Categoría: literatura


Los Indios Remisos de Toledo

agosto 1st, 2011 — 9:25am

“¿Que qué me ha dejado el grabado? Pues muchos fierros, muchos cobres.”

-Francisco Toledo

A principios de los ochentas, en el Taller de Grabado de Mario Reyes en la Ciudad de México, el maestro Francisco Toledo (Juchitán, Oaxaca, 1940) modificó varias placas de grabados coloniales religiosos.  Al herirlas con puntas de diamante y atacarlas con ácidos, les brindó otro carácter a estas escenas de pasajes clásicos de la imaginería católica.

Para quien no lo conozca, aquí está el artista juchiteco. En el Callejón lo amamos por su absoluta genialidad, su ácido humor y su irreverencia, entre muchas otras cosas.

En una entrevista reciente, el artista oaxqueño rememoró la ejecución de este trabajo, aseverando con una sarcástica seriedad que a Mario Reyes no se le entiende nada cuando habla -dicen por ahí que eso es cierto, yo no lo puedo asegurar ya que no he tenido el honor-. Y que además, por alguna extraña razón, el ácido se rehusaba a atacar apropiadamente las placas.

Una de las placas de la serie "Indios Remisos" intervenidas por Toledo

“Mario lo atribuyó a una señal divina. Él es un hombre muy católico.” – afirmó el artista sin apartarse del sarcasmo. Los que conocemos algo del impresor y también artista por cuyo Taller de Gráfica han pasado nombres de la talla de José Luis Cuevas y Leonora Carrington, sabemos que Reyes es completamente ateo.

En una de las placas, una multitud de ánimas en pena se cubre con paragüas para evitar ser salpicados por la sangre de Cristo quien derrama líquido hemático a raudales. Sobre el tablón transversal de la cruz, un extraño conejo con cola de zorro otea la escena. En otra, la Virgen María derrama sus bendiciones -literalmente- a travéz de una manguera negra sobre la jícara que un fiel venerador le ofrece. En aquella, Cristo sostiene un colorido tambor rojo con todo y las baquetas entre sus manos cruzadas, un diablo contorsionista describe con su cuerpo un medio círculo dentro de su alba túnica.

Placas religiosas coloniales intervenidas por el artista oaxaqueño

Una de nuestras placas favoritas de la serie. No pudimos encontrar una imagen de mejor tamaño, por ello nos disculpamos. Pero no podíamos dejar de postearla.

Todas estas imágenes las produjo el maestro al mismo tiempo que Carlos Monsivaís escribía los cuentos que irían emparejados con ellas. La publicación titulada “Nuevo Catecismo para Indios Remisos” incluye en su edición de la casa editorial Era nueve de los grabados del artista gráfico.

Francisco Toledo no es “sólo” grabador, también es pintor, editor, ceramista, escultor y promotor cultural. Es el artista mexicano vivo más cotizado dentro y fuera de México. Es un personaje al que no puedes dejar de adorar ya que después de ser sacudido por la fuerza de su trabajo, lo descubres siendo completamente sencillo en las entrevistas, con la simplicidad de quien está tan seguro de su lugar en el mundo que no siente la necesidad de explicar nada. Bajo su exterior aparentemente rústico se esconde su tremendo intelecto, afilándose las uñas para saltar con su fino sarcasmo sobre cualquier interlocutor que no esté a la altura con un latigazo verbal, de esos que no se sienten sino hasta un rato después, cuando te das cuenta de que te pendejearon sin darte cuenta.

Una muestra de esta faceta de su personalidad la ví claramente en su exposición Los Cuadernos de la Mierda, la cual fué albergada por el Museo de las Artes de la UdeG hace algunos años. En esta muestra había 56 imágenes de un total de 1,500 que el maestro realizó durante su estadía en Francia a mediados de los ochenta. Esta obra fué entregada a la Secretaría de Hacienda y Crédito Público en el año 200o como parte del programa “pago en especie”.

En el universo que nos presentó se fundían tradiciones milenarias con escenas cotidianas y fantásticas, en las que intervinieron animales, esqueletos, insectos y calacas que defecaban solitarias o en grupos de animada charla. Todo para la honorable secretaría que maneja nuestros impuestos.

