado de actos en la FIL el domingo, me declaro maravillado por la desenvoltura con que el personal de apoyo ha brincado la tradicional barrera de la división del trabajo (ellos hacen la parte aburrida y los escritores la más fácil) y decidido comunicarse directamente con los asistentes a la feria quienes, a fin de cuentas, somos sus hermanos y pares. Durante 22 ferias del libro uno tendía a pensar que las sonrientes edecanes eran toda la concesión de la FIL al buen orden, pero estaba equivocado. Hay todo un orfeón de auxiliares que se encargan de que el monstruo funcione y parece haber llegado la hora de su apogeo público. 

Ayer, por ejemplo, los asistentes a la presentación de la novela de Fabio Morabito tuvimos la notable oportunidad de ver cómo el muchacho de la microfonía devenía maestro de ceremonias y, sin perder la sonrisita, jalaba aplausos, hacía preguntas a Morabito y su presentador (a quienes, por supuesto, se refería con el jocoso y extendido término de “maestro”) y disponía el desarrollo de la charla con aires de anfitrión de talk show. Harto quizá de la tradicional incompetencia del presentador promedio (a quien, hemos de aceptar, casi siempre se le olvidan las cosas básicas, tales como decir buenas tardes, agradecer a los organizadores, explicar la mecánica que regirá el acto, leer el currículo de los presentes, etcétera), se ocupó él mismo de poner el ritmo. Menos mal que Morabito es elocuente y articulado, porque si no habríamos terminado los presentes por hacerle preguntas al microfonista antes que a él. 

Otros auxiliares exaltados: dos muchachas vestidas como guardias de seguridad y sendos peinados en el estilo de las tribus urbanas (una punk de cresta verde y una rastafariana con caireles de Marley) se dedicaron buena parte de la tarde a manotear y pegarles de gritos a quienes circulaban por el pasillo que une los salones del Centro de Negocios. Pedían silencio absoluto golpeándose los labios con el dedito índice y pronunciando la fórmula tradicional de “que ya se callen, pues”. Más que el hecho de que alguien decida acelerar el tránsito de un pasillo, cosa en el fondo admirable, resalta notable que dos chicas cuyos peinados parecen afiliar a subculturas anti autoritarias se comporten como celadores de un CEFERESO y le den de berridos a quien se les pegue la gana, desde la señora de tacones que se tardó más de un minuto en dar el siguiente paso hasta a todo un Jorge Herralde. 

(También fue adorable el hombre del sonido del salón en que se presentó Andrés Neuman, quien nos ofreció a los asistentes, en claro español, servicio de traducción simultánea para una charla que tendría lugar en la lengua de Quevedo. Me parece muy bien que se dé este servicio a los no hispanohablantes, pero sería bueno que se pensara en que la oferta en sí se diera en otros idiomas, no vaya a ser que no entiendan que se ha tomado la precaución de ofrecerles servicios). 

Si los auxiliares, pues, lo permiten, esta es la agenda que puede seguirse hoy: 

  1. Videoconferencia del venerable Ray Bradbury, a las 17:00 horas en el salón 4. El rey de la ciencia ficción bien escrita.
  2. Dos palabras: Curtis Hanson. El director y adaptador de LA Confidential y Wonder Boys se presenta a las 20:00 horas en el salón Agustín Yáñez.
  3. El tapatío recriado californiano Salvador Plascencia se presenta a las 17:00 horas en el Café literario del pabellón del invitado especial. Habrá que ver si es otro de tantos escritores migrantes que nos cuenta sobre los pericos, las yucas y la sopa de poro de su abuelita o si, como asegura la crítica, se trata de una voz original y admirable.
  4. A las 18:00 horas en el salón Nandino, la mesa ¿Qué está pasando en Venezuela? Contra lo que pudiera pensarse, se trata en principio de una discusión de nuevos narradores. A ver quién le da de pedradas a Chávez y quién lo defiende.
  5. Alberto Barrera Tysza, uno de los venezolanos, presenta su muy divertido libro Crímenes, junto a Juan Villoro, a las 19:00 horas en el salón José Luis Martínez.
  6. Si les da la curiosidad ver a tres autores sin nada en común pelearse con motivo del bicentenario nacional, asistan a la presentación de La culpa de México, de Pedro Ángel Palou, a las 17:00 horas en el salón 3 de la planta baja. Paco Ignacio Taibo y servidor estaremos en los comentarios. Habrá coscorrones, seguro. A ver si no me los dan a mí.
  7. Cuando alguien me pregunta si no voy a recomendar alguno de los actos del encuentro de periodistas, le digo que nomás falta que en una feria a la que vienen escritores de primera y segunda se preocupe uno por los periodistas, que suelen ser escritores de tercera. No obstante, hoy estará en una de las mesas, organizada por el diario español El País, Jon Lee Anderson, que es un autor de verdad. 18:00 horas, salón 3.

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Anda la osa: yo quiero hablar como Villaraigosa

November 29th, 2009 — 8:56am

Culpa será de las taras sociales que sufre un servidor (cada vez que escucho un discurso de más de doce minutos de duración me siento atrapado en un rosario o una presentación de las ventajas de los tiempos compartidos en Chamela), pero a punto estuve de fenecer de hastío durante la ceremonia inaugural y entrega del premio FIL de literatura, ayer. Lo cual demuestra que uno apenas es capaz de perdonarle la parrafada de rigor en tales circunstancias a los autores dilectos y, premio o no premio, se las tolera mal a los que no. A quienes me dicen que Rafael Cadenas es un poeta admirable no les quito razón: nomás que decir discursos memorables al parecer no es lo suyo. Ora pro nobis.

