El descalabro Samsung
Esta columna se publicó en Público-Milenio el 24 de mayo. No la había publicado aquí por zángano. Hoy se cumplió un mes de la descompostura de mi Samsung. Y sigo sin celular: no sé aún por cuál aparato optar, todos me parecen muy caros. ¿Será que soy muy tacaño? Bueno, va la columna:
El 11 de mayo cumplió un año de servicio. Ocho días después, mi teléfono móvil Samsung SGH-T519 dejó de recibir señal. Es como un viejo con problemas de lucidez: de repente está activo; la mayor parte del tiempo, vegeta. Y para colmo la batería ahora sólo dura un día. Una cochinada.
Lo admito: se me ha caído al piso, varias veces, como a cualquier persona le ha pasado con su teléfono. Pero el mío sufrió un daño cerebral irreversible. Y es asqueroso: en la práctica no traigo celular, sólo una agenda telefónica que, a como están las cosas, no sería raro que le diera amnesia.
En la semana me recomendaron cambiar a Nokia. Ya tuve uno: el 3220. Dio batalla dos años, hasta que fue arrojado a un chapoteadero en una fiesta. Y se ahogó. Opté por el Samsung porque tenía funciones que yo necesitaba: una cámara fotográfica modesta, precisa para publicar en los internet; un reproductor de música en mp3, y conexión Bluetooth. Pero a la larga resultó un artículo muy caro: 91.6 pesos el mes.
Por supuesto es un chiste si lo comparamos con un iPhone sin contrato de Telcel, que ronda los 950 pesos al mes durante un año, pero hace un año yo apenas quería un teléfono para mantenerme comunicado y tomar fotos de la calle, sin mayores pretensiones.
“Samsung es el creador del núcleo de las iPod, el mismo que utiliza en sus celulares con mp3. Si quieres calidad en sonido, a buen precio, quédate con Samsung”, eso me recomendó un amigo por el Facebook. Pero no me convenció: además de calidad, necesito un artículo de uso rudo. Un cabezazo no debería provocar embolia a un celular.
Otro se acercó más a lo que he pensado últimamente: “Master, me prestas tu celular Samsung SGH-T519 este fin de semana, haré una carne asada, tomaré unas cervezas y justo después puedo reventar al [palabrota impronunciable en este periódico] de tu celular con un pinche marro que tengo en casa”.
También me recomendaron llevarlo a reparar, pero entonces me vienen a la mente las otras cosas que no me gustan, como su complicadísimo sistema para escribir mensajes, su excesiva sensibilidad en el teclado y su bajo volumen de alarma. Por lo pronto dejaré pasar el fin de semana y ya el lunes averiguaré cómo resuelvo el asunto. Si me necesitan, aquí abajo está el contacto.

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