julio 14th, 2010 — 8:37am
(Versión de Elvira Pila, uno de los coordinadores de los tastoanes de Tonalá)
El tastoán era gente humana como nosotros pero criado en la Sierra. Eran más bestias que gente.
Entonces un día Jesús mandó a los apóstoles Santiago y Jacobo darle la doctrina a los tastoanes, que en lugar de escucharlos toman a mal sus palabras y enfurecidos matan, despedazan y se comen a Santiago, porque los tastoanes creen que el evangelio son amenazas, no entendían en catecismo.
Jacobo regresa solo con Jesús: “¿Dónde está Santiago?”. “Se lo comieron los caníbales”. “Regresa y grítale a Santiago tres veces su nombre para que se transforme otra vez y se vuelva gente de nuevo”. “¡Santiago, Santiago, Santiago!”, gritó Jacobo. Santiago se transforma en como era antes y los dos regresan a salvo con Jesús, que los vuelve a enviar con los tastoanes para intentar adoctrinarlos de nuevo.
Llegan Santiago y Jacobo con los tastoanes. Los tastoanes intentan otra vez matarlos pero esta vez, Jacobo se agacha y Santiago se sube en sus hombros, Jacobo se transforma en un caballo blanco y juntos y ayudados por una perra varean a los tastoanes, vengándose de ellos. Los tastoanes se rinden. Santiago y Jacobo los dominan. Esa es la historia de tastoanes que mi abuelo Cirilo Pila le contó a mi padre Miguel Pila que yo cuento ahora a mis nietos.
PD. Los tastoanes se recrean cada 25 de julio en Tonalá.
entrevista: Dolores Garnica
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julio 7th, 2010 — 8:52am
¿Qué sucede cuando un talentoso pintor oaxaqueño se va de mojado a Chicago? Sucede una rica mezcla entre lo urbano, el campo, la leyenda, el smog, el estrés, la tranquilidad y la nostalgia, mucho de lo que últimamente se puede apreciar en el Museo de las Artes de la Universidad de Guadalajara, en Simplicidad compasiva, de Filemón Santiago, justo después de su exhibición y producción en el Museo de Arte Contemporáneo (Marco) bajo curaduría de Guillermo Sepúlveda, después de tremendo atracón visual con sus paisanos Rodolfo Morales, Rodolfo Nieto y Francisco Toledo durante los últimos dos años de curadurías del museo de Monterrey.
Simplicidad compasiva nos llega a Guadalajara para encontrar en ella esa vena pictórica que florece de entre identidades y choques culturales. Lo que diferencia a Filemón Santiago de Nieto o Toledo –aunque resulten más o menos contemporáneos– es un suceso: su viaje en 1979 a Chicago, Estados Unidos, después de estudiar con Roberto Donis en el Taller de Artes Plásticas Rufino Tamayo, historia que determinó su obra y el sentido expresivo del artista entusiasmado con los colores y las formas de su cultura, especialmente de la tradición de Ñuu Dzahui (mixteca).
Entonces lo descrito por Filemón Santiago podría dividirse, según Guillermo Sepúlveda, en tres etapas cronólógicas: primera obra inmersa en el sueño, el campo, la niñez y la identidad. Después sobre el choque de esta naturaleza en una ciudad lejana, para terminar con la madurez de un artista inmerso en una especial fusión después de la búsqueda. El recorrido bien podría hacerse con las claves que el propio Santiago dicta: del primer figurativo a su encuentro con De Chirico. De la nostalgia de los años ochenta (pocas sonrisas, muchas expresiones leves, distantes, pensativas) a la cruda acumulación de elementos, como si reuniendo el artista encontrara algo. Del paisaje a la compleja perspectiva de la iconografía religiosa, de la inocencia a lo alevosamente erótico sin perder la firma, el estilo. Una exposición para disfrutar en óleos, gouchés y acuarelas. ¿Se notará que el Museo de las Artes expone producciones de Guillermo Sepúlveda, Galería Quetzalli, FIL y a veces, a veces, curadurías locales?
opinión: Dolores Garnica
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junio 30th, 2010 — 8:54am
Un enorme tablero lleno de botones, palancas, luces, medidores y pantallitas: una consola negra. Ocho bocinas alrededor del artefacto: la mezcladora, formando un círculo con 50 sillas blancas en una gran sala de muros blancos. La imagen como de película de ciencia ficción. La nodriza del arte sonoro aterrizó en 2008 en la tristemente desaparecida La Planta Arte Contemporáneo Omnilife, comandada por Manuel Rocha.
Silencio absoluto. A las ocho de la noche entró sonriendo Manuel Rocha y explicó que lo que oiríamos esa noche sería música experimental: hora y media de sonidos que se explicaron con la vista, de imágenes descritas con sonidos. Ruidos por reconocer aunque la comprensión importara poco. Reconocimos ase murmullo del tráfico hecho música y arte y encontramos en él otra fuente de placer estético. Secuencias fantásticas, música cotidiana que subía y bajaba por el cuerpo como por los cables de la mezcladora. El sonido viaja del oído al cerebro, y el cerebro invade de impulsos a la vista como a la laptop de Rocha, su partitura. Recuerdo ese concierto del maestro de arte sonoro mexicano con cariño, a partir de allí y de amigos he aprendido poco a poco a disfrutarlo, reconocerlo y examinarlo. Nos guste o no, el arte sonoro ya es parte del arte contemporáneo tapatío y suele reunir muchísimos adictos. Es nota.
