Tres clásicos para los días enfermos
La de los videojuegos es una enfermedad incurable, altamente contagiosa, que suele procurar enormes cantidades de placer a quienes la padecen. Se propaga por medio de la vista y el oído, pero alcanza su máximo grado de peligrosidad una vez que los controles, promiscuos, comienzan a cambiar de manos. Sus síntomas son variados y fáciles de reconocer: temblor en los pulgares, ojo tapatío (brinca o zapatea), predisposición gluteal al asiento y nula capacidad de atención a todo aquello que no ocurra dentro de la pantalla de un televisor. Una vez contraída, y a sabiendas de que la cura es inexistente, lo mejor es dejarse llevar y, si la picazón en los dedos no remite, recurrir, por lo menos una vez a la semana, a cualquiera de los siguientes clásicos.
Hambre amarilla
Inspirado en una pizza a medio comer, Pac-Man combate, una y otra vez desde hace 30 años, a los terribles fantasmas Akabei, Aosuke, Gu-uta y Pinky. El videojuego creado por Toru Iwatani revolucionó lo que, hasta entonces, se había hecho en materia de entretenimiento electrónico y sus seguidores en este planeta nos contamos por millones. Durante 255 pantallas, el héroe amarillo se dedica a ingerir los puntos diseminados a lo largo y ancho de los laberintos y a devorar, de tanto en tanto, alguno de los manjares suculentos que aparecen en su camino: naranjas, manzanas y hasta pretzels.
Además de ser un éxito en el mundo de los videojuegos, Pac-Man es, sin lugar a dudas, uno de los iconos más reconocibles de la cultura popular contemporánea: su rostro ha sido inmortalizado en camisetas y series de televisión, pero algunos de los más grandes homenajes se pueden encontrar en los abismos virtuales de YouTube, con animaciones y cortometrajes creados por los fans. Uno de ellos, titulado simplemente Pac-Man: The Movie, fue dirigido por Stanley Wong y recrea, en un edifico abandonado, y con actores reales, el ansia de los fantasmas acechados por el monstruo amarillo: una joya de principio a fin.
Lo mejor de Pac-Man, sin embargo, está en el juego original de 1979, el mismo que, hoy día, sigue contagiando a millones de personas en todo el orbe.
Vida Tetris
Con 25 años de vida, el videojuego creado por el ruso Alekséi Pázhitnov continúa rompiendo, al son de la balalaika, conexiones neuronales en los cerebros de los gamers. La mecánica del juego consiste en armar líneas a partir de las siete figuras -todas formadas por la unión de cuatro cuadrados- que caen, primero lentamente y más tarde a gran velocidad, hacia la base de la pantalla. Tetris se convirtió en una revolución con la aparición de la consola portátil Game Boy -era el juego oficial incluido- en 1989. Desde entonces, y como en el caso de Pac-Man, ha sido plagiado, copiado y homenajeado cientos de veces.
El colectivo de diseño NOTsoNOISY, bajo la dirección de Guillaume Reymond, ha venido realizando homenajes, desde hace varios años, a diversos videojuegos, entre ellos Tetris, donde las figuras son sustituidas con seres humanos distribuidos en un gran auditorio y el movimiento se simula a partir de la técnica del stop motion. Vale la pena visitar su página y conocerlos. No obstante, a pesar del placer ocasional de estos videos, el enfermo gamer sabe que no hay virus más infeccioso que el de Tetris y que la única manera de aplacar sus síntomas es construir algunos cientos de líneas y esperar, con un hueco enorme en el estómago, el momento en que el cosaco baile, a mitad de la pantalla, para anunciar nuestra victoria al universo.
Champiñones en la cañería
La primera vez que vi correr a Mario por las intrincadas tuberías del reino Champiñón, con aquella musiquita pegajosa acompañando cada uno de sus saltos y coronando cada una de sus victorias, supe de inmediato que pronto me le uniría en su aventura y que la expectativa de vida de los hongos coléricos -que aparecían una y otra vez en la pantalla- descendería dramáticamente una vez que me hiciera con los controles.
El debut del fontanero italiano creado por Shigeru Miyamoto tuvo lugar en 1981, en el videojuego Donkey Kong, donde con el nombre Jumpman se dedicaba a esquivar los barriles lanzados por un simio furioso y a rescatar a la damisela en apuros. Poco después apareció, ya con su nombre definitivo, y en compañía de su hermano Luigi, en Mario Bros., que luego evolucionaría a Super Mario Bros. y tendría muchas otras secuelas para plataformas como Nintendo, SNES, Game Boy y, recientemente, Wii.
Como en los casos de Tetris y Pac-Man, las aventuras de Mario han llegado a la televisión y al cine, pero con poca suerte. Sus mayores glorias están en los videojuegos y tres de ellos se prescriben, sobre todas las cosas, para paliar los picores en el alma gamer: Super Mario Bros. 3 (Nintendo), Super Mario World (SNES) y Super Mario Galaxy (Wii). A final de cuentas todo jugador sensato -es decir, todo enfermo de videojuegos- sabe que, luego de un buen atracón de hongos verdes, no hay cosa más importante en este mundo que terminar, de una vez y siempre, con las maldades infinitas del demente Iggy Koopa.
*Artículo publicado en la revista KY.






