
Autorretrato de Charles Burns
Así como a algunos guionistas y directores de cine no se les escatima el título de dramaturgos, este Disco Roboto es un convencido de que unos cuantos autores de historieta son, también, literatos hechos, derechos y, ¿por qué no?, contrahechos. Alan Moore y Art Spiegelman (ganador del Premio Hugo de ciencia ficción el primero, poseedor de dos Pulitzer el segundo) encabezan una estirpe literaria que ha llevado el noveno arte a un punto de inflexión intelectual del que difícilmente habrá retorno. Y no se trata de una catástrofe.
Cada vez son más los autores que trascienden el término historieta y se asumen como narradores y cronistas del mundo contemporáneo, que no ceden ante lo convencional y se apropian de cualquier género para hacer lo que han hecho los hombres desde que aprendieron a unir consonantes con vocales: contar historias.
Lo dibujantes no se quedan atrás: en las páginas de cómic los placeres son múltiples para el ojo curioso: podemos pasar de un realismo desbordante –en el que conviven la academia y el ánimo persistente por experimentar (sí, en pleno siglo XXI) con la perspectiva– a un paraíso de manchones o situaciones abstractas y la jornada, casi nunca, es agotadora.
Hace quince años, en el prólogo a Hellboy. Semilla de destrucción (serie de Mike Mignola y John Byrne que llegó a México en 2004, de las manos de Editorial Vid), el terrorífico Robert Bloch escribió, poco antes de morir: “Hay indicios de que dibujantes, argumentistas y editores talentosos han empezado a sobrepasar la etiqueta de arte pop. Como no están satisfechos con una mezcla interminable (y a menudo irracional) de elementos, han tratado de alcanzar conceptos más amplios y métodos más osados para llegar a un público más adulto. En pocas palabras, formas nuevas de narrar viejas historias”.
Lo que hace tres lustros entrevió Bloch es, hoy, una realidad que se puede comprobar fácilmente en cualquier título de Charles Burns, Daniel Clowes, Frank Miller, Alex Ross, Bryan Hitch, Warren Ellis o Steve McNiven, por mencionar a unos pocos. Con ellos, y con muchos otros, el cómic contemporáneo se ha constituido en un universo fascinante que vale la pena explorar: ahí, entre la letra y el trazo, las alternativas son, siempre, infinitas.
Nota: artículo publicado hoy, sábado 7 de febrero, en el diario Público-Milenio.