Total: inaugurada quedó la 23° edición de la Feria de Guadalajara, llegaron los ene mil asistentes esperados, se aplaudió cuando se debía (el alcalde de LA, Antonio Villaraigosa, fue el rey de la cosecha de palmas, pese a que quedó demostrado que habla español con la misma soltura que aquel juguete electrónico llamado “El Fabuloso Fred”), y, a despecho de la obsesión de algunos periodistas, nadie se salió de guión y vociferó consignas políticas contra los organizadores o los invitados del presidium.

La Feria en sí quedó bastante chula (si hacemos caso omiso de los automóviles tuneados por artistas angelinos que decoran el pabellón del invitado y que parecen la publicidad de una compañía de pintura tóxica); es inmensa, cual debe, pero bien ordenada: se puede deambular durante horas, se puede babear ante los veinte stands que lo ameritan (como hace más de un autor chilango ante los muslos, rebles y escotes de las tapatías) y se puede sacar la cartera para hacerse, ay dolor financiero, de las diez o doce joyas bibliográficas inconseguibles durante el resto del año (nuestro editor de campaña, Mariño González, anuncia que matará con sus propias manos a aquel que ose intentar quedarse con el Genesis de Crumb antes que él).

Pero vayamos a lo nuestro: dejaré a mis compañeros de composta.net la delicada misión de explicar a nuestros hipotéticos lectores las maravillas del programa de artes plásticas, cine y música, y me concentraré, durante los días de la Feria (si la resaca de las bacanales nocturnas no lo impide) en presentarles algunas recomendaciones literarias para la jornada (por cierto: si alguno de los hipotéticos lectores es periodista, pues vaya y cubra, en vez de seguir las pésimas instrucciones que le dará su editor).

Para este domingo, no estaría de más darse una vuelta a la entrega del premio Isabel de Polanco al cubano Rafael Rojas (17:00 horas, salón 3), la conferencia del premio nobel turco Orhan Pamuk (12:00 horas, Auditorio Rulfo) y las visitas al ciclo El placer de la lectura del premio Alfaguara 2009, Andrés Neuman (17:30 horas, salón Arreola) y del vate (dios me perdone la palabrita) David Huerta (18:30, mismo lugar).

Y para quienes deseen librito autografiado que llevarse al estante, se presentan la novela Emilio, los chistes y la muerte, de Fabio Morábito (17:00 horas, salón José Luis Martínez) y Escenas sagradas del oriente, del grandísimo poeta José Eugenio Sánchez (20:00 horas, salón Yáñez).

Desde luego que hay otras posibilidades, pero mal se vería servidor recomendándoles ir a la enésima mesa de Carlos Fuentes o cosa semejante. Si desprecian mis recomendaciones (en su salud lo hallarán) pasen, mejor, al sitio de la FIL y rastreen otro tipo de actos sin duda súper meritorios (dicho sea con el tono de quien, preguntado por la novela de un joven talento, proclama: “Híjole, vieras que él me cae súper bien como persona”), como la conferencia de Ebrard sobre la universidad pública del DF, que será un lleno espectacular y de la que servidor prefiere, qué le vamos a hacer, privarse.  

Pues eso. Tengan sus mercedes un buen día de compras filescas y, como diría el amigo Villaraigosa: “Disfruten programa que traigo yo a ti el en esto año de ahora, ey”.

