July 7th, 2010 — 8:52am
¿Qué sucede cuando un talentoso pintor oaxaqueño se va de mojado a Chicago? Sucede una rica mezcla entre lo urbano, el campo, la leyenda, el smog, el estrés, la tranquilidad y la nostalgia, mucho de lo que últimamente se puede apreciar en el Museo de las Artes de la Universidad de Guadalajara, en Simplicidad compasiva, de Filemón Santiago, justo después de su exhibición y producción en el Museo de Arte Contemporáneo (Marco) bajo curaduría de Guillermo Sepúlveda, después de tremendo atracón visual con sus paisanos Rodolfo Morales, Rodolfo Nieto y Francisco Toledo durante los últimos dos años de curadurías del museo de Monterrey.
Simplicidad compasiva nos llega a Guadalajara para encontrar en ella esa vena pictórica que florece de entre identidades y choques culturales. Lo que diferencia a Filemón Santiago de Nieto o Toledo –aunque resulten más o menos contemporáneos– es un suceso: su viaje en 1979 a Chicago, Estados Unidos, después de estudiar con Roberto Donis en el Taller de Artes Plásticas Rufino Tamayo, historia que determinó su obra y el sentido expresivo del artista entusiasmado con los colores y las formas de su cultura, especialmente de la tradición de Ñuu Dzahui (mixteca).
Entonces lo descrito por Filemón Santiago podría dividirse, según Guillermo Sepúlveda, en tres etapas cronólógicas: primera obra inmersa en el sueño, el campo, la niñez y la identidad. Después sobre el choque de esta naturaleza en una ciudad lejana, para terminar con la madurez de un artista inmerso en una especial fusión después de la búsqueda. El recorrido bien podría hacerse con las claves que el propio Santiago dicta: del primer figurativo a su encuentro con De Chirico. De la nostalgia de los años ochenta (pocas sonrisas, muchas expresiones leves, distantes, pensativas) a la cruda acumulación de elementos, como si reuniendo el artista encontrara algo. Del paisaje a la compleja perspectiva de la iconografía religiosa, de la inocencia a lo alevosamente erótico sin perder la firma, el estilo. Una exposición para disfrutar en óleos, gouchés y acuarelas. ¿Se notará que el Museo de las Artes expone producciones de Guillermo Sepúlveda, Galería Quetzalli, FIL y a veces, a veces, curadurías locales?
opinión: Dolores Garnica
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June 30th, 2010 — 8:54am
Un enorme tablero lleno de botones, palancas, luces, medidores y pantallitas: una consola negra. Ocho bocinas alrededor del artefacto: la mezcladora, formando un círculo con 50 sillas blancas en una gran sala de muros blancos. La imagen como de película de ciencia ficción. La nodriza del arte sonoro aterrizó en 2008 en la tristemente desaparecida La Planta Arte Contemporáneo Omnilife, comandada por Manuel Rocha.
Silencio absoluto. A las ocho de la noche entró sonriendo Manuel Rocha y explicó que lo que oiríamos esa noche sería música experimental: hora y media de sonidos que se explicaron con la vista, de imágenes descritas con sonidos. Ruidos por reconocer aunque la comprensión importara poco. Reconocimos ase murmullo del tráfico hecho música y arte y encontramos en él otra fuente de placer estético. Secuencias fantásticas, música cotidiana que subía y bajaba por el cuerpo como por los cables de la mezcladora. El sonido viaja del oído al cerebro, y el cerebro invade de impulsos a la vista como a la laptop de Rocha, su partitura. Recuerdo ese concierto del maestro de arte sonoro mexicano con cariño, a partir de allí y de amigos he aprendido poco a poco a disfrutarlo, reconocerlo y examinarlo. Nos guste o no, el arte sonoro ya es parte del arte contemporáneo tapatío y suele reunir muchísimos adictos. Es nota.
En los anales de la narrativa de las artes visuales el arte sonoro es un nuevo género, y en palabras de Rocha, el asunto ante el sonido en un museo es que “nosotros conectamos el aspecto visual al sonoro en nuestra cabeza”. Eso sucedió con los más de 50 espectadores, en vivo y sin colores esa noche hace dos años. Una a una las ocho bocinas hicieron magia. Las ruedas de las bicicletas chinas sonaron y el bullicio del centro de la ciudad de México subió el volumen para representar su grandeza. Somos una caja de ritmos constante, inquieta, única: un concierto inconsciente siempre en función.
Mientras la música de Rocha inundaba nuestras neuronas la lluvia inundaba a Guadalajara en 2008. Aquella vez, como hoy, Israel Martínez trae el genio de Manuel Rocha al Museo de la Ciudad el próximo martes 6 de julio a las 20:00 horas junto al músico Roberto Morales en el marco de la exposición Poli_foneo. Ojalá llueva.
opinión: Dolores Garnica
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June 16th, 2010 — 8:28am
No sé qué me indigna más de Admit one en el Museo Raúl Anguiano: la baja calidad de la exposición, la desfachatez de Coco Álvarez y su novia, el poco pudor de la Dirección de Cultura de Guadalajara o el silencio de prensa ante lo que sucede.
¿Desea usted convertirse en un reconocido artista visual? Contrate a dos buenos curadores: Carlos Ashida y Rubén Méndez, pida a Baudelio Lara que escriba algo sobre su obra y consígase todas las salas de un museo más o menos reconocido para su primera retrospectiva de “obra nueva”. Parece fácil, pero como decía mi abuelo: “La chapuza siempre acusa”.