Una calaquita defeca

Les recomiendo ampliamente que se den una vuelta a su librería con sillones favorita, vayan a sección de arte, tomen un libro con imágenes de él y dejen que su iconografía les hable a través de los ojos.

Su visita no será corta.

A mí ya me entraron ganas de ir a Oaxaca.

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Del Plomo al Oro, Leonora

junio 9th, 2011 — 6:08pm

“La única persona que presenció mi nacimiento fue nuestro querido y fiel fox terrier, Boozy, y un aparato de rayos X para esterilizar vacas”-Leonora Carrington en su ensayo satírico: “Jezzamáticas o introducción al maravilloso proceso de pintar”.

Mandaron a Leonora a ser presentada en la corte de Jorge V. Era una mujer joven, hermosa y de acaudalada familia: un excelente partido.

Corría el año 1934 en Inglaterra.

A la chica le importó más hacer amistad con los animales del zoológico de Londres -especialmente con una joven hiena con la que se identificó, y que sería la base para un cuento que escribiría mas tarde: “La debutante”-  que coquetear con los chicos adinerados de la alta burguesía. Desde que era una niña que recorría con ojos maravillados los salones de su casa paterna -Crookhey Hall- en el condado de Lancashire, Leonora era ya una pequeña alucinada: un ser extraordinario lleno de sensibilidad, impresionable y empático. Creció escuchando leyendas de la mitología celta de los labios de su nana irlandesa Mary Kavanaugh y de la madre de su mamá: la abuela Moorhead:

“Mi amor por la tierra, la naturaleza, los dioses, me lo dió la madre de mi madre, que era irlandesa de Westmeath, donde existe un mito sobre hombres llamados la “gente pequeña” que pertenecen a la raza de los Sidhe, y que viven bajo tierra en el interior de las montañas. Mi abuela solía decirme que éramos descendientes de aquella raza antigua que empezó a vivir mágicamente bajo tierra cuando la suya fue tomada por invasores de diferentes ideas políticas y religiosas. Prefirieron irse a vivir debajo de la tierra, y allí dedicarse a la magia y la alquimia, pues sabían transmutar el oro. Las historias que mi abuela me contaba se fijaban en mi mente y me aportaban imágenes mentales que luego dibujaba en papel”.

"Martes" Temple sobre tabla

El fallido debut de Leonora en la alta sociedad británica no fué algo sorpresivo. Rechazada de varios internados por su naturaleza “ingobernable” e “indeucable”, Carrington demostró desde pequeña su naturaleza anticonvencional, rehusándose a someterse a nada que no le mandara su corazón. Volvió al norte de Inglaterra dispuesta a convencer a sus padres de que la enviaran a estudiar arte a Londres, cosa que consiguió a regañadientes. Ingresó en la academia de arte del pintor purista Amedeé Ozenfant, de donde aprendió sobre todo la disciplina y el rigor que también caracterizarían su quehacer artístico. La capital inglesa también sería donde conocería a su primer gran amor: el pintor surrealista de origen alemán Max Ernst.

“Conocí a Max estando aún en Ozenfant. Fue amor a primera vista. Mi cerveza comenzaba a desbordarse y Max puso su dedo sobre ella para que no se derramara sobre la mesa. Y esa fue la historia de mi gran amor.”

Desde Londres se trasladó a París en contra de los deseos de sus padres, quienes estaban escandalizados de su relación con un hombre mayor, y casado por añadidura. Leonora se reunió con Ernst en Francia, y al lado de él aprendió una nueva forma de ser ella misma, aumentando su producción artística, insertándose en el círculo surrealista, negándose a tomar el papel de simple “musa” o cualquier otro rol que que evocara los roles pasivos que este movimiento artístico les asignaba a las mujeres. Se podría llegar a decir, de hecho, que Ernst fue el inspirador de Leonora, su “musa” por así decirlo. Ella lo inmortalizó de este modo en un retrato vibrante en el que él aparece en un paisaje gélido, sosteniendo una esfera de cristal que contiene un caballo: animal con el que Carrington se identificó fuertemente a lo largo de su vida.

"La posada del caballo del alba" Óleo sobre tela

Max y Leonora se mudaron al sur de Francia, donde vivieron un tiempo de paraíso hasta que la Segunda Guerra Mundial irrumpió en su idilio y Ernst fué arrestado y separado de Leonora. Carrington tomó muy mal la detención de su pareja, cayendo en una fuerte crisis nerviosa. En ese estado la encontró su amiga Catherine Yarrow, quien la llevó consigo a España donde tras un episodio especialmente angustiante fué internada en una clínica en Madrid por seis meses.