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Los puros

October 7th, 2009 — 11:08am

Ya no basta, en estos tiempos, con ser decente: hay que ser puro. De lo contrario, se expone uno a que cualquiera de los múltiples puros que han surgido a diestra y siniestra, como honguitos, lo señale a la cara, le escupa y se mofe luego en compañía, hemos de suponer, de otros tan impecables como él.
Una anécdota muy menor: recientemente, recibí unos mensajes llenos de insultos que firmaba un sujeto al que entiendo que le parece mal que yo presente libros cada año en la FIL de Guadalajara. Me llama “producto del marketing” por comentar los textos de otros, diez minutos por turno, en unas cuatro o cinco mesas. Me doy cuenta de que el tipo es un puro y abandono la discusión antes de que me venga a decir que presentar un libro es una mera y puerca estrategia comercial, que cuándo se vio hacerlo a François Villon y que soy yo una decepción andante. Porque un puro nos exige el cumplimiento de un pacto no firmado pero tremebundo, un contrato que obliga a no realizar ninguna actividad cuyo fin no sea moralmente intachable ante sus ojos: si de por medio hay lucro (aún en su variante editorial que, aceptémoslo, apenas sirve para ganarse la vida), no hay tolerancia que valga. ¿Cómo osa llamarse a sí mismo escritor uno que promociona libros? Caray: si todos sabemos que un auténtico escritor debe pasar hambres, cargar el peso del mundo sobre los hombros y mendigar pan rancio. Por eso, me temo, abundan los puros entre quienes recurren una y otra vez a las becas gubernamentales: ¿Pues qué clase de alimaña se busca un editor y transa en ser publicado? Pues un corrupto, un prostituto. Pero si el comité dictaminador del subsidio le niega la beca, cuidado: el puro denunciará por todos los medios a su alcance una conspiración articulada para favorecer a algún siniestro recomendado (que procederá a elegir al azar entre los ganadores). No hay defensa posible ante él: en su mano porta el báculo sagrado de lo correcto.
Más grave que esta bagatela que refiero me parece la actual anécdota que involucra al santón máximo de las letras en español, Gabriel García Márquez, quien ha sido demandado por una ONG y denunciado por Lydia Cacho, la periodista especializada en casos de abuso infantil, debido a que su agente vendió los derechos de la novela Memoria de mis putas tristes a un productor de cine, que luego tuvo el mal tino de obtener financiamiento del gobierno del estado de Puebla. ¿Cuál es el problema del asunto? Pues que la novela de Gabito narra la historia de un anciano que paga por gozar de una niña menor de edad y que el gobernador de Puebla, Mario Marín, a quien los medios apodaron desde hace tiempo “el Góber Precioso”, ha sido acusado de proteger una red de paidofilia y abuso con sede en el sur del país.
Desde luego que denuncias como las que ha hecho Lydia Cacho son necesarias, imprescindibles. Por supuesto, sí, que no se comprende cómo es que un gobierno investigado con relación a un caso repulsivo como éste decide meterle dinero a una película donde un anciano abusará de una niña. Suena a humor negro, a cinismo o, peor aún, a ignorancia absoluta y por ello el financiamiento acabó por ser retirado.
Pero los denunciantes han llegado más lejos aún, y han acusado al propio García Márquez de “promover la paidofilia” por escribir la novela y de vileza por permitir que sus derechos cinematográficos se vendan en tales términos, y postulan que la promoción de una película basada en su novela conseguirá que miles de personas la vean y, consiguientemente, se conviertan en pederastas potenciales. Ha asomado, me temo, la garra justiciera de los puros.
¿A dónde lleva su razonamiento? A esto: que no se escriba ni se difunda ni se piense siquiera en ninguna historia truculenta, por más imaginaria que sea, porque entonces el autor devendrá en apologista del delito e incitará a sus lectores o espectadores al mal. A la hoguera, entonces, con los libros de Nabokov y Kawabata, que tocaron el mismo tema, a la hoguera con los de Homero, Virgilio, Dante, Rabelais, Shakespeare, Poe, Flaubert, Dostoiesvski, Hemingway, Faulkner, Borges, McCarthy o Roth porque hay en ellos violencia: suicidio, crímenes, incesto, sodomía, paidofilia e infanticidio, violaciones al por mayor, canibalismo, genocidio, maltrato animal, misoginia, misogenia y hasta palabrotas.
Lo que no entienden los puros es que, aún si los libros y películas se convirtieran por decreto en una variante del país de los ositos cariñositos y no sucediera en ellos nada más terrible que un arcoíris, los crímenes en la vida diaria seguirán sucediendo. Las conexiones del arte y la vida son más complejas, esquivas y profundas de lo que sospechan el tonto que olfatea fraudes por todos lados y el fanático que exige purezas a ultranza.

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Historia (relato inédito)

September 9th, 2009 — 12:42pm

 

1. Haría mal explicando los motivos profundos que movieron a los invasores, porque no los conozco. Pero me gusta especular. Viví durante años de espaldas a los diarios y la política, la cabeza metida en las calles como en una cubeta de agua. Eso sí: sé qué películas quiere ver la gente, sé qué juguetes compran los niños. Conozco el tipo de camisas que hay que comenzar a producir en serie para los pobres porque las usan los ricos. Sé todo lo que se vende y gran parte de lo que se compra, pero ignoro los rostros y nombres de quienes nos gobernaban, de quienes nos gobiernan. 

 

2. Entiendo que el tráfico de drogas, el contrabando de órganos, el secuestro y homicidio de extranjeros, el estado de anarquía que priva en el país y la migración masiva de miles de parias fueron una cereza tentadora para las bocas del enemigo, que pensó en meterse a fuerza a la casa y apoderarse de lo que pudiera mientras nadie controlaba la puerta.

 

3. No es simple explicarles a los ciudadanos de un país que debe mandarse un ejército a imponer la calma en un territorio vecino. A la antología de esos pretextos la llamamos Historia Universal.

 

3.1 Yo soy sólo el dependiente de un puestecito de novedades (artículos sin nada novedoso que justifique el mote) en el mercado, pero estudié dos semestres de Historia en la Universidad. A comparación de los vendedores de los puestos vecinos (uno de ellos me saluda todos los días con las manos llenas de joyas robadas), soy prácticamente un sabio. Leo. Apláudanme. Gracias.

 

3.2 A mi país le gusta pensar que vive al margen de la Historia del planeta. Nuestros libros apenas hablan de otra cosa que no sea nuestra vieja y desastrosa Historia.

 

3.2.1 Nuestra Historia es una continua procesión de invasiones, unas cruentas, otras cómicas. ¿Por qué tendría que haber mejorado nuestra suerte? Apenas pasaron cien años sin que fuéramos invadidos el siglo había convertido en estatuas sin interés a todos los que pudieron advertirnos de la maldad de los extranjeros y ciertas personas daban por sentado que jamás volveríamos a serlo, que nuestras fronteras se mantendrían altivas, impenetrables.

