FIL 2008. Día dos
El Dr. Maligno no quiere vivir en un mundo sin VHS.
¡Salvemos al VHS!
Sólo faltan siete días.
El Dr. Maligno no quiere vivir en un mundo sin VHS.
¡Salvemos al VHS!
Sólo faltan siete días.
El monstruo es enorme. La Feria Internacional del Libro de Guadalajara requiere un buen par de tenis y mucho ánimo para ser recorrida. De lo mejor del día, la rechifla para el gobernador de Jalisco y el alcalde de Zapopan. Merecido se lo tienen: por zoquetes y mentirosos. Una mujer, con falsete perfecto, le gritó “burra” a Josefina Vázquez Mota, la secretaria de Educación Pública. Los reporteros de otras ciudades quedaron fascinados con el abucheo que la concurrencia rindió a los funcionarios y, sobre todo, con la relación de las pedestres desventuras de Emilio González Márquez. Y justo a un lado del papanatas estaba António Lobo Antunes, el grande. El escritor portugués recibió el Premio FIL de Literatura y hasta las llaves de la ciudad de Guadalajara. Conmovió con sus palabras y la anécdota sobre un paciente esquizofrénico que le confesó: “El mundo está hecho por detrás”. Unos minutos después, el autor de Fado alejandrino sostuvo un diálogo con periodistas serios y se autodenominó el “Julio Iglesias de la literatura” –¡honor que le hace al de la verruga en la faz!–. En fin. El Dr. Maligno la pasó bien, vio algunos cómics y ya le echó el ojo (¡sí, lo sacó de la cuenca y lo arrojó!) a dos volúmenes de The Authority Revolution, editados en español por Norma. Es todo por hoy. Mañana, puede que más.
“Es un sexteto roquerísimo, muy loco, y tiene esa chispa que enciende al público”. Con esas palabras la Telaraña Musical –esa honorable sección de El asombroso Hombre-Araña–, nos saludó a los lectores el 4 de enero de 1989. Hace casi veinte años. Se hablaba de un grupo llamado Niños Eléctricos que, a estas alturas, debe ser –es, no andemos con rodeos– tierra de camposanto. Lo que perdura, en todo caso, es la portada de aquel título publicado en México por Editorial Novaro.
Ya que hablamos de encender al público.
En la portada, Spider-Man –sí, disfrazado– sostiene por la cintura a esa genial pelirroja, Mary Jane Watson, con su apretado vestido de novia. Al fondo, un corazón con el logotipo del superhéroe neoyorquino y, a cada lado, cuatro villanos y cuatro justicieros en feroz pose de batalla. El tagline: “¡Al fin nuestro héroe se casa con Mary Jane!”.
El Disco Roboto recién teletransportó a su sistema el número tres de la saga One More Day, de J. Michael Straczynski y Joe Quesada –el segundo más culpable que el primero– y su confusión es, desde ya, legendaria.
¿Cómo es que llega, un mal día, Joe Quesada y decide que Mary Jane es un estorbo para Peter Parker (a.k.a. Spider-Man)? Es cierto, One More Day, recién publicada en el país por Marvel México, es una de las grandes sagas en la historia del cómic creado por Stan-Lee. Y lo que viene, al parecer, no es singularmente desechable. Pero algo huele mal en esa pulpa de ideas llamada noveno arte. En primer lugar, y a modo de estocada, la linda pelirroja es, para los lectores de la historieta, tan importante como el propio trepamuros. Y no es de caballeros cambiar las cosas.
Para fundamentar su decisión, los autores de One More Day hablan de encuestas, de posicionamiento de los personajes entre el gran público y de la manera más segura de sostener el futuro de Spider-Man. Un amasijo de ideas que, desde hace algunos años, ronda más y más por las páginas del cómic, ni modo, comercial. Al final de la saga se reproducen las últimas páginas de La boda del Hombre Araña publicadas en México el 4 de enero de 1989. Y la broma parece cruel.
Queda claro que los editores de Marvel aspiran, como lo quisieron los redactores de la Telaraña Musical, a un producto “roquerísimo, muy loco” y que tenga “esa chispa que enciende al público”. Cualidades, todas, menores. Sin embargo –cuesta admitirlo–, el futuro no pinta mal. Es cierto, el Disco Roboto está enojado con Joe Quesada, pero también un poco emocionado por lo que sigue, siempre y cuando sea una situación pasajera. La opinión, desde esta azotea, es que no se puede regresar el tiempo y no se puede engañar a los lectores, cuya petición es simple: una consecución coherente con 46 años de seguir las páginas de nuestro amigable vecino, el asombroso Hombre-Araña.
Porque algunos, es sabido, llevamos demasiado tiempo en este mundo.
El Dr. Maligno sueña, usted bien lo sabe, con conquistar al mundo. Por eso, en uno de sus principescos arranques, decidió sacar estos bellos batimóviles de sus cajas diminutas y jugar, para decirlo así, unas carreras en pos del futuro de la humanidad. Adivine cuál ganó y en qué acabará esté capítulo.
Un trazo preciso –sobrio y nostálgico–, la presión justa sobre el lápiz y un vasto conocimiento de la anatomía humana. Michael Turner es una de esas figuras fugaces del noveno arte que, a pesar de su breve estadía en las páginas de las historietas, marcan, con su estilo, toda una época. El dibujante estadunidense –cuyo trabajo más reciente fue difundido en México a través de la saga Civil War– falleció el pasado 27 de junio a causa del cáncer: el hueco que deja en esa pulpa de cómic llamada realidad no es pequeño.
Junto con el canadiense Steve McNiven, Michael Turner es uno de los máximos representantes de la generación de los setenta –los treintones, pues– en las historietas anglosajonas. La diferencia entre ambos dibujantes es básica: mientras que el primero ha cultivado preferentemente la ilustración de interiores, el segundo fue conocido y será recordado como uno de los grandes portadistas del cómic a escala mundial.
De Wolverine al Capitán América y de Spider-Man al Dios del Trueno –sin olvidar a los Teen Titans ni a Batman–, los personajes tocados por el lápiz de Michael Turner combinan la vida con la pose parafinesca*. Entre lo serio y lo frío, el rasgo característico de su obra radica en los contornos y la libertad que su visión matemática le brindaron a los coloristas de sus personajes (en este punto habría que recordar que la mayoría de los dibujantes de cómics entregan su trabajo a lápiz y, más tarde, alguien les pone color).
No se tuercen los engranes de este Disco Roboto para afirmar que Michael Turner era un heredero, más que meritorio, de figuras legendarias del noveno arte como John Buscema y Frank Frazetta (ese realismo desbordante) y la generación que le precedió: la de David Lloyd (V for Vendetta) y Dave Gibbons (Watchmen). Vale la pena echarle un ojo a las portadas alternativas que, desde su estudio, Aspen, realizó el creador de Fathom para Civil War (Marvel).
Hacer la portada de una historieta es un arte más que especializado y el dibujante en turno tiene que encontrar una mezcla justa –que no sólo sintetice el contenido– entre la presentación de los personajes, el aporte humano y el dramatismo o aspecto lúdico en relación con la trama. Turner fue digno de ese encargo y se fue joven: queda su obra.
Descanse en paz.
*Si el chiste sobre la vela le pareció demasiado idiota, por favor no escriba a la dirección de correo electrónico posterior al punto final.
marigno@gmail.com