Quiero evitarlo pero hoy no puedo. Una decena de amigos y mi madre, quien me apoda “Cerebro”, usualmente se despiden de mí recomendándome: no pienses tanto.
No pienso tanto, ¿qué es pensar?. Se destapan las preguntas como hacen los militares: interrumpen el sueño de los cadetes.
No es que ahora venga y diga mi opinión sobre el dualismo pensar/sentir.
Quiero hablarles de mis quehaceres, que la amiga con el ex, que el otro ex con la muchachita, que el papá y el nuevo hermanito, escasean las drogas abunda la advertencia futurista, el forzoso empuje al goce del presente.
Tengo un incómodo y desafortunado minuto 53 ahora.
En la mañana creí que iba a morir mientras me bañaba: “uno nunca sabe cuando le toca” y yo creí que segundo a segundo me tocaría.
En la bicicleta creí que me tocaría.
Frente al cajero creí que me tocaría.
Creí que me tocaría en este país y en esta hora.
Pero nada. Nacieron las hijas de mis amigos mientras la casa que dejaron se derrumba.
No pienso tanto y tampoco siento mucho. Hago lo que, seducida por la relación, identidad y actividad sin lógica, aún me vigila.