 

4. Fuimos invadidos por primera vez hace tantos siglos que ni siquiera había un país esperando a los invasores. Desde el primer minuto del nacimiento de la nación estuvimos sometidos al capricho de los conquistadores: nuestro territorio es el pedazo de tierra que los conquistadores conservaron en su lucha con otros como ellos, otros quizá más perversos. 

 

4.1 Los conquistadores, solía decir mi madre, eran hombres blancos como los de mi familia. Deberían ser también equivalentemente ineptos. En cualquier caso acabaron mezclándose con la población nativa y los esclavos y formando esta raza malsana, blanca y morena y negra, que veo por las calles, de la que formo parte aunque mi madre sostenga que nos parecemos a los conquistadores.

 

4.2. Jamás un extranjero me ha tomado por uno de ellos. Alguna miseria en mi porte, en mis ropas, debe advertirles de mi naturaleza.

 

4.3 En el mercado me llamaron durante años el Güero, porque antes se le habían dicho a mi padre, un carnicero de ojos claros que había aprovechado su pinta refinada para echarse encima de todas las mujeres del lugar: morenas, fofas o pálidas.

 

4.4 Mi madre vivía encerrada en casa, simulando padecer toda clase de males respiratorios. Parece haber vivido unos cuantos años tranquilos así, quejándose del clima y los malos modales de la sirvienta, aliviada de responsabilidades conyugales. Mi padre llegaba a casa tan cansado de yacer con puesteras que no volvió a ponerle una mano encima.

 

5. La mayor invasión extranjera de nuestra Historia terminó con la pérdida de la mitad del territorio nacional. La siguiente fue apenas un encontronazo que dejó unos cuantos muertos por lado: una turba se había comido los bollitos de un panadero extranjero y éste pidió ayuda a su gobierno, que envió una expedición punitiva. Una tercera impuso un gobierno durante unos años y convirtió (de membrete) esta ruina de país en un Imperio.

 

5.1. Aquello debió resultarles tan increíble a los habitantes que se rebelaron en masa.

 

5.2 Uno acepta pasar hambres en una simple república, pero de un Imperio se espera la salvación terrenal y no la perfección de la miseria. (De acuerdo: eso lo pienso sólo yo, que en el fondo añoro el Imperio, su boato y estupidez esencial).

 

5.3. Los rebeldes derrotaron con muchos trabajos a los invasores, fusilaron al emperador y fundaron una república torpe, corrompida y lánguida, pero al menos coherente.

 

5.4 A quién se le ocurre llamar Imperio, su Imperio, a nuestro pantano.

 

6. Una de las consecuencias más interesantes de aquella tercera incursión extranjera fue que los soldados invasores, rubios y de grandes mostachos, engendraron hipotéticamente cientos de hijos en el país. No sé si posible que tuvieran tiempo o fuerzas como para dedicarse a violar a tantas mujeres pero, a partir de su marcha, cada niño rubio que nacía les era atribuido a los coitos irregulares de las nativas con soldados extranjeros.

 

6.1 Muy probablemente tales casos, si los hubo, fueron aislados y minoritarios, pero sonaba muy divertido enunciarlos y los aludidos se ofendían a tal grado después de todo, los estaban llamando bastardos, palabra que tenía un peso específico dentro de los insultos de la época que la versión se convirtió en Historia.

 

6.2 Es probable también que mi madre se casara con mi padre imaginándolo descendiente lejano de algún olvidado coronel invasor.

 

7. Cada vez que hemos tenido una guerra civil, siquiera en escala de conato, alguien se apresura a invadirnos. En nuestra última revolución, por ejemplo, tres expediciones diferentes entraron al país y capturaron provincias enteras sin encontrar resistencia o topando solamente con una oposición simbólica.

 

8. Yo estudié en una escuela que llevaba el nombre de unos de los héroes que quiso resistir una de aquellas expediciones y fue por ello muerto. Era, naturalmente, una fea escuela pública. Mi padre tenía el dinero necesario para enviarme a un colegio lleno de niñas de trenzas rubias, pero se negó a cumplirle a mi madre el deseo. Fui inscrito en una primaria federal.

 

8.1 Un compañero, en tercer grado, llevó a la escuela una revista ilustrada que me reveló el misterio del coito, al que jamás había dedicado un minuto de reflexión. El padre del culpable debió asistir a una junta con la maestra y un psicólogo escolar que fue enviado especialmente por el inspector de la zona. Todo había sido un error lamentable, dijo el hombre, su hijo se había llevado sin permiso aquella revista de casa. La maestra y el inspector guardaron un silencio aterrado. Se decidió amonestar verbalmente al niño y olvidar el asunto.

 

9. Mi padre, supe después, era amigo de aquel hombre asombroso que aceptaba serenamente tener lleno de pornografía el revistero. El hombre atendía un puesto de crema y queso junto a nuestra carnicería. Era un sujeto calvo, parlanchín. Como único rasgo notable, solía beberse todos los viernes una botella entera de licor de plátano mientras escuchaba la radio.

 

9.1 Tenía una hija bajita y morena con un par de senos inmensos. Ella fue mi primera novia, la primera a la que toqué con alguna certeza de lo que hacía.

