
De J.M. Servín se han dicho muchas cosas. De sus libros, más. ¿La constante? Su capacidad para retratar a la ciudad de México, sobre todo sus bajos mundos. Ahí donde nadie quiere entrar, Servín se mueve como pez en el agua. Y luego lo cuenta. Así nació la novela Al final del vacío (Random House-Mondadori, 2007) y el libro de relatos Revólver de ojos amarillos (Almadía, 2008).
Ahora aparece ahora el libro DF Confidencial, texto que reúne una serie de crónicas que, detalla el narrador, surgió como parte del “trabajo de investigación de varios años con motivo de la preparación la novela y el libro de relatos. Obviamente ambos tienen que ver con los bajos fondos de la ciudad de México. Los textos obedecen a la necesisdad personal de escribir sobre la cotidianidad de la ciudad de México”. La trilogía está completa y ahora nos cuenta algo más.
El texto abre con una especie de reivindicación de la crónica como género periodístico, ¿por qué?
El texto más que reivindicativo es una refléxión sobre las posiblidades de la crónica como un género narrativo mayor, no subsidiario de otros géneros como pueden ser el cuento o el ensayo. El periodismo literario, por llamarlo con términos genéricos, sí está subvalorado, pese a que en México hay una gran tradición de cronistas. Hoy en los medios impresos de comunicación no hay espacio para la crónica ni para el reportaje de largo aliento. Las necesidades están coartadas por la imagen y la opinión.
¿La ausencia de crónicas merma al oficio periodístico?
Muchísimo, porque cada vez el periodista hace menos periodismo, menos literatura desde el periodismo. Se cuida menos el lenguaje, el estilo, todos están condicionados por las necesidades editoriales y mercadológicas. Es muy complicado para un reportero que trabaja en un medio hacer un trabajo de mayor reflexión y reposo, darle seguiiento a una historia que lo enfrente a mayores riesgos.
¿A los periodistas les falta salir a la calle?
Uno de los fundamentos del periodismo está en salir a la calle y decir lo que pasa. Cuando era apenas un joven que deseaba incursionar en el periodismo, Mark Twain estaba atribulado porque no sabía de qué escribir. Uno de sus primeros editores le dijo que saliera a la calle y narrara lo que viera con el meno número de palabras posibles. Un país tan convulso como el nuestro representa fuente inagotable de historias. Es responsabilidad de medios, reporteros y colaboradores cumplir con ese objetivo: contar más allá de las necesidades mediáticas, corporativas o mercadotécnicas.
¿Cómo fue que decidiste separar todo el material en tres proyectos distintos?
Lo que pasa es que cada narración tiene su espacio y su momento. Los textos que aparecen aquí [en DF Confidencial] forman parte de un todo, pero que por sus características —que están construidos desde la realidad misma y requerían una mayor precisión en datos— no tenían lugar en una novela o en un cuento. Sí tenían validez para medios impresos con periodicidad, como las revistas. Esas son las pequeñas grandes diferencias. No quiere decir que sean subsidiarios. Simplemente por sus características encontraron su propio acomodo.
Y así surgió esta trilogía espontánea…
No fue tan espontánea, porque desde un principio el objetivo era narrar aspectos de la ciudad de México, que es un microcosmos del país entero. Lo que sucede es que cada proyecto obedecía a diferentes ritmos, formas de entender y narrar las cosas. Incluso para este libro tuve que depurar, quitar crónicas que no eran sobre la picaresca humana y se metían en cosas como la música, el cine, escritores que exploran la nocturnidad de las ciudades. Fue un proceso de seleccionar, corregir, reescribir textos que se ajustaban más al propósito.
¿Qué temas buscabas plasmar en las crónicas?
Todo el asunto de la vida cotidiana a partir de lo que significa la continua trasgresión de la ley. Todo lo que puede florecer bajo la corrupción, la ilegalidad, el quebrantimento de leyes, normas. Vivimos una cultura que tiene un pie en lo ilegal, está en nuestros usos y costumbres. Nos enojamos porque nos multan por estar en doble fila, pero no tenemos empacho en comprar piratería, acudir a la reventa o tolerar trapacerías políticas.
¿Cuánto te llevó escribir del libro?
Empecé a escribir las crónicas a finales de 2003 y hay textos de este año. Muchos han ido apareciendo en revistas como Día 7 o DF, pero otros estaban inéditos. Cada vez menos espacios para publicar este tipo de periodismo que, hay que decirlo, es periodismo literario, no de proselitismo ni denuncia. No es un libro de choque donde se destapen corruptelas de poderosos o famosos.
Muchos de los textos conservan su vigencia a pesar del paso de los años…
Lo que se espera de una buena crónica o un buen reportaje es que sean atemporales, que se puedan leer en diez años y sigan teniendo un atractivo como material de lectura. Ese es el reto de un escritor, sin importar el medio o el recurso narrativo. Que el texto trascienda la inmediatez del momento.
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Preguntón: Turco Viejo // Foto: cortesía editorial Almadía.
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