Categoría: Crónicas urbanas


Crónica de una pedida (extracto de la vida real)

octubre 25th, 2011 — 9:13am

“The power of love is a curious thing: makes one man weep, and another man sing”

- “The Power of Love” canción de Huey Lewis and the News

Una nunca sabe cuándo puedes estar expuesto a su fuerza. Lo cierto es que está por todas partes. La gente sigue creyendo en él, lo comprobé hace unas semanas.

Me invitaron a ser parte de una conspiración: un hombre quería proponerle matrimonio a su novia, es una historia que ha venido repitiéndose hasta la saciedad en la historia de la humanidad. Debiera dar hueva -de hecho sí me dió- pero el asunto tenía medio muertos de nervios a los involucrados. Oculté mi pereza lo mejor que pude, tratando de interesarme en los tejemanejes que el novio había tramado con ayuda de sus aliados en lo que sería su día D.

El evento tuvo lugar en un centro comercial. Un sitio cuyo redondo vestíbulo alberga a uno de esos cafés omnipresentes de la sirenita. La novia acudió llena de preocupación por la amiga que se inventó una tremenda desgracia que debía compartir para aliviar su atribulado corazón. El resto de los conspiradores estábamos ocultos tras los elevadores. Otra de las amigas del novio, una chica con espíritu de coordinadora de eventos, se las arregló para programar en el sonido de la plaza una de las canciones preferidas de la novia. A mí me tocó sostener una hoja de papel con un fragmento de esta frase:

“I have loved you from the first time i saw you, and i want to make you happy always.”

O algo así. Cursilísimo.

En lo que varios extraños hechizados por la fuerza del plan maestro -y las artes de convencimiento de la amiga del novio-  se acercaron a la novia para entregarle flores, nosotros nos formamos en fila india con nuestros papeles, listos a la señal para entrar, que sería cuando comenzara la canción. Una pieza de Regina Spektor.

Y lo hicimos. Ahí empezó lo bueno. La cosa ya tenía un tinte extraño porque estos dos enamorados ya sabían que se casarían, tienen hasta reservado el salón de su recepción y muchos detalles de su boda arreglados, incluso la fecha. El chavo sabía que la chica le diría que sí. Desde un rincón de mi mente, una vocecilla me decía que si no existía la posibilidad que al novio lo mandaran al cuerno entonces la cosa perdía gran parte de su chiste.

Pues no fue así.

Desfilamos ante la atónita novia que nos miraba entre sorprendida e incrédula. En la mesa aprecié el manojo de flores moradas salpicadas de blanco junto al vasito de café. El resto de la gente del local comenzó a volver las miradas hacia nosotros: los conspiradores. El novio entró en escena, portando una elegante bolsita negra de papel con asa. El momento arquetípico sucedió entonces: un hombre arrodillado ante una mujer, pidiéndole que pase el resto de su vida con él.

La gente que estaba en la plaza se arremolinó al borde de los barandales mirando hacia abajo, hacia el momento que se desplegaba frente a ellos: la novia temblando de emoción y con las mejillas húmedas, el novio con lágrimas contenidas en los ojos. Las personas que caminaban alrededor del borde del café se quedaron inmóviles, atestiguando el momento, fue como si el tiempo se hubiera parado en el instante que ella se tomó para aceptar el anillo que él le ofrecía. Cuando movió la cabeza asitiendo, la plaza entera estalló en aplausos.

Y yo, la que llegó arrastrando los pies llena de flojera, tuve la breve impresión de estar mirando su beso por debajo del agua.

Diablos, yo tampoco he dejado de creer en él.

El Beso. Francesco Hayez

El Beso. Edvard Munch

El Beso. Kathë Kollwitz

El Beso. Theodore Gericault

EL Beso. Theóphile Alexandre Steinlen

El Beso. René Magritte

Celebérrimo. El Beso de Gustav Klimt

El Beso. Marc Chagall

La Sirena, otro beso...¡y qué beso! de Max Klinger

Con broche de oro: Rhett Butler y Scarlett O´Hara en Lo que el Viento se Llevó

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Escandinavia estereotipada

octubre 4th, 2011 — 10:46am

“I refuse to act my age”

“Strange things happen to strange people”

-El Jägermeister hablando a través de @DeadDamien

Este viernes me topé con una amiga que volvía ebria a su casa  al filo de las 7 am. Pasó la noche bebiendo alegremente a puerta cerrada con los dueños de un pub y luego asistió a una amiga que de repente regurgitó el contenido de su estómago en el honorable Water Closet del local. El Jägermeister puso a esta mujer muy comunicativa, nuestro intercambio tuvo lugar a través del Skype -Dios lo bendiga-, cuando aquí eran casi las 12 de la medianoche y en Tampere (este lugar está en Finlandia) casi las 8 am.