 

9.2 Un viernes, mientras su padre ingería su licor y tarareaba sus canciones, ella me condujo a la bodega del negocio, que tenía acondicionado el segundo piso como oficina. El cremero no cedía la copia de la llave ni a Dios, pero mi novia la obtuvo clandestinamente: había decidido aprovechar el segundo piso para consumar lo que habíamos comenzado e interrumpido tantas veces en rincones oscuros.

 

9.3 Espejos en todas las paredes y una cama roja: el aspecto era tan equívoco que nos infundió pocos ánimos. Abrimos un cajón y lo encontramos lleno de botes de lubricante. En un segundo cajón estaban los arreos de cuero. Mi novia fue a buscar un vaso de agua y volvió demudada, con un aparato dorado en las manos. Vibraba.

 

9.3.1 En un cajón final encontramos las fotos de su padre siendo sodomizado (con el aparato dorado) por una mujer a quien ninguno de los dos conocíamos. Nos fuimos a consumar nuestro idilio a otra parte.

 

9.3.2 Años después, cuando el cremero había muerto y mi novia y yo habíamos dejado de dirigíamos la palabra ella me engañó con un inspector municipal y yo a ella con una vendedora de electrodomésticos supe que conservaba intacto y en uso el segundo piso de la bodega.

 

9.3.3 La caja del vibrador dorado, por cierto, estaba encima del escritorio, bien a la vista, en aquella cruza de oficina y mazmorra. El aparato era extranjero y se llamaba The Pleasure Invader.

 

9.3.4 Es decir: El Invasor Placentero.

 

10. Algunas personas sostenían que era imposible que fuéramos invadidos de nuevo. No fue así: de hecho, hemos sido invadidos de nuevo.

 

11. Lo que pienso, en cuanto sé que el primer soldado extranjero ha cruzado la frontera del norte, es que los hombres fantasearán con que él o sus colegas violen a sus esposas y novias y hermanas y vecinas o ellos mismos a punta de pistola.

 

12. Decido asomarme a los diarios en busca de noticias. Visito los bares. Pago tragos, lo mismo a fastidiosos incontrolables que a hombres resecos y entregados al mutismo. Debo escuchar a un idiota declarar que sus abuelos eran rubios, “tenían aire de provincia” y eran descendientes de invasores.

 

12.1 Alguien, un joven y obeso profesor con mucho whisky en las venas y presunciones de sabiduría, me envía a leer a Shakespeare. Tengo la sangre fría de meterme a una biblioteca, pedir el ajado ejemplar y dar con la cita. Las damas de Francia esperan que seamos desplazados para ofrecerse a los ingleses y restaurar Francia con hijos bastardos. Tal cosa dice el Delfín. Tal cosa temen y desean todos en el país. Quieren niños rubios, aunque sean de otros.

 

12.2 Corroboro mi teoría. ¿Cuál es mi teoría? Que a mis compatriotas los excita la posibilidad de que los extranjeros les quiten a sus mujeres. No puede saberse por ahora si la fantasía les encogerá los testículos o si, por el contrario, les causará palpitaciones demoniacas.

 

12.3 Salgo a la calle. Ofrezco pequeñas sumas de dinero a colegialas con apariencia de haber alcanzado el dominio de la química orgánica a fuerza de felaciones, ofrezco ayudar con las bolsas del mercado a matronas malhabladas y altaneras, ofrezco cigarrillos en los cafés a treintonas en busca de un hombre que las lleve al cine. Descubro que la mayor parte de las mujeres no están interesadas en los extranjeros, que siguen pensando en sus novios, maridos, amigos. Quizá, como las hembras de ciertas tribus salvajes, no se sientan merecedoras de nada más que de un macho de su estirpe. O quizá sean sinceramente indistintas a la ambición. Un matiz: a todas les gustan los niños rubios.

 

13. Los soldados extranjeros son pálidos, altos y estúpidos. Pero su fiereza hace irrelevante la estupidez. Son veloces para avanzar y disparar. Leo en una revista (he comenzado a leerlas) que son, por otro lado, sujetos sensibleros que mandan retratos a su casa cada semana, que tiemblan de miedo en sus tiendas de campaña cada noche y que sueñan anémicamente con que las muchachas del país les abran los brazos, sonrían, los conduzcan a un lecho arrebatado y los hagan gemir.

 

13.1 Otros mandan a sus amigos fotografías de nativas desnudas, con trenzas y bocas ávidas y vulvas como gatos negros.

 

13.2 Los extranjeros dicen que van a reestablecer el orden en el país. En sus programas de televisión, los soldados aseguran que lo que buscan en la vida es el amor y la felicidad. Eso significa que están dispuestos a disparar a todo lo que se mueva con tal de salvar sus comodidades futuras.

 

13.3 O quizá, como Aquiles, aprendan a leer el amor en las miradas postreras de las chicas que matan. (He vuelto a la Biblioteca y no me avergüenza decirlo. Que se apene la gente que escucha la radio mientras se embriaga con licor de plátano).

 

13.4 Las primeras operaciones invasoras son de una velocidad inesperada. Nuestro ejército deserta en masa en la frontera, luego de tres desastrosas escaramuzas.