“De repente me dí cuenta de que era mortal y vulnerable y podía ser destruida. Antes no pensaba lo mismo”.

Desde Inglaterra su familia solicitó que la transfieran a una institución en Sudáfrica, en el traslado Leonora logró escaparse en Lisboa y conseguir asilo en el Consulado Mexicano, donde su amigo Renato Leduc accedió a casarse con ella para auxiliarla y se trasladaron a Nueva York. En esta ciudad, ya recuperada de su roce con la locura retomó su quehacer artístico, exponiendo y colaborando en revistas para finalmente establecerse en México, donde formó cercanas amistades con intelectuales y artistas refugiados de guerra como Remedios Varo, Benjamín Péret y el fotógrafo Emrico Chiki Weisz, quién se convertiría en su compañero de vida tras su divorcio de Leduc.

Durante la década de los 40, Leonora insiste en pintar mujeres de grandes dimensiones, posteriormente, inspirada por pintores medievales como El Bosco, comienza a fragmentar sus composiciones y a utilizar la técnica de temple al huevo.

"La giganta" Óleo sobre lienzo

Desde los principios de su carrera, Carrington se mostró siempre como una feminista, interesándose en los problemas y desafíos que enfrentan las mujeres en comparación con los hombres no sólo en el ámbito artístico, sino en todas las facetas de la sociedad. El nacimiento de sus hijos Gabriel y Pablo, en la segunda mitad de los años 40, no disminuyó su producción creativa. La maternidad fue una experiencia profundamente positica para la pintora, sin embargo ella objetaba el exceso de trabajo que recaía en las mujeres con la crianza de los niños, y a menudo le decía a su amiga la también pintora Remedios Varo: “Necesitamos una esposa, como las que tienen los hombres, para poder trabajar todo el tiempo y que otro se encargue de la cocina y los niños, ¡Los hombres están muy mal acostumbrados!”.

“La tentación de San Antonio” Óleo sobre tela

En los años 5o los personajes híbridos comienzan a incursionar en las obras de Leonora, sus espacios se vuelven más acotados, su simbolismo, que desde siempre se nutrió de fuentes esotéricas y fantasiosas, toma un cariz alquímico mucho más marcado. Sus obras me recuerdan a los grabados crípticos del Libro Mudo, antiguo tratado de alquimia cuya primera edición íntegra data de 1677.

De ella se expresaron muchos de sus amigos y amigas, Octavio Paz la llamó: “Hechicera hechizada, insensible a la moral social, a la estética y al precio”. La galerista Inés Amor dijo de ella, en 1975, que “Es una pescadora de sueños o estrellas”. El crítico de arte Luis Carlos Emerich dijo que Leonora era: “Una fantasía en pie, con la fantasía como sello. Una mujer culta e inteligente que parece tenebrosa pero que es un chistorete cotidiano. Creadora de mundos donde confluyen el juego eterno del bien, el mal, y el conocimiento. Pintora compleja, abigarrada, irónica, con una sintaxis que escapa a la anécdota. Surrealista que es pura intuición y sabiduría de los valores esenciales: vida, muerte, destino y trascendencia del ser.”

Leonora nos dejó el 25 de mayo pasado. Tenía 94 años. Sus esculturas adornan el Paseo de la Reforma de la Ciudad de México. Cuando pienso en ella, me maravillo de saber que vivió un círculo completo, convirtiéndose ahora en leyenda, dejándonos todo un manual de cómo convertir el plomo en oro.

"La hija del Minotauro" Óleo sobre lienzo

"La cocina aromática de la abuela Moorhead" Óleo sobre lienzo

“Estoy armada de locura para un largo viaje”

-Leonora Carrington

En este año salió publicada la novela “Leonora”, de la escritora, activista y política mexicana Elena Poniatowska, amiga íntima de la pintora. En esta obra, Poniatowska retrata la vida de la artista, desde sus orígenes como heredera de un magnate textil hasta su elección de llevar una vida distinta. La novela ganó el Premio Seix Barral de Biblioteca Breve.  