En los anales de la narrativa de las artes visuales el arte sonoro es un nuevo género, y en palabras de Rocha, el asunto ante el sonido en un museo es que “nosotros conectamos el aspecto visual al sonoro en nuestra cabeza”. Eso sucedió con los más de 50 espectadores, en vivo y sin colores esa noche hace dos años. Una a una las ocho bocinas hicieron magia. Las ruedas de las bicicletas chinas sonaron y el bullicio del centro de la ciudad de México subió el volumen para representar su grandeza. Somos una caja de ritmos constante, inquieta, única: un concierto inconsciente siempre en función.
Mientras la música de Rocha inundaba nuestras neuronas la lluvia inundaba a Guadalajara en 2008. Aquella vez, como hoy, Israel Martínez trae el genio de Manuel Rocha al Museo de la Ciudad el próximo martes 6 de julio a las 20:00 horas junto al músico Roberto Morales en el marco de la exposición Poli_foneo. Ojalá llueva.
opinión: Dolores Garnica
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junio 9th, 2010 — 8:44am

Lo mío fue amor a primera vista. Lo de Jis fue la primera idea y un montón de cariño. De Silvia Eugenia Castillero, Israel Carranza y Víctor Ortiz Partida, la linda revista Luvina: fue mi primera curaduría y acaba de estrenarse en papel (de venta en Sanborns y puestos de periódicos) y por Internet (www.luvina.com.mx). Esta fue una de las experiencias más agradables de mi carrera, esa rara, alegre y exigente compañera que normalmente me sorprende con proyectos que no planeo, pero que llegan.
Lo de Jis fue amor a primera vista porque fue Jis quien me enseñó que las arañas en el buró pueden ser amigas de tu papá, que hay un algo misterioso en todas las familias, que robar juguetes a los niños no es malo, que los tiliches nunca son defectos, que los pies descalzos son sexis y que ver monos en todos lados es más cuerdo, y sobre todo divertido, que el ceño casi siempre fruncido de la cordura, la sensatez y la verdad. Jis saluda a su mamá en sus correos electrónicos cotidianos, organiza peleas de perros en fotografías, se inventa un mono con una pata de ave y desde una manchita negra, escucha la música que me gusta, recoge ramas de árboles que parecen ardillas y dibuja, pinta, inventa, crea, raya e imagina cantidades industriales de monos al día.
Lo de la nueva Luvina es una curaduría y un texto que intenta explicar la fecundidad de la obra de Jis, el asombro ante su obra inteligente, aguda, medio ñoña y medio cándida: deliciosa. El artista visual tapatío distribuye todo lo que se inventa en libretitas, divide cada mono en tema y después vacía las imágenes en Moleskines, así que El arte de ver monos en todas partes describe un poco de ese paseo frenético, divertido y chiflado que es Jis todos los días. Fue un honor trabajar con mi amigo Jis. Lo mío fue amor a primera vista hace muchos años al ver y leer sus primeros monos, hoy después de conocerlo, esa primera impresión continúa.
monera: Dolores Garnica
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mayo 19th, 2010 — 9:15am

Una de las obra de Botero que se exhiben en el Cabañas
“Debo decir que el sentimiento que experimenté al pintar estos cuadros no es el mismo placer que siento pintando normalmente el mundo que yo pinto”, dijo Fernando Botero en una entrevista en Jalapa en marzo de 2009, cuando El dolor de Colombia se inauguró en la Pinacoteca Diego Rivera, un año antes de su llegada a Guadalajara, para engalanar el décimo tercer Festival Cultural de Mayo.
Suena extraña la cita si se piensa en los discursos desde y alrededor de Botero. El artista colombiano y sus personajes regordetes son famosos y reconocidos en el mercado —digamos “light” y “pop”— de las artes visuales (quizá junto a las manzanas de Martha Chapa, los poodles de Jeff Koons y los tiburones de Damien Hirst) desde los años sesenta, al justificar su estética como un señalamiento sarcástico de la burguesía, como una exageración física que atacaba esa zona de confort social habitada por políticos, líderes eclesiásticos y ricachones en un país como Colombia. Ataque fracasado y que al contrario, sedujo a quienes criticaba.
Los gordos no funcionaron y entonces Botero hizo de sus gordos personajes protagónicos y antagónicos en los problemas sociales, políticos y económicos de su país, inspirado y adolorido por su situación entre los años cincuenta y ochenta; al menos así se vende esta exposición que ya viajó desde 2001 del Museo Nacional de Colombia a más de 20 ciudades entre Europa y América, y que llega al Instituto Cultural Cabañas en un festival “tutifruti”.
Yo que me hacía ilusiones con la probable visita de la única serie que me interesa de Botero debido a los comentarios que suscitó desde 2004, Abu Ghraib, inspirado en los desmanes de las tropas estadounidenses en la prisión iraquí que para Arthur C. Danto significó “sumergirse en la experiencia del sufrimiento. El dolor de los demás rara vez ha sentido tan cerca” y que visitó el Centro de las Artes del Parque Fundidora de Monterrey en 2008. ¿Qué no se puede aspirar a una exposición así para el Instituto Cultural Cabañas en el marco de uno de los festivales más importantes de Guadalajara? ¿Por qué tenemos que sorprendernos y sentirnos halagados por esta visita de Botero?
opinión: Dolores Garnica
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