 

13.5 Cuando la gente abuchea el paso de los reclutas forzosos que son enviados a sustituir a los traidores, no sospecha que quizá aquellos sujetos aterrados se convertirán en héroes populares al paso de unos siglos.

 

13.6 Nunca se sabrá con precisión si algunos de ellos, los más bélicos, son miembros de las guerrillas existentes o si es que algún espíritu santo transmutará su alma de camino al norte, pero las unidades de reclutas eluden el avance de las columnas enemigas, atacan con saña un puesto fronterizo (cuelgan a los centinelas por los pulgares) y se internan en territorio extranjero.

 

13.7 La imaginación popular asegura que formarán una guerrilla en el país invasor y hostilizarán con éxito poblaciones enemigas. Yo sospecho, por haberlo oído del padre de un recluta en una cantina, que la mayor parte de ellos se dedicará a otras cosas: jardineros, plomeros, electricistas. Y si conservan el ímpetu guerrero, será tan sólo para convertirse en criminales.

 

13.8 El país queda, pues, indefenso. Los soldados extranjeros forman pequeños contingentes para controlar cada ciudad de mediana importancia. Su general en jefe recibe los poderes de gobierno de manos de nuestro presidente menos de un mes después del comienzo de la invasión. 

 

14. La ocupación había sido predicha por pensadores de izquierda, según me cuenta un entusiasta, hace ya setentaicinco años. Quienes emitieron la sentencia ha muerto, pero sus descendientes se apresuraron a reclamar la gloria de la precognición de sus antepasados. Qué abnegación, pronosticar durante siete decenios y medio, sin falta, lo que sucedería y no ser atendidos jamás.

 

15. Mi padre nunca intentó inmiscuirse en política: se limitó a cortar carne en su local y a votar por los candidatos perdedores en cada elección convocada.

 

16. Han llegado los invasores. El tanque, voluminoso y verde, ocupa la calle. El puestero vecino corre y me llama a seguirlo. Alguien apaga las luces del mercado. Un portazo y luego la oscuridad. Mi torpeza, acrecentada por el miedo, hace que me enganche en el metal de la escalera. El miedo a caer. El miedo a quedarse. Hay un tanque frente a la puerta y escuchamos los chirridos del cañón al adoptar la posición de tiro. Está centrando la fachada del edificio en la mira.

 

17. El muchacho que me ayuda en el puesto no vino. Ni siquiera el día del Apocalipsis es capaz de aparecer cuando se le pide. Los comerciantes y clientes, hermanados por una vez, huimos. Mientras nos deslizamos entre pasillos y portones imagino que alguna de nuestras colegas, alguna de las chicas que venden jugos, por ejemplo, estará ya detenida, que será desvestida por manos pálidas e indistintas y entregada a los vicios de los soldados. Cabellos rubios y fauces rojas.

 

17.1 ¿La violarían aunque fuera rubia? Alguna de las chicas de los jugos era rubia. Lo recuerdo.

 

18. Escalamos a los tendederos de un edificio vecino y nos ocultamos entre las ropas. Al final de un pasadizo conformado por sábanas y calzones hay unas escaleras que descienden a la calle de atrás. Si hay suerte, no veremos otro tanque esperando de aquel lado. Si no, nos detendrán y matarán quizá. Aunque no he podido dejar de pensar que soy blanco y deberían respetarme. El puestero que me acompaña no es blanco. ¿Lo abandonaré? ¿Llamaré a los invasores y les diré: Como podrán observar, mi amigo no es como nosotros?

 

19. Dicen que cuando están cerca los extranjeros, siempre huele a lo mismo, al blanqueador de sus uniformes. Incluso su mierda debe oler a blanqueador.

 

19.1 Los invasores son altos, fornidos, y más limpios que nosotros. Pero no van a alcanzarnos. Bajamos las escaleras metálicas al trote. No es momento para la discreción y nuestros pies resuenan. No hay tanques. Despunta la esperanza al fondo de la garganta cerrada.

 

19.2 El puestero cruza la calle en tres zancadas y se lanza por una callejuela convenientemente oscura. Lo sigo, sin aliento, moviendo los pies porque cómo se les detiene cuando uno teme ser acribillado.

 

19.3 La de los jugos estará desnuda en manos de algún artillero, en la trastienda de una verdulería, con las faldas en el cuello.

 

19.4 Creo que si pudiera correr a casa de mi padre, este sería un buen momento. Pero me sofocaré antes, caeré muerto sin necesidad de que me disparen. Ya siento el dolor mortífero naciéndome entre las costillas.

 

19.5 Deja de voltear”, me gruñe el puestero, dos metros por delante de mí. Tengo las cintas de los zapatos desamarradas y cualquier persona sensata me daría un minuto para anudarlas antes de proseguir. Lloro. No puedo evitarlo, como no puede evitarse morder las heridas en la boca una y otra vez hasta que vuelven a abrirse.

 

19.6 Una nube de cristal y polvo avisa que el tanque ha volado la fachada del mercado. El estruendo llega un segundo después y nos derriba.