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Nunca lo abandonó el duende de la inspiración

enero 27th, 2011 — 2:48pm

En la pasada edición de la FIL compré un libro hermoso con las narraciones de uno de mis hombres perturbados favoritos de todos los tiempos: Los cuentos de imaginación y misterio de Edgar Allan Poe. La edición es bellísima, la editorial es la española Zorro Rojo: tapa dura, papel de ese que huele a fibra virgen, introducción de Julio Cortázar….una chulada, y las ilustraciones: una exquisitez del uso del canutero por parte de un tal Harry Clarke. Gracias a este súbito enamoramiento del trabajo de este irlandés es que me volví a volcar en la tinta: por eso, Señor Clarke, este callejón de porquería le dedica este post. Con suspiritos y todo.

La verdad sobre el caso del señor Valdemar, tinta de Harry Clarke

Clarke nació en Dublín en 1892, fué el hijo más pequeño de una familia de artesanos. En su adolescencia estudió el arte de los vitrales y de hecho, es considerado el más grande vitralista de Irlanda al margen de su carrera como ilustrador.

Su rico empleo del color, la delicada manera de representar la figura humana: alargada y elegante, los expresivos rostros de ojos profundos, son características que distinguen un vitral de este autor. A lo largo de su corta vida (murió a los 41 años) Clarke creó más de 160 vitrales para encargos religiosos y comerciales en países como su natal Irlanda, Inglaterra, Estados Unidos y Australia. Nunca he visto uno en vivo, pero verdaderamente no se parecen a nada que yo haya encontrado en mis correrías por el mundo. Y he andando por ahí.

Vitral realizado por Clarke, se encuentra en la localidad inglesa de Sturmister Newton

La ventana de Ginebra, ejecutada en 1929

Aunque el verdadero amor de la vida de Clarke haya sido el trabajo en vidrio, -dibujaba mejor en él que muchos artistas en papel, dándonos una idea de su enorme capacidad- sus obras como ilustrador también son capaces de dejarnos clavados sin dejar de mirar los intrincados detalles de su trabajo en blanco y negro. Clarke debió ser un obsesivo en su vida cotidiana, un neurótico de sensibilidad exquisita y disciplina de hierro. Las ilustraciones que hizo de las obras de Hans Christian Andersen, Charles Perrault, Poe y el “Fausto” de Goethe son verdaderos laberintos de detalles barrocos, una fiesta para el sentido de la vista de cualquier amante de las sutilezas. Y aunque se le compara con otros ilustradores de la llamada “Era de Oro de la Ilustración” como Audrey Bearsley, Edmund Dulac o el mismísimo Arthur Rackham,  el trabajo de Clarke logra ser perfectamente distinguible del resto de los trazos de sus contemporáneos gracias a la vibración siempre intensa de su dibujo, como un concentrado de todos los pensamientos y emociones que se agolpaban en su espíritu, haciendo fila para salir, por fin, a través de su virtuosa mano. Personalmente, encuentro el trabajo de Clarke mucho más elaborado, más interesante, y claro, mucho más perturbador que el de sus colegas.

Una imagen de Clarke para el "Fausto" de Goethe, la imaginería del irlandés prefiguró la sicodelia que imperaría en los años 60´s

El pozo y el péndulo de Poe, por Harry Clarke

Estremecedor "El Corazón Delator" de Poe interpretado por Clarke

Un genio inusual, Harry Clarke.

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Sin deseos de ser de otra manera

enero 13th, 2011 — 8:08pm

“I know very well that I would be better off living normally, better off keeping to the straight and narrow, not to be (at the age of 30 years) as futile as Cherubino di amore for Beaumarchais (…). I know that I do not have enough respect for the law, that I am as scatterbrained as a mayfly, and as unworried as a monk, I know that I do not contribute to the good of the State but that which you do not suspect and that which will cause all serious people to faint, right up until the fifth male generation, is that I am happy and almost proud of being like this and not otherwise…. I hope that this surpasses the boundaries of decent insanity…”

-”Sé muy bien que estaría mejor viviendo normalmente, mejor si me mantuviera en lo derecho y estrecho, no ser (a la edad de 30 años) tan fútil como Querubino como con su amor por Beaumarchais (…) Sé que no tengo suficiente respeto por la ley, que soy tan atolondrado como una efímera, tan despreocupado como un monje, sé que no contribuyo al bien del Estado, pero lo que no sospechas es que aquello que hace que la gente seria se desmaye, hasta la quinta generación masculina, es que estoy feliz y casi orgulloso de ser así y no de otro modo…espero que esto sobrepase los límites de la locura decente…”