Sólo falta ver. Un día después de la inauguración de Admit one apareció en cada sala un letrero: “Para informes sobre la obra comunicarse al…” teléfono y correo electrónico de Manón Vachez, novia de Coco y hermana de Myriam Vachez, directora de Cultura del Ayuntamiento de Guadalajara. ¿Inocencia o desfachatez? Observé los letreros apenas ayer estorbando la curaduría, el intento que no resultó ni en manos de Ashida ni de Méndez. La obra de Coco Álvarez (y digo esto intentando olvidar por un segundo los asuntos de noviazgos, museos, relaciones y familias políticas) se nota primeriza, superficial, sin técnica y sin concepto. Son fotografías, instalaciones y arte objeto demasiado fáciles y literales, poco originales y creativos. Lindas fotos de viajes, pero nada más.
Y como la chapuza siempre acusa, habrá que notar cómo es que ni siquiera los intentos de Álvarez y sus amores resultaron. La curaduría forzada para intentar que la obra dijera algo simplemente no resultó. Baudelio Lara intentó escribir algunas líneas, pero jamás de animó a nombrar “artista” al señor Coco. Si los detractores del arte contemporáneo visitaran la exposición, obtendrían fantásticos argumentos (o quizá les encante), pero como los malos pintores no hacen la pintura, tampoco los falsos creadores visuales definen a su medio. Lo que se demostró es que ni los curadores ni los museógrafos ni los críticos pueden crear algo de la nada.
Tengo una idea, ¿por qué no explican que la exposición en realidad es una mega instalación-acción sobre cómo crear un artista reconocido con mucho presupuesto?
opinión: Dolores Garnica
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June 9th, 2010 — 8:44am

Lo mío fue amor a primera vista. Lo de Jis fue la primera idea y un montón de cariño. De Silvia Eugenia Castillero, Israel Carranza y Víctor Ortiz Partida, la linda revista Luvina: fue mi primera curaduría y acaba de estrenarse en papel (de venta en Sanborns y puestos de periódicos) y por Internet (www.luvina.com.mx). Esta fue una de las experiencias más agradables de mi carrera, esa rara, alegre y exigente compañera que normalmente me sorprende con proyectos que no planeo, pero que llegan.
Lo de Jis fue amor a primera vista porque fue Jis quien me enseñó que las arañas en el buró pueden ser amigas de tu papá, que hay un algo misterioso en todas las familias, que robar juguetes a los niños no es malo, que los tiliches nunca son defectos, que los pies descalzos son sexis y que ver monos en todos lados es más cuerdo, y sobre todo divertido, que el ceño casi siempre fruncido de la cordura, la sensatez y la verdad. Jis saluda a su mamá en sus correos electrónicos cotidianos, organiza peleas de perros en fotografías, se inventa un mono con una pata de ave y desde una manchita negra, escucha la música que me gusta, recoge ramas de árboles que parecen ardillas y dibuja, pinta, inventa, crea, raya e imagina cantidades industriales de monos al día.
Lo de la nueva Luvina es una curaduría y un texto que intenta explicar la fecundidad de la obra de Jis, el asombro ante su obra inteligente, aguda, medio ñoña y medio cándida: deliciosa. El artista visual tapatío distribuye todo lo que se inventa en libretitas, divide cada mono en tema y después vacía las imágenes en Moleskines, así que El arte de ver monos en todas partes describe un poco de ese paseo frenético, divertido y chiflado que es Jis todos los días. Fue un honor trabajar con mi amigo Jis. Lo mío fue amor a primera vista hace muchos años al ver y leer sus primeros monos, hoy después de conocerlo, esa primera impresión continúa.
monera: Dolores Garnica
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May 26th, 2010 — 9:13am
Para festejar sus 20 años de carrera en las artes visuales es la retrospectiva de Abel Galván en el ex convento del Carmen. El jardín de la memoria es un repaso por la obra del artista que se asume generación con Sergio Garval, Carlos Vargas Pons, Roberto Pulido, Enrique Monraz y Samuel Meléndrez. 20 años de carrera reunida por todo el centro cultural para describir una trayectoria de esas que hablan mucho, pero dicen poco.
Es una sensación que surge desde una de las polémicas más largas y discutidas en la historia del arte: fondo-forma, idea-técnica, discurso-soporte o como el estimado lector desee nombrar a la dupla. Según algunos estudiosos del arte contemporáneo la belleza ya no es un valor que define lo que es y lo que no es arte, y esta cualidad es la que define mejor la obra de Abel Galván: bonita, colorida y armónica. No necesariamente bien hecha, pero sí entretenida. Mi hipótesis sobre Abel Galván no pretende descalificarlo, pero supone al creador más como diseñador que como artista visual. Sabe bien unir colores pero se queda analfabeta en el lenguaje abstracto y figurativo.
La obra durante los 20 años de trabajo de Abel Galván muestra un estilo consistente pero muy poco de evolución y vanguardia. Se contenta sobre esa la línea entre lo tradicional y lo contemporáneo y creo que esa sensación de inconsistencia se debe, sencillamente, a la falta de ideas. Su obra no resulta de un proceso contemporáneo y se estaciona en la mera espectacularidad de lo tradicional. Baña bicicletas, botes, puertas, más bicicletas y hasta un automóvil de pintura, ejercicio seguramente divertido, pero ante los resultados, suele no suceder nada. Ni pregunta ni responde ni discute ni enfrenta ni señala ni inquieta ni sensibiliza ni descubre ni… Abel Galván es un buen diseñador, y si se visita El jardín de la memoria bajo este supuesto, resulta un recorrido agradable.
opinión: Dolores Garnica
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