 

19.7 Imagino que aparecerán en cualquier momento los invasores, con sus rifles de precisión, que comenzaré a escuchar el silbido de los disparos junto a la cabeza y se marcarán pequeños cráteres entre mis pies. Pero no aparece nadie y nos perdemos por la callejuela y no me detengo aunque soy blanco, no me detengo hasta que el puestero trastabilla y encontramos otro edificio donde meternos. Hay decenas de bolsas de basura destripadas en la entrada, como leones de piedra que custodiaran el paso.

 

20. Escuchamos el zumbido de los helicópteros. Con fatiga, resoplando como ancianos, subimos los escalones. Tocamos una puerta, cualquiera. Nadie abre. Un potente olor a blanqueador infecta el aire. Serán ellos, que llegan. Estamos, como todos aquí, perdidos entre los pies de esta torpe república.


 

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Sobre la diatriba

August 19th, 2009 — 11:22am

He decidido abrir la boca (perdonemos la figura: quiero decir, vapulear el teclado) para tirarle un cable, como si lo necesitara, a ese curioso procedimiento literario que es la diatriba.

Hablo de procedimiento literario y no de género en atención al reclamo, un poco asnal pero quizá justificado, de que algunos de los precedentes que cité durante una charla en Xalapa, hace unos meses, correspondían a autores satíricos o epigramáticos y no propiamente a escritores de diatribas, al menos de diatribas registradas como tales antes las respectivas secretarías municipales de Educación o la asociación de agentes viajeros o quien sea que establezca estúpidas normas aplicables al caso.

La Real Academia, sin embargo, hace menos matices que el pendejo que me mandó corregir en Veracruz. Una diatriba, para la academia, es simplemente un “discurso o escrito violento e injurioso contra alguien o algo”. Diatriba, pues, son lo mismo las parrafadas narrativas de Celine que las sentencias de Cioran, los versos de Marcial o Cátulo y el sarcasmo costumbrista de Evelyn Waugh, la ironía de las crónicas de Ibargüengoitia y las indignaciones reflexivas de Debord o Schopenhauer.

Hay algo magnético en la queja, en la invectiva, en la denuncia que hace la diatriba y esto no opera sólo en las letras y en el pensamiento. En el periodismo, los listados de descalificaciones o insultos exceden notoriamente a los elogios en boca de cualquier político, funcionario, activista, analista o hasta centro delantero consultado. En los homogénos grupos de amigos o compañeros de actividad, suele destacarse el que grita más destempladamente, pone los apodos más dolosos o expone mejor los infinitos defectos de fulano o mengana. En narrativa, han anotado ya Boccacio, Rabelais, Saki y Rubem Fonseca, es materia más simple y deleitosa apilarle epítetos denigrantes a un personaje cualquiera que rebuscarle mérito alguno.

Podría pensarse que es el elogio el que acude más fácilmente a la mente y la boca. Pero no es así. Y remitámonos para refutarlo y con alguna sinceridad, a la experiencia personal.

¿Proclamo, entonces, que escribir diatribas es un facilismo y que la mayor prueba de inteligencia para un intelectual es ejercer el ditirambo? No hay necesidad de ir tan lejos. Sin embargo, en este momento me apetece hacer una diatriba contra la diatriba, o al menos contra ciertos berrinches retóricos que se venden como diatribas pero no alcanzan ni estética ni éticamente los blancos propios de este procedimiento.

Este es un asunto que ya he discutido antes y que saco a colación porque me parece que el riesgo de la creación de textos injuriosos es que éstos se conviertan en refugio de escupidores profesionales.

¿Cómo distinguir una distriba justa de una impostura? ¿Cómo establecer grados en la furia, cómo distinguir la hipocresía o franqueza en un ceño fruncido o en la vena que se salta en un cuello iracundo?

Basta, me parece, con recurrir al fondo ético del caso para responderse.

Asombra, por ejemplo, la manera en que, de un tiempo para acá, el tono destemplado, increpante o abiertamente ofensivo, ha medrado y prosperado en el ensayo y la crítica mexicanos. Hemos pasado de discutir como señoritos, atildados y cuidadosos y cobardes, siempre listos para el elogio automático, a convertirnos en energúmenos babeantes que no son capaces de escribir si no es contra algo, pero casi nunca con razones que lo autoricen.

Es claro que cualquier imbécil con computadora se siente autorizado a publicar una nota rabiosa contra un libro ajeno hoy día, aunque nunca haya escrito uno propio, aunque no haya logrado concluir siquiera la lectura de otro libro antes del que crucifica, aunque las razones que arguye no pasen de medio renglón y puedan resumirse en silogismos como “odio a fulano porque él publica y yo no y por tanto él es un vendido y un hijo de puta”.

Podría pensarse que esta toma del Palacio de Invierno de la crítica por los idiotas agresivos es, acaso, el beneficio de la democratización de la cultura que nos prometieron los profetas de internet. Me temo que no sea así y explico por qué:

Como supo Brecht, la ironía es un arma que acomoda maravillosamente para usarse contra los poderes. Su empleo desaforado contra humildes o ingenuos sólo revela vileza: verbigracia, cuando no se tiene valor para increpar a los figurones vivos de la literatura, se termina por morder frenéticamente, como un chacal, a los novatos, a los que publicaron un primer libro, a los inocuos que nadie pretende hacer pasar por talentos, a los que no podrán defenderse del hábil o magistral mamporro que les asesta el valentón. 