Nos conocemos desde hace poco más de 10 años. La nuestra es una de esas amistades que ha sobrevivido a base de una pobre dieta de mensajitos por email, toques en el facebook, retweets y así. La chateada del fin de semana fué la primera que hemos tenido en años.

Las dos dimos gracias al inglés por ser tan fácil; sabemos que cuando el chino reine rampante las cosas no serán tan sencillas. Nos preguntamos algunas generalidades acerca de cómo nos ha ido en la vida últimamente, recordamos a una fallecida amiga británica a la que jamás vimos en persona, nos dijimos nuestras edades y luego estuvimos de acuerdo en que ninguna de nosotras actúa como una respetable mujer de tres décadas.

Recordé las cuatro palabras que me sé en finlandés: Yksi, kaksi, kölme y kiitos. Las primeras tres las conozco porque así se llamaban algunos de los gansos de la bandada que sale en la novela clásica de Selma Lägerloj: “El Maravilloso Viaje de Nils Holgersson”. Significan: “Uno, dos, tres”.

-“ Wow ”  – me dijo la chica de Tampere – “ con eso llegarás lejos en un bar “.

-”Kiitos” – le respondí. Eso es “Gracias” en finlandés.

Después hablamos acerca de estereotipos. Le pedí que me describiera cómo era el de la gente de su país. Por el mexicano ni le pregunté, sé que es harto conocido en aquellos helados confines del pequeño mundo primermundista.

Como respuesta me mandó un vínculo a un sitio de cómics que dibuja una chica danesa conocida como Humon.


El estereotipo del finlandés: getudo, callado, violento, alcohólico y portador de armas blancas. El otro personaje es un sueco, los habitantes más geeks de la península escandinava.

El estereotipo del finlandés: getudo, callado, violento, alcohólico y portador de armas blancas. El otro personaje es un sueco, estereotípicamente los habitantes más geeks de la península escandinava.

Las tiras que dibuja Humon no sólo abordan las caracterísitcas de los habitantes de cada país del norte de Europa, en muchas otras ilustra con desparpajo e irreverencia situaciones políticas, del pasado histórico, se burla de las costumbres de sus vecinos,  pone de relieve  sus comportamientos absurdos, se ríe sin reparos de las costumbres gastronómicas, sociales y religiosas. Me he divertido mucho mirando sus monos. Y lo que es más: me he cultivado.

Aquí, Humon se burla de la costumbre escandinava de comer pescado en todas sus formas. Incluso sale el hórrido "Hakarl" una especialidad islandesa consistente en carne podrida de tiburón.

Aquí, Humon se burla de la costumbre escandinava de comer pescado en todas sus formas. Incluso sale el hórrido "Hákarl" una especialidad islandesa consistente en carne podrida de tiburón.

Algún día pisaré suelo finlandés ataviada de sarape y bajo un enorme sombrero. Cuando conozca a mi amiga me cercioraré de que no un traiga cuchillo oculto bajo la manga, detrás del Jäger. Habremos de tener #pedasincera bajo el círculo polar ártico.

Dense una vuelta al sitio Scandinavia and the World, monos por la maravillosa danesa Humon.


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Una cazadora solitaria

septiembre 10th, 2011 — 2:15pm

“We are all damaged in our own way. Nobody´s perfect. I think we all are somewhat screwy, every single one of us”

- Johnny Depp

Hubo un tiempo atormentado en el que andaba buscando el amor en el lugar equivocado. Conocí gente compleja e interesante, personas torturadas por su percepción del mundo, almas de sensibilidad exquisita pero quizá un tanto narcisistas. Esta crónica narra una noche pivotal en la que comprendí que hay mundos a los que no pertenezco, por más fascinantes que los encuentre. Un corazón roto puede ser una brújula vuelta loca, eso me pasó a mí.

Este es el Expiatorio, el tempo de estilo neogótico cerca del que viví por un año. Crucé su explanada infinidad de veces.