-Carta de Félicien Rops a Emile Leclerq, 1863

Una chica casi desnuda, joven y absolutamente deseable lleva sujeto a un cerdo, camina sobre un friso exquisitamente esculpido, con sus botines y sus medias de lazo, manteniendo un perfecto equilibrio a pesar de llevar los ojos vendados por debajo de su sombrero de terciopelo negro. Un moño azul le ciñe la cintura, como si fuera el cinto que acabaría por realzar su figura si llevara el vestido. De hecho, la chica lleva todas las prendas que corresponderían a alguien de su estatus y condición; menos las principales, las que la pondrían a  salvo de las miradas lascivas. Es esta falta de pudor básico, y en que precisamente lleva cubierto aquello que uno quizá podría ver sin tanta alharaca, lo que hace parecer aún más desnuda a la muchacha.

"Pornókrates" la obra más conocida de Félicien Rops

Se han hecho múltiples análisis de esta obra: que si el cerdo representa las bajas pasiones dominadas apenas, que si mas bien es el dominio del hombre por parte de la mujer a través del sexo, que si los ángeles que revolotean alrededor de la mujer son sus antiguos amantes, algo es cierto, al autor de esta obra, el grabador y dibujante belga Félicien Rops, el debate le hubiera parecido maravilloso.

Rops nació en 1833, su talento para descubrir en imágenes las falsedades de su tiempo, su mirada agudísima a las hipocresías de la sociedad en que habitaba, y su técnica impecable, lo llevó a ser uno de los simbolistas más polémicos y respetados de su momento. En su trabajo siempre hay un trasfondo, un mensaje entre líneas que incluso nos hace olvidarnos por un momento de su magnífica técnica.

Fué precisamente su extraordinaria habilidad la que le trajo reconocimiento de varios artistas, ello le abrió las puertas hacia París. Durante una de sus visitas a la Ciudad Luz estudió grabado al aguafuerte con los maestros Bracquemond y Jacquemart. Dado que su amor primario era la línea, no tardó en volverse un maestro de todas las técnicas de grabado, en particular el barniz blando, la punta seca y el aguatinta.

"La muerte bailarina" grabado en aguafuerte

"Hipocresía" grabado en aguafuerte

Rops conoció al escritor Charles Baudelarie a través del editor Auguste Poulet-Malassis, para ese momento, el francés estaba completamente seducido por la obra del belga, y dijo alguna vez, refiriéndose a Félicien en una carta a Manet: “¡Rops es el único artista verdadero -y tal vez aquello a lo que sólo yo me refiero como “artista”- que he encontrado en Belgica!” Pronto, Rops se encontraba haciendo la portada de “Las Epaves” de Baudelaire, de esta obra, el autor francés se expresó así: “¡Oh Monsieur Rops, esto está tan vivo…nunca ganará un premio de Roma, pero su talento es tan vasto como la pirámide de Keops!”.

La portada que realizó para "Les Epaves" de Charles Baudelaire

En su madurez, Rops se mudó definitivamente a París, ahí vivió y amó a las hermanas Duluc, de sus numerosas relaciones amorosas, las que sostuvo con Auleríe y Leontine fueron las que más duraron, incluso tuvo una hija con la primera.

En este punto de su carrera, Rops era el mejor ilustrador de París y trabajaba para una gran cantidad de escritores, entre ellos se encontraban: Théophile Bautier, Alfred de Musset, Barbey d´Aurevilly, Joséphin Pelladan y muchos otros.

"La tentación de San Antonio" otro de sus dibujos más conocidos

Félicien murió en 1898, tras padecer por diez años una enfermedad en los ojos que lo obligó a bajar su ritmo de trabajo. Al final de sus días lo acompañaban sus amadas Aurelién y Leontine, su hija Claire y sus amigos más cercanos.

Rops siempre mantuvo un perenne amor a la vida misma, y aunque su estilo de vida nos suene ahora escandaloso, lo que para él imperaba era la honestidad, siempre se debatió por ser lo más fiel a sí mismo que pudo, en el camino rompió conciencias y algunos corazones, pero al final lo logró.