No encontraremos piezas mayores entre las que se cobran los blogs, las reseñitas de las revistas o la mayoría de los ensayos críticos que leemos, porque no hay valentía en tales falsas diatribas. Lo que hay es oportunismo, grilla, servilismo disfrazado de subversión.

Por eso hay que celebrar las diatribas cuyos blancos y presas sean realmente de valor: la felicidad, el mundo, los humanos, el país, el planeta mismo.

Un ataque sólo alcanza altura ética y, consecuentemente, estética cuando la presa a la que se persigue es demasiado grande para las propias mandíbulas, cuando se pierde algún diente en la refriega y se sangra, retóricamente, junto con ella.

Un escrito vil se usa como un mazo contra alguien y lo convierte a uno en un criminal. No es inteligente aunque sea ingenioso y su belleza es nula. Un buen texto destructor se destruye a sí mismo o, como dijo Cioran, no tiene sentido alguno escribirlo.

 

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Contra los lánguidos

July 16th, 2009 — 9:12pm

Lánguido, da.

(Del lat. languĭdus).

1. adj. Flaco, débil, fatigado.

2. adj. De poco espíritu, valor o energía.

 

Diccionario de la RAE

 

 

Prestigio incuestionable, entre los iniciados en arte, el que goza la melancolía. El dolor, la languidez, se encuentran entronizados, entre creadores y críticos, como principales y casi exclusivas posibilidades de teoría y práctica del arte. Ay de aquel que ose reírse: la carcajada es demolida con el levantamiento de una de las augustas cejas de la belleza. El humor, faltaba más, consiste en esbozar una sonrisa que haga parecer a la Gioconda un gato de Chesire con tétanos: la crítica mide el tamaño de esa sonrisa con la cinta métrica de la severidad y descarta a quien supere los pocos milímetros. Tolerancia cero. Que se rían los payasos y los tontos. No, señores, el arte no es cuestión de interesarse en la técnica ni de asomarse a la vida, propia y ajena, no. Se trata de reflejar el malestar que sentimos todos —quien sea feliz, incluso parcialmente, se ha autoexcluido de la especie del homo artisticus—, la sinrazón de la existencia, los infinitos quebrantos que nos inflige este mundo pestilente. Hemos, quién lo dijera, acabado por coincidir en esa actitud vigilante y delatora con los padres de la Iglesia, alcanzándolos en el purgatorio de la ortodoxia a través de la estrecha y maloliente vía de la vanguardia. 

Qué bello, señores, es el dolor que enloquece. ¿No sufrieron, acaso como nadie antes, Edipo, Hamlet, Raskolnikov y nos abrieron el camino a nuevas cárceles de tortura apenas esbozadas antes de ellos? ¿No aquejaban a Swift unas jaquecas horrendas? ¿No añoró Yeats a lo largo de su vida las cosas que no tenía enfrente, lo mismo los rizos de su hija que un amor, lo mismo un campito bien cultivado que una Irlanda unificada y sin ingleses? Las letras, hoy más que nunca, celebran a sus practicantes más llorones y quejosos. La música adora a los desgarrados (lo mismo si son Beethoven o Edith Piaff que José Alfredo o Juanga) y minimiza como charangueros superficiales a quienes no se cubren la cabeza de cenizas. Y no se diga nada de la filosofía: todavía en incontables corazones arde una vela en honor a Nietzsche simplemente por haber sido sifilítico, haber gastado unos mostachos casposos y no haber gozado jamás el tacto de los rebles de Cósima Wagner.

Aquel malestar que hacía retorcerse de placer a los románticos, aquella irritación—similar a una incurable picazón del ano, si hemos de hacer caso a Tristán Tzara— contra el estado de las cosas que movía a las vanguardias, ha pasado a ser el canon. Exigimos música destemplada que nos recuerde que la lavadora se destaca hoy con voz más fuerte que el gorrión y que la motocicleta hace más melodiosa que el aire. Reclamamos libros cada vez más breves, más apretados, como el nudo de una soga que nos sofoque, rebosantes de maldiciones encubiertas o evidentes a todo lo que signifique, siquiera lejanamente, vitalidad. Nos han dejado de gustar, en narrativa, los personajes porque a los personajes generalmente les pasa algo. No: queremos voces, discursos, a los que no sólo no les pase nada sino que renieguen de la misma posibilidad de acción. La vida, después de todo, es una quieta tortura que toleramos con grandes esfuerzos, esfuerzos que nos agotan. Como agarrotados por ese veneno, que la maldita cobra nos inyecta desde el parto, sólo somos capaces de lanzarle los minúsculos escupitinajos de nuestro rencor. Liquidamos sus facturas de maldad con depósitos continuos de llanto.

Odio la languidez; la melancolía, como motivo artístico, francamente me aburre. Si las artes contemporáneas necesitan la permanente adolescencia moral, quizá hemos dejado de necesitarlas a ellas. A nadie se le ocurriría responsabilizar a un adolescente paralizado por la ira y el miedo del pago de su alquiler, del cuidado de sus hijos, de la elección de sus lecturas o incluso de la selección de la comida para la semana en el supermercado. Si la única función del arte consiste en la repetición cada vez menos reveladora de la sentencia del perro Snoopy (“La vida es horrible y entonces te mueres”), habrá que buscar lo que necesitamos del arte en tiempos menos extenuados.

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