Este es el Expiatorio, el templo de estilo neogótico cerca del que viví por un año. Crucé su explanada infinidad de veces.

“Las ratas cruzan presurosas la explanada del Expiatorio en pos de sus guaridas diurnas. Las esquivo con asco y dificultad, apenas aguanto los tacones. Son las 7:00 de la mañana. Amanece un sábado de abril. Debe ser la parte más fresca del día de esta primavera que acabamos de estrenar. Llevo un vestido azul de seda italiana que me costó carísimo en una boutique de un barrio “alternativo” de Hamburgo. Doy gracias a los dioses -en plural- porque regresa inerme. No le cayó cerveza encima. Nadie vomitó sobre él. Sigue de una sola pieza. No puedo decir lo mismo de mis medias púrpura casi nuevas. Exhiben un nada estético boquete a la altura de mi rodilla derecha. El taxista no quiso llevarme hasta mi casa. Paramos en Madero y Prisciliano Sánchez, de ahí ya no quiso seguir. No sé si es un patán o un imbécil. O si ya se hizo cierta idea de mí porque ando sola a estas horas. Ya no traigo chapetes,  la piel de mis párpados absorbió la sombra de ojos desde hace un buen rato. Paradójicamente, los ojos se me ven más grandes, o sería que el espejo del baño de mujeres del  café Lido me distorsionó a favor. A estas horas ya he perdido todo el glamour que tan cuidadosamente trabajé horas antes. El hechizo temporal de la lustrosa apariencia de cabello planchado y ojos ahumados debe haberse roto por ahí al filo de las 4 am cuando confronté al tipo que no paró de coquetearme a lo largo de toda la fiesta. Ahora  sólo quedo yo, dentro de mi disfraz de mujer hecho jirones.

Se animó a acercarse hasta que estuvo borracho. Yo programaba cualquier canción en la laptop del anfitrión y él se endiosaba. Me sorprendió. Nadie había sido nunca tan frontal conmigo. ¿Un caballero ahogado en alcohol? Me pidió que si podía besarme la mano. Yo tampoco era, a las 2 am, la imagen de la sobriedad, se lo permití. Sentí la ausencia de varias de mis amigas, supe que debían estar en el patio, fumándose el único gallo de la fiesta. La luz era tenue, las caras estaban envueltas en penumbra. Él también se sabía la letra de Parklife. La cantó incluso con un sobreactuado acento que pretendía sonar británico.  A esas horas y en mi estado, más bien me sonó escocés. Onda Mark Renton.   Le fascinó que me fascinaran Leonard Cohen y David Bowie,  que me supiera todas las letras. Le fascinó lo de él que vio en mí.  Pero en esa fiesta todos éramos espejos, todos teníamos el mismo pelaje, le aullábamos a lo mismo.  “Permítanme decirles que,  ustedes las mujeres…”-empezó a decir, atragantándose con su propia saliva- “son una maravilla, son la onda, ¡que viva la vaginocracia!”. Cuando alcancé a escuchar eso charlaba con las chicas de la fiesta, hablábamos sobre el futuro, de dónde íbamos a sacar ladrillos para edificar lo que deseábamos. Harta, lo agarré del hombro y me lo llevé al rellano de la escalera, donde nadie pudiera vernos. Se dejó llevar como un corderillo.

Él era considerablemente más alto que yo, y me quedaba a contraluz. Apenas podía verle los ojos. Debió pensar que lo aparté para besuquearlo o para hacerle alguna propuesta en privado porque pude notar su emoción cuando se acercó aún más a mí. Pero yo sólo deseaba hacerle una pregunta: “Dime algo, si somos taaaan maravillosas, ¿porqué ustedes son tan mierda?”. Peló tanto los ojos que pude ver su brillo en la oscuridad. Se quedó en silencio unos instantes. “Por pendejos, por eso” me respondió,  luego me abrazó. Y me besó. El beso fue rudeza, dientes y encías.  Y yo, que me sentía tan valerosa dentro de mi traje azul –y más aún después de cuatro cervezas-, tan imponente sobre mis tacones de aguja, tan invencible y chingona detrás de mis sombras grises, rompí a llorar como magdalena mientras me decía que no sabía quién me había lastimado, pero que no tenía idea del tesoro que había perdido, y que ningún hombre merecía que una mujer llorara por él, ni siquiera Brad Pitt. Luego agregó lo hermosa, lo divina, lo guapísisisima que me encontraba, lo mucho que le gustaba, dijo que no me fallaría, que si mi personalidad, que si mi pelo, que si mi manera de ser, y mientras más cosas hermosas me decía, más lloraba yo. Quería que nos fuéramos a su casa. Al oído me suplicó que lo dejara amarme. No le dije que no. Pero él entendió. Abandonamos la fiesta en taxi y nos dirigimos al Lido. A las cinco de la mañana. Los parroquianos parecían restos de algún naufragio. Los manteles de poliéster estaban todos repletos de agujeros abiertos por cigarrillos encendidos. Mi acompañante y yo nos sentamos cerca del baño. La camarera de cara grasosa y pestañas tiesas como telarañas nos tomó la orden: un café negro para mí, una tecate para él. Seguía pidiéndome permiso para besarme la mano mientras vaciaba la primera cerveza de cinco. Nunca pude verlo sobrio. Supe que es cineasta y que tiene broncas con la soledad.  Le eché cuatro cucharadas de azúcar al café. Todo lo posible por endulzar esa madrugada. Tenía sus ojos clavados en los míos a sólo un palmo de distancia. Pude ver un polvo blanco en sus delicadas fosas nasales.  “Proyectas tanta esperanza” –me dijo, y luego agregó que me amaba. Se me escurrieron un par de lágrimas más que  ya no tenían que ver con el desamor, los ojos me escocían. A las diez tenía una despedida de soltera y antes debía despedirme de él. Pedimos la cuenta.

Abracé, tal vez por última vez, a ese hombre que dijo haberse enamorado de mí en unas horas. Con los primeros rayos del sol dolía verlo tan perdido.  Yo sabía que lo nuestro que nunca empezó en realidad no habría funcionado. Pero sus palabras fueron lo que necesitaba oír. Abro la puerta del taxi,  la piel del dorso de mi mano rígida de saliva seca y me marcho a casa. Miro la ciudad despertarse. Aquello que busco no puede estar muy lejos.”

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La Hermandad de las Líneas y los Hilos

abril 30th, 2011 — 11:44pm

“Si no puedo dibujarlo, es que no lo entiendo”

-Albert Einstein

Se me han ido tantas horas de mi vida trazando líneas, dibujando con distintos medios: lápiz, tinta, carbón, acuarela, pastel, mordentes en el metal, lápices de colores, crayolas, tiralíneas, plumas atómicas, que he decidido escribir un poco acerca de ello.

Creo que los dibujantes tenemos una forma un poco abstracta de ver el mundo. Porque aunque dibujemos figurativo (o sea representemos formas y figuras reconocibles por tener una base en el mundo real) la verdad es que el universo tal como lo percibimos los humanos no se vé con rayitas.

Ella es uno de mis nuevos personajes. No es el momento de decirles quién es ni de dónde viene. Está hecha con tinta y canutero. Puras líneas, nada más. Dibujo.

Las líneas son una cosa francamente fascinante. Si las pones muy juntitas producen un efecto más oscuro que si las separas. Puedes superponer capas de líneas para producir efectos de sombras y transparencias a la manera de una acuarela o un temple. Es como ir entretejiendo una forma, (y miren que yo no sé tejer, pero los hilos y las líneas tienen semejanzas muy sospechosas, la tela de la que está hecha la ropa está formada de cientos de hilos muy muy juntos, sólo que no los percibimos a simple vista) todo este asunto de tejer (¿o hilar?) con líneas lo han entendido a la perfección artistas de todas las épocas, entre los grandes está mi ídolo de todos los tiempos: Rembrandt, también Vlady (mi nuevo amor), ese mujerón de sensibilidad exquisita: Kathé Kollwitz,  el genio del aguafuerte: Piranesi, y por supuesto Harry Clarke: virtuoso de la tinta.

Este es uno de los grabados al aguafuerte de Piranesi. De su célebre serie de "Cárceles". Puras líneas. Nada más.

Otro grabado, este es de Goya. De su serie "Los caprichos y los desastres de la guerra", aguafuerte

Hay otro grande secreto de las líneas encerrado en una pequeña palabra que obra milagros, muy a la manera del “Abracadabra” que le abrió la cueva a Aladino, esa enormísima e infaltable capacidad que ha de dominar cualquier dibujante que quiera preciarse de serlo, un vocablo que abre los misterios de la profundidad a la que se puede llegar con un instrumento tan humilde como un lápiz o una plumilla insertada en un canutero, el último bastión del(a) hilvanador(a) de líneas: la paciencia.

Porque las líneas no sólo sirven para delimitar una forma en la pista de juegos del papel o el bastidor, también constituyen una red completa de sombras que le den volumen a toda figura por más vulgar o fantástica que sea.

El dibujo es una técnica que revela sin tapujos el estado emocional de quien lo ejecuta. No hay forma de parapetarse detrás de una masa de color, las líneas quebradas, rígidas o interrumpidas hablan del dibujante, de su capacidad o carencia de ella, de su nerviosismo o falta de concentración. Las líneas obsesivas, fluidas, desgarradas y repetidas hablan de la pasión, el fervor, la neurosis, el lirismo del autor.

Por algo la letra de cada quién revela tanto, la caligrafía no es mas que una forma de dibujo.

El dibujo ofrece una cartografía del alma. Es espiritual.

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Nunca lo abandonó el duende de la inspiración

enero 27th, 2011 — 2:48pm

En la pasada edición de la FIL compré un libro hermoso con las narraciones de uno de mis hombres perturbados favoritos de todos los tiempos: Los cuentos de imaginación y misterio de Edgar Allan Poe. La edición es bellísima, la editorial es la española Zorro Rojo: tapa dura, papel de ese que huele a fibra virgen, introducción de Julio Cortázar….una chulada, y las ilustraciones: una exquisitez del uso del canutero por parte de un tal Harry Clarke. Gracias a este súbito enamoramiento del trabajo de este irlandés es que me volví a volcar en la tinta: por eso, Señor Clarke, este callejón de porquería le dedica este post. Con suspiritos y todo.

La verdad sobre el caso del señor Valdemar, tinta de Harry Clarke

Clarke nació en Dublín en 1892, fué el hijo más pequeño de una familia de artesanos. En su adolescencia estudió el arte de los vitrales y de hecho, es considerado el más grande vitralista de Irlanda al margen de su carrera como ilustrador.

Su rico empleo del color, la delicada manera de representar la figura humana: alargada y elegante, los expresivos rostros de ojos profundos, son características que distinguen un vitral de este autor. A lo largo de su corta vida (murió a los 41 años) Clarke creó más de 160 vitrales para encargos religiosos y comerciales en países como su natal Irlanda, Inglaterra, Estados Unidos y Australia. Nunca he visto uno en vivo, pero verdaderamente no se parecen a nada que yo haya encontrado en mis correrías por el mundo. Y he andando por ahí.

Vitral realizado por Clarke, se encuentra en la localidad inglesa de Sturmister Newton

La ventana de Ginebra, ejecutada en 1929

Aunque el verdadero amor de la vida de Clarke haya sido el trabajo en vidrio, -dibujaba mejor en él que muchos artistas en papel, dándonos una idea de su enorme capacidad- sus obras como ilustrador también son capaces de dejarnos clavados sin dejar de mirar los intrincados detalles de su trabajo en blanco y negro. Clarke debió ser un obsesivo en su vida cotidiana, un neurótico de sensibilidad exquisita y disciplina de hierro. Las ilustraciones que hizo de las obras de Hans Christian Andersen, Charles Perrault, Poe y el “Fausto” de Goethe son verdaderos laberintos de detalles barrocos, una fiesta para el sentido de la vista de cualquier amante de las sutilezas. Y aunque se le compara con otros ilustradores de la llamada “Era de Oro de la Ilustración” como Audrey Bearsley, Edmund Dulac o el mismísimo Arthur Rackham,  el trabajo de Clarke logra ser perfectamente distinguible del resto de los trazos de sus contemporáneos gracias a la vibración siempre intensa de su dibujo, como un concentrado de todos los pensamientos y emociones que se agolpaban en su espíritu, haciendo fila para salir, por fin, a través de su virtuosa mano. Personalmente, encuentro el trabajo de Clarke mucho más elaborado, más interesante, y claro, mucho más perturbador que el de sus colegas.

Una imagen de Clarke para el "Fausto" de Goethe, la imaginería del irlandés prefiguró la sicodelia que imperaría en los años 60´s

El pozo y el péndulo de Poe, por Harry Clarke

Estremecedor "El Corazón Delator" de Poe interpretado por Clarke

Un genio inusual, Harry Clarke.

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