(…) I have faith in art, and indeed a great faith. I have arrived at a stage in life that I find particularly pleasant, since having seen almost everything that needs or must be seen in order to formulate one’s judgement on things, to sort out one’s vision on human beings, I am neither blasé nor exhausted, nor tired. I have all my teeth, my kidneys are solid enough to carry out their functions and I have such a great love of life that it seems to me every morning as if I am reborn (…). ”

(…) Tengo fe en el arte, y es en realidad una gran fe. He llegado a una etapa de la vida que encuentro particularmente agradable, tras haber visto casi todo lo que se necesita o debe verse para poder hacerse un  juicio propio de las cosas, para hacerse una visión personal de los seres humanos, no estoy agotado, ni exhausto. Tengo todos mis dientes, mis riñones son lo suficientemente sólidos como para llevar a cabo sus funciones y tengo tal amor a la vida que me parece renacer cada mañana (…)”

- Carta de Félicien Rops a Edmond Picard, 1878


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El último día, ¡Hasta FIL 2011!

diciembre 5th, 2010 — 10:59pm

Hoy fuí al último día de la FIL a buscar la historia de alguien, pero me topé con alguien que hace historias.

Antes que eso sucediera, fuí al Stand de Santillana a comprarle un libro a mi mamá, muere de ganas de leer la segunda entrega del libro “Arrebatos Carnales” del escritor Francisco Martín Moreno. Pero mi progenitora quedó decepcionada en su cachonda curiosidad, el libro sale hasta enero.

El stand de Santillana, atascado en el último día

La FIL a punto de terminarse está al borde la intransitabilidad, mi sicomotricidad nunca ha sido buena, así que reparto empujones, piso pies a diestra y siniestra, y cuando menos me lo espero ya traigo dos libros nuevos en la mano: una versión de Alicia en el País de las Maravillas con las ilustraciones de John Tenniel a 40 pesos, y Los Cuentos de Imaginación y Misterio de Edgar Allan Poe, a 500 pesos. He de salir de aquí, pienso, y me dirigo hacia la salida, en el camino reconozco al chico moreno que servía el café en la sala de prensa disfrutando lo que debe ser su único momento de caminar por la feria. Se la pasó con un pie engrapado al tambo de café y, junto con otra chica, sirviéndonos a todos.

Las sillitas en forma de libro

Me harto y me siento en unas sillas en las que no había reparado, los asientos están  hechos de cientos de hojas de papel oscuro. Estoy al lado del desangelado stand de Castilla y León. Y también al lado de un señor que intenta sin éxito comunicarse con alguien por su celular. Se llama Elíseo Álvarez. Es un maestro jubilado desde hace apenas un año después de haber dado clases en el sistema educativo federal por cuatro décadas. Dice estar buscando que hacer con el tiempo que le queda de vida. Tiene la idea de poner un negocio propio. Para darse ideas vino a la FIL. Sostiene en sus manos un libro que se titula: “Más dinero”. El autor es un tal Adrían Loustaunau.

La portada del nuevo libro del Sr. Álvarez

“Este autor me gusta mucho, es de Sonora. Dice que los cuatro pasos para ser rico son: visión, perseverancia, fé en tí mismo y ser siempre lo mejor que puedas”- Elíseo los enumeró estirando con cada paso un dedo enérgico. Me quedé impresionada de su buena memoria. Lo malo es que aún no tiene nada claro de qué quiere hacer su nuevo negocio.

“También estoy escribiendo una novela. Sobre las vivencias y las situaciones en las escuelas. El protagonista es el director del plantel”- “Quisiera presentarla aquí en la feria el año que entra”-el Sr. Álvarez eso sí lo tiene claro, a diferencia de su futuro negocio.

“¿Es una novela autobiográfica?”-le pregunto.

“Un poco sí, es que por lo general los directores son tiranos, autoritarios, duros e intransigentes. A lo largo de mi carrera, habré conocido unos 20, de esos, sólo uno era humano y orientador. El de mi historia es de los malos. Aún no sé cómo terminará” -apostilla.

Lo que seguro ya terminó es la FIL. Ojalá vea al Sr. Álvarez presentando su primera novela en la edición XXV. Compartiendo cartel con el invitado especial: Alemania.

¡Hasta 